Afloran las primeras críticas sobre la gestión de la emergencia en Suiza
Tragedia en los Alpes suizos
Un testigo cuestiona la escasez de medios y la lentitud en la respuesta a las víctimas

El centro de Crans-Montana se quedó ayer pequeño para acoger a las decenas de personas que se acercaron a la bella localidad de los Alpes suizos para asistir a la ceremonia religiosa en recuerdo de las víctimas de Año Nuevo en Le Constellation. Quizás es pronto todavía, pero empiezan a aflorar las primeras críticas. No solo las que señalan a los propietarios del establecimiento pasto de las llamas y sobre los que ya pesa una investigación judicial por homicidio imprudente, entre otros delitos. Hay quienes ya se atreven a preguntar si fue eficaz el operativo de rescate y asistencia a las víctimas. Algunos de los que estuvieron en primera línea, como el analista económico e ingeniero en termodinámica Paolo Campolo, no dudan en asegurar que “no” y esperan que de esta tragedia que costó la vida a 40 jóvenes y otros 119 están hospitalizados salga un gran aprendizaje y mejoras.
Hay algo que sí ha funcionado con la eficacia de un reloj suizo: los forenses, que en un tiempo récord han identificado a los 40 fallecidos. La mitad eran menores y los más jóvenes apenas tenían 14 años. Ayer, en la barra del bar Postillon, uno de los dos psicólogos especializados en la gestión de tragedias desplazados desde Italia aseguraba a este diario que las familias que había acompañado no estaban aún en la fase de preguntarse si las cosas pudieron hacerse mejor. Pero estaba convencido de que a esa lucha muchos se aferrarán una vez transiten las primeras etapas del duelo.
Identificados los 40 fallecidos: más de la mitad eran menores y los más pequeños apenas tenían 14 años
Le Constellation se incendió en un enclave idílico de los Alpes en los que tomar un café no vale menos de cinco euros y es difícil comer por menos de cuarenta. Abundan los establecimientos de marcas de lujo que lucen muchos de sus vecinos y visitantes.
Un espacio nada acostumbrado a las tragedias, como reconoce Paolo Campolo, y donde impera un sentido innato del orden, la precisión y las cosas bien hechas.
Estos días, la prensa suiza ha puesto el foco en la responsabilidad de los propietarios y esa hipótesis cada vez más avalada de que el fuego empezó por las bengalas encendidas que rozaron un techo revestido de un material inadecuado. Pero han pasado de largo el papel de las administraciones, la municipal y la cantonal, que concedieron los permisos de reapertura de Le Constellation tras la reforma del 2015 y que dieron por buenas las sucesivas inspecciones que realizaron al establecimiento. Y apenas nada se ha contado de cómo fue el rescate y de qué manera se organizó el dispositivo de atención a las víctimas. Nada.
De ahí que Paolo Campolo, de 55 años, suizo de madre malagueña y padre italiano de Calabria, decidiera alzar la voz, consciente, asegura a Guyana Guardian, que sus compatriotas no lo harán. “Entre unos y otros, intentarán silenciar los muchísimos y graves errores que hubo esa madrugada. Aunque confío plenamente en la investigación judicial y policial”, explica.
Todo lo que relató ayer a este diario desde su casa en el centro de Crans-Montana lo declaró a la policía desde el hospital donde permaneció ingresado para recuperarse de la inhalación de humo durante el rescate. Un testimonio que espera que sirva a los investigadores y a la fiscal para ir más allá de las causas del inicio del fuego y cuestione también la actuación de los operativos de emergencias y sus responsables políticos.

La madrugada del 1 de enero, la hija de su mujer telefoneó desesperada porque su novio estaba atrapado en Le Constellation. Se había desatado un terrible incendio. Paolo y su hijo, de 19 años, agarraron un extintor y corrieron para allá. Viven a escasos metros. Al llegar ya no había llamas, pero sí una situación terrorífica y descontrolada, con personas malheridas tiradas en el suelo, gritando, y otras que no tenían fuerzas para salir del local. El hombre accedió por la puerta principal, caminando bajo para tratar de no inhalar humo, y palpando cuerpos en carne viva con las manos en la oscuridad. Logró sacar a varias personas. “Hasta que no pude adentrarme más porque mis pulmones ya empezaban a estar afectados”.
Su cabeza le funcionaba a mil y enseguida dedujo que el local debía tener una puerta trasera de acceso de mercancías. La encontró. Era de vidrio y enseguida descubrió que en la parte interior se amontonaban varias personas, aplastando literalmente el cristal, pero que aún se movían. “Estaban vivos”. No logró abrir la puerta. Corrió a buscar a los bomberos, a los que pidió un hacha. Al final logró que uno de sus responsables le acompañara hasta ese acceso. “‘Nosotros nos ocupamos’, me dijo. Y ya no lo volvía a ver más”.
Impotente, pero consciente de que no debía perder tiempo, regresó a esa puerta y, con la ayuda de otro joven, logró derribarla: “Una decena de cuerpos nos cayeron encima”. Los recolocaron como pudieron en el suelo. La mayoría presentaban quemaduras en la parte superior del cuerpo. Aún entró en el local, gateando, para tratar de palpar a otras personas que se hubieran derrumbado antes de llegar a esa puerta. Pero cada vez respiraba peor y tuvo que retroceder y salir.
“Allí no había material sanitario ni personal especializado; aquella gente se estaba deshidratando”
Como pudo, trasladó a los heridos, más de una decena, al bar en el que se suponía que iban a ser asistidos. “Allí no había personal especializado ni material sanitario. Aquella gente se estaba deshidratando y nadie tenía vías para estabilizarlos”.
La primera dotación de bomberos, explica, tardó en aparecer casi media hora. No lo critica, pero sí la actitud que mostraron. “No son bomberos profesionales, prácticamente todos son voluntarios, pero que se sintieron sobrepasados, sin saber qué debían hacer”.
A Paolo, como a tantos, le cuesta dormir estos días. Normal. No tiene imágenes en la cabeza, pero sí ruidos y algo común que han explicado otros testigos: los gritos desesperados de las madres y los padres que llegaron a las puertas de la sala, y a los que la policía prohibió acercarse a sus hijos, algunos tendidos en mitad de la calle, malheridos, otros muertos y tristemente solos. “Algunos chavales estuvieron más de tres horas tirados en el suelo, solos, a once grados bajo cero, deshidratados y sin atención.
El discurso de Paolo Campolo es ordenado, tanto que ha escrito lo que para él es más importante, para ser coherente y que el paso del tiempo no le haga fantasear. Necesita ser riguroso. Hace pocos meses, el municipio rehabilitó algunas de sus calles del centro. Nadie pensó en las bocas de agua de incendios, que quedaron bloqueadas. “No sé si llegaron a abrirlas, pero yo contabilicé 20 minutos de martillazos de un par de bomberos tratando de conseguir agua”, denuncia con tristeza.
Con sinceridad, este ingeniero asegura que, si la investigación del operativo de emergencia tira adelante, será por la presión que hagan las familias de las víctimas extranjeras. “Las suizas no harán nada. Escucha y lee lo que dicen los medios suizos estos días. Hablan de fatalidad. Me niego a aceptar la fatalidad como única responsable de la tragedia y su gestión”, advierte. En Italia, el Gobierno ya le ha propuesto para medalla por su comportamiento en aquellas horas. Lo que está haciendo denunciando lo que falló también es de valientes.

