Historia contemporánea

“La historia de Dinamarca en Groenlandia es una historia colonial y, por tanto, de dominación”

Groenlandia en disputa

Entre la sartén y el fuego, los groenlandeses han dejado claro que prefieren seguir vinculados a Dinamarca. Sin embargo, sus relaciones con la metrópoli distan mucho de ser idílicas

Dos personas caminan por una calle en Nuuk, Groenlandia, en enero de 2026

Dos personas caminan por una calle en Nuuk, Groenlandia, en enero de 2026

MADS CLAUS RASMUSSEN / EFE

“Si tenemos que elegir entre Estados Unidos y Dinamarca ahora mismo, elegimos Dinamarca”, declaró a mediados de enero en Copenhague el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, ante las insistencias de Donald Trump de adquirir –o incluso tomar por la fuerza– la isla. En redes sociales, algunos usuarios reaccionaron con humor, diciendo que Trump debería recibir el Premio Nobel de la Paz, “porque sus amenazas han acercado a Groenlandia y Dinamarca”. Pero detrás de esa unidad repentina hay una larga historia de tensiones que preceden a la presión estadounidense.

“La historia de Dinamarca en Groenlandia es una historia colonial, y por tanto, evidentemente, una historia de dominación y de relaciones desiguales en numerosos niveles, que han evolucionado a lo largo de siglos”, señala en una entrevista con Historia y Vida Astrid Nonbo Andersen, investigadora del Instituto Danés de Estudios Internacionales (DIIS).

La presencia europea en Groenlandia, sin embargo, no comienza con los daneses. A finales del siglo X, el vikingo noruego exiliado de Islandia Erik el Rojo se asentó en la costa sur de lo que describió a sus coterráneos como “Greœnland”, es decir, “tierra verde”. Hacia el siglo XV, probablemente debido al enfriamiento del clima y a los conflictos con los inuit, que ya dominaban amplias zonas de la isla, esa colonia nórdica desapareció. Así lo repasa en este artículo el investigador del DIIS Mikkel Runge Olesen.

El contacto europeo se retomó en 1721 con la llegada del sacerdote noruego Hans Egede, quien centró sus esfuerzos en convertir a los inuit al cristianismo. Tras la separación de la corona danesa y noruega en 1814, Groenlandia quedó bajo la administración de Dinamarca, que aplicó una política paternalista de desarrollo cauteloso para mantener a la isla vinculada política y económicamente a la metrópoli.

Un hombre camina mientras la bandera danesa ondea junto a la estatua de Hans Egede en Nuuk, Groenlandia
Un hombre camina mientras la bandera danesa ondea junto a la estatua de Hans Egede en Nuuk, GroenlandiaMarko Djurica/File Photo

En los últimos años, indica la experta Astrid Nonbo Andersen, el foco se ha concentrado en el período entre 1953 y 1979, cuando Groenlandia fue integrada formalmente a Dinamarca bajo la presión del proceso de descolonización impulsado por Naciones Unidas. Fue entonces cuando se desplegaron de manera acelerada políticas propias del Estado del bienestar danés que, en muchos casos, “no estaban adaptadas culturalmente o se basaban en prejuicios sobre los inuit”.

Una integración con heridas aún abiertas

Más que un único evento traumático, a los rastros de la huella colonial le han seguido episodios que han ido reforzando la percepción de una relación desigual. Andersen menciona, entre otros, la campaña de control de natalidad de mujeres y niñas inuit conocida como el Caso de la espiral, la adopción de niños inuit, la desigualdad salarial y el cierre de pueblos y asentamientos. “Las huellas de esas políticas todavía se sienten hoy, y el ajuste de cuentas con ellas ha ocupado gran parte del debate sobre las relaciones entre Groenlandia y Dinamarca en los últimos años”, subraya.

“Ha habido momentos de tensión en la relación, en los que han reaparecido viejos fantasmas coloniales y problemas del pasado”, coincide Mikkel Runge Olesen, investigador del DIIS, en diálogo con Historia y Vida, y apunta: “En el último tiempo, el tema del control de natalidad sacudió bastante la relación. Desde Groenlandia hubo mucha rabia por ello, y desde Dinamarca hubo una reacción sobre si era apropiado calificarlo como ‘genocidio’. Eso generó mucho conflicto y no fue bueno para la relación”.

Entre los años sesenta y noventa, Dinamarca impulsó en Groenlandia una política para frenar el crecimiento demográfico, que supuso la implantación de dispositivos intrauterinos a unas 4.500 mujeres y niñas, sin su consentimiento o el de sus padres. El caso no se hizo público hasta la década de 2010, cuando las afectadas comenzaron a compartir sus testimonios y unas 150 presentaron demandas contra el Estado danés.

El año pasado, el gobierno danés emitió una disculpa oficial y el Parlamento acordó indemnizar a las víctimas con más de 40.000 euros. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ya había pedido disculpas anteriormente a un grupo de seis ancianos inuit que habían sido separados de sus familias en 1951, cuando eran niños, como parte de un experimento social en el que unos veinte infantes fueron enviados a Dinamarca con el objetivo de “reeducarlos” y convertirlos en una suerte de élite cultural que guiara la modernización de Groenlandia. Al regresar, muchos habían olvidado su lengua y fueron internados en orfanatos para continuar la “reeducación”.

La primera ministra danesa Mette Frederiksen durante su visita a Groenlandia en septiembre de 2025 para disculparse con las víctimas del programa 
La primera ministra danesa Mette Frederiksen durante su visita a Groenlandia en septiembre de 2025 para disculparse con las víctimas del programa AFP

A estos episodios se han sumado también los realojos forzosos de pescadores en los años setenta, trasladados a bloques de pisos en Nuuk para reorganizar la actividad pesquera, y casos recientes en los que servicios sociales daneses retiraron la custodia a familias groenlandesas tras aplicarles pruebas de aptitud parental, alimentando de nuevo el debate sobre discriminación y paternalismo institucional.

Ese paternalismo es, para Ramón Larramendi, explorador español asentado en Groenlandia desde hace más de treinta años, una de las claves de fondo de la relación. “Hay una primera fase de colonia, en la que Dinamarca es muy paternalista y proteccionista”, explica, y apunta que: “El control era tal, que durante décadas se restringió incluso la entrada de extranjeros. Todo estaba pensado para evitar que terceros explotaran a la población inuit, aunque desde una lógica colonial de tutela”. Eso generó un sentimiento persistente de jerarquía cultural. “Ha habido la sensación de que los daneses estaban arriba y los groenlandeses abajo. Eso es algo que ha ido calando durante décadas”, observa.

Estados Unidos: un actor clave desde mucho antes que Trump

Para Larramendi, la Segunda Guerra Mundial es un gran punto de inflexión en la historia compartida entre Groenlandia y Dinamarca. “Ese aislamiento tan fuerte se rompe precisamente con la entrada de los americanos”, indica. Tras la guerra, la instalación de bases militares estadounidenses consolidó la importancia estratégica de la isla y convirtió a Washington en un actor central en su futuro.

Ese factor geopolítico se transformó en una pieza clave de la posición danesa en la OTAN y en su relación con Estados Unidos. Antes de Trump, explica Runge Olesen, se hablaba incluso de la “carta groenlandesa”, la idea de que Dinamarca, al permitir una gran libertad de acción militar estadounidense en Groenlandia, generaba buena voluntad en Washington. “Eso hacía que EE. UU. Fuera más indulgente con Dinamarca en otros aspectos, como su bajo gasto en defensa dentro de la OTAN”, señala. Con Trump, esa lógica se invirtió: “Él no veía en Groenlandia una contribución danesa, sino un problema de reparto de cargas en la OTAN”, apunta el experto en seguridad.

A la percepción de que Groenlandia había funcionado como un valioso activo geopolítico para Dinamarca, se le sumaría la de que también supuso una gran fuente de beneficios. “Dinamarca siempre defendió que Groenlandia costaba dinero. Pero, sobre todo en los últimos años, aparece este sentimiento de que en verdad fue al revés”, asegura Larramendi, y explica cómo narrativas como la del polémico documental de 2025 El oro blanco de Groenlandia (“Orsugiak – The White Gold of Greenland”) han contribuido a reactivar la sensación de que la metrópoli obtuvo ingresos importantes de la explotación minera.

1953 y el camino hacia la autonomía

En 1953, Groenlandia dejó formalmente de ser colonia y obtuvo dos escaños en el Parlamento danés. Ese año, recuerda Runge Olesen, es un punto de inflexión no solo político, sino también material. “Al incorporarse oficialmente como parte del Estado danés, Copenhague asumió la obligación de proporcionar servicios básicos y extender el modelo de bienestar. Pero los impuestos recaudados en Groenlandia no bastan para financiar un Estado de bienestar completo”, indica.

La cobertura de un Estado del bienestar en un territorio tan extenso, con una población muy dispersa y condiciones extremas, resulta extraordinariamente costosa. Es por eso que, durante décadas, la independencia ha estado condicionada principalmente por razones económicas. Si bien hubo dos hitos políticos clave en el recorrido hacia la autonomía, –el autogobierno de 1979 (Home Rule, con la constitución del parlamento groenlandés) y su ampliación en 2009, con una nueva ley que establecía que la decisión de dar el paso final hacia la independencia recaería en los groenlandeses–, aún no se ha definido cómo materializar esa independencia.

Celebración del Día Nacional de Groenlandia el 21 de junio de 2010, un año después de la entrada en vigor del autogobierno
Celebración del Día Nacional de Groenlandia el 21 de junio de 2010, un año después de la entrada en vigor del autogobiernoAlgkalv / CC BY-SA 3.0

Runge Olesen explica que durante años se esperó que el petróleo y el gas financiaran ese salto. “Groenlandia está a un descubrimiento de petróleo de la independencia” (“Greenland is one oil strike away from independence”), se decía. Hoy se habla más bien de minerales, pesca, turismo o energías renovables, aunque, advierte, “nada de esto ocurre de un día para otro: requiere inversiones enormes y no existen soluciones rápidas”.

La independencia no es solo una aspiración política, subraya Runge Olesen: “Implica capacidad económica, recursos, seguridad y alianzas internacionales. Por eso las decisiones sobre autonomía se toman con cautela, sin renunciar al objetivo, pero reconociendo las limitaciones prácticas”. En este sentido –sostiene el experto–, “La cuestión económica ha mantenido durante décadas la relación estrecha con Dinamarca, y todavía lo hace hoy”.

¿Una nueva etapa en la relación?

Sigue existiendo un deseo político muy fuerte, tanto entre los partidos como entre la población groenlandesa, de lograr más autonomía y eventualmente la condición de Estado, explica Astrid Nonbo Andersen. “Todos los partidos políticos en Groenlandia han declarado que prefieren continuar colaborando con Dinamarca en el camino hacia una eventual estatalidad”, apunta, aunque aclara que: “Eso no significa que exista un deseo de romper todos los vínculos con Dinamarca, ni mucho menos de convertirse en estadounidenses.” Una gran parte de la población groenlandesa vive en Dinamarca y existen muchos lazos entre ambos países.

Esto no quiere decir que todos los problemas estén resueltos. “Los ajustes de cuentas con las injusticias del pasado y con los patrones de discriminación que aún persisten continuarán, pero quizá con un mayor énfasis en que también existen relaciones positivas entre los dos países”, dice la experta.

Para Ramón Larramendi, el efecto cohesionador que han tenido las amenazas de anexión a los EE.UU. De Trump ha sido claro: “La presencia de una amenaza externa refuerza la percepción de que Dinamarca es un aliado más seguro. No elimina la aspiración de independencia, pero obliga a gestionarla con prudencia”. Para él, “Los lazos históricos, culturales y familiares hacen que la relación con Dinamarca siga siendo valorada, pese a los problemas históricos pendientes.”

Trump durante la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos el 22 de enero de 2026
Trump durante la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos el 22 de enero de 2026MANDEL NGAN / AFP

Mikkel Runge Olesen observa que “Trump parece querer una Groenlandia formalmente independiente, podría aceptar un Estado nominal. Pero estaría profundamente integrado en las estructuras de seguridad estadounidenses, difícilmente permitiría una independencia plena”.

En este sentido, coincide en que el “factor Trump” ha tenido un impacto positivo en la relación a corto y mediano plazo: “Ahora mismo, muchos groenlandeses piensan que quizás no es el momento de apostar por la independencia con un vecino tan errático e imprevisible como Estados Unidos”, aunque también matiza que “Esto no significa que hayan renunciado a la independencia. Groenlandia seguirá queriéndola mañana y dentro de diez días. Lo que cambia son las dificultades prácticas”.