Internacional

El verdadero peligro que representa Trump

Alianza Atlántica

A pesar de una retirada táctica en la crisis de Groenlandia, los riesgos persisten

El presidente de EE.UU. Donald Trump, en el foro de Davos 

El presidente de EE.UU. Donald Trump, en el foro de Davos 

Gian Ehrenzeller / Ap-LaPresse

Los europeos esperaban una diatriba, pero en Davos Donald Trump estuvo casi conciliador. Exigió el “derecho, título y propiedad” de Groenlandia, pero renunció a los aranceles, descartó el uso de la fuerza y más tarde elogió un nuevo “marco” y la posibilidad de un acuerdo.

Eso debería ser un alivio para los aliados de Estados Unidos en todas partes. Se ha suavizado una crisis que amenazaba con engullir la alianza transatlántica. Pero ¿por cuánto tiempo? Esto puede ser solo una retirada táctica. Trump lleva años codiciando Groenlandia. Al exponer su reclamación habló de la OTAN con un desprecio que debería poner en alerta máxima a las capitales europeas.

La crisis de Groenlandia ofrece lecciones para todos los países. Una de ellas es que Trump cede ante la presión, aunque no necesariamente renuncie a sus objetivos a largo plazo. Otra es que la visión estrecha y pesimista del presidente sobre el mundo, junto con su disposición a reescribir la historia, han socavado la confianza que antes sostenía las alianzas estadounidenses. Por último, de ello se deduce que cada desencuentro bajo Trump amenaza con ser existencial. Anuncia un reajuste global para el que los aliados de Estados Unidos deben prepararse.

Con Groenlandia, Europa tuvo suerte. Logró superar esta prueba porque Trump decidió generar un conflicto por un premio que apenas tiene valor estratégico para Estados Unidos. Trump sostiene, con razón, que el Ártico será objeto de disputas a medida que el deshielo permita la navegación mundial. Groenlandia es un posible emplazamiento para el futuro sistema de defensa antimisiles “Cúpula Dorada” de Estados Unidos. Si la isla pertenece a Estados Unidos, ni Rusia ni China se atreverán a atacarla.

Pero Groenlandia ya cuenta con una base estadounidense para disuadir a posibles agresores. Si fuera atacada, Dinamarca y sus aliados europeos tendrían un interés fundamental en defenderla. Estados Unidos puede hacer prácticamente lo que desee en Groenlandia en el marco de los tratados actuales y, con el nuevo acuerdo, Dinamarca podría reforzarlos. El beneficio añadido de poder colorear el mapa es insignificante.

Los mercados tomaron nota del daño que una guerra comercial y una crisis de seguridad podrían causar en EE.UU.

Todo esto ayudó a los europeos a explicar que el coste potencial para Estados Unidos no merecía la pena. Las amenazas de Trump de imponer aranceles llevaron a algunos países europeos a advertir con represalias. Los mercados tomaron nota del daño que una guerra comercial y una crisis de seguridad podrían causar en Estados Unidos. La opinión pública allí está mayoritariamente en contra de una adquisición costosa. Bajo la intensa presión europea, el Congreso mostró pocas veces signos de plantarse ante Trump.

La moraleja es que, para lograr que el presidente de Estados Unidos dé marcha atrás, hay que convencerle de que se le impondrá un coste. En la mayoría de sus encuentros con Trump, los líderes europeos le han tratado con servilismo, salpicado solo por alguna objeción tímida. Esta vez fueron más firmes y funcionó.

Ahí terminan las buenas noticias. En Davos, Trump habló sobre la posibilidad de adquirir Groenlandia, lo que significa que todavía podría buscar algún tipo de ventaja recuperando la amenaza de imponer aranceles o incluso recurriendo a la fuerza. Incluso si no lo hace y Estados Unidos y Dinamarca logran negociar con éxito un tratado revisado que no implique la soberanía, los europeos deberían prestar atención al lenguaje empleado en su discurso. Revelaba un preocupante desprecio hacia Europa y hacia el valor que tiene para Estados Unidos la alianza transatlántica tal y como funciona actualmente.

Trump afirmó que Estados Unidos ha pagado “el 100%” de la OTAN y nunca ha recibido nada a cambio. Scott Bessent, el secretario del Tesoro, se queja de que Estados Unidos ha gastado 22 billones de dólares más que los europeos aprovechados en defensa desde 1980. La estrategia de seguridad del gobierno advirtió de que Europa se enfrenta a un “borrado civilizacional” debido a la inmigración y que pronto podría dejar de ser un aliado fiable.

Soldados daneses en Groenlandia, el pasado fin de semana 
Soldados daneses en Groenlandia, el pasado fin de semana SIMON ELBECK / AFP

Eso es una distorsión de la historia de la OTAN y del futuro de Europa. Es cierto que, desde el final de la Guerra Fría, los miembros europeos de la alianza han invertido demasiado poco en defensa. Pero durante ese periodo, fueron un baluarte frente a la expansión soviética y compartían una convicción en la democracia y la libertad. En cualquier caso, están empezando a aumentar de nuevo su gasto, en parte por las presiones de Trump, pero sobre todo por la creciente amenaza de Rusia.

La OTAN ha tenido éxito porque se fundó sobre el beneficio mutuo y también sobre valores. La única vez que se invocó su compromiso de defensa mutua del Artículo 5 fue para apoyar a Estados Unidos tras el 11-S. Proporcionalmente, Dinamarca perdió más soldados en Afganistán que Estados Unidos. Europa proporciona a Estados Unidos bases, como la de Ramstein en Alemania, que proyectan poder en todo el mundo; también defiende intereses estadounidenses, incluso en el Ártico.

Lamentablemente, es poco probable que Trump cambie su opinión de que los aliados son unos aprovechados y que los valores compartidos solo importan a los ingenuos. Eso, sin duda, provocará nuevas confrontaciones, ya sea por Groenlandia o por cualquier otro asunto. Por tanto, los amigos de Estados Unidos, en Europa y fuera de ella, deben prepararse para un mundo en el que estarán solos. Y eso empieza por conservar todo lo posible de la OTAN. Construir poder militar requiere años, y Trump tiene prisa.

El problema es que Trump cree que Estados Unidos tiene todas las cartas, porque sus aliados europeos y asiáticos tienen más que perder en caso de una ruptura que Estados Unidos. En parte, tiene razón. Por ejemplo, si Estados Unidos se negara a vender armas a Ucrania y bloqueara el acceso a inteligencia, se arriesgaría a una derrota ucraniana y a la siguiente agresión rusa. Europa y Asia dependen de Estados Unidos para el suministro de material militar. Estados Unidos aporta el 40% de la capacidad de la OTAN, y ese 40% es el más importante. Además, proporciona a Europa una serie de servicios y tecnologías digitales vitales para la economía.

Europa debería intentar denunciar la superficialidad del pensamiento de Trump. Puede empezar elaborando un inventario de lo que Estados Unidos tiene que perder, y esto incluye mucho más que el coste para los consumidores estadounidenses de más aranceles. Europa es un mercado para bienes y servicios estadounidenses por valor de un billón de dólares. Suministra tecnologías esenciales, incluidas las necesarias para la fabricación de microchips, equipos de telecomunicaciones, lentes, aeronaves y mucho más. Los servicios de inteligencia europeos, especialmente los británicos, proporcionan a Estados Unidos valiosa información.

A continuación, Europa debería advertir a los estadounidenses sobre el mundo hostil que Trump está dispuesto a generar. Incapaces de confiar en Estados Unidos, Alemania, Japón, Polonia y Corea del Sur acelerarían aún más su rearme y quizá buscarían armas nucleares. La proliferación reduciría el valor del propio arsenal estadounidense y limitaría su capacidad de influencia internacional. China y Rusia no estarán de acuerdo con Trump sobre dónde termina la influencia de Estados Unidos y dónde empieza la suya. Todo esto podría acabar desencadenando una guerra tan devastadora que Estados Unidos no podría mantenerse al margen.

Europa debe asegurarse de que, cuando los inversores, los votantes y el Congreso reaccionen ante los planes vanidosos de Trump, no solo se centren en las vulnerabilidades europeas, sino también en el daño que ellos mismos podrían sufrir. Eso implica apelar tanto a su propio interés como a los principios fundamentales de guerra y paz. Los inversores no quieren perder dinero, los ciudadanos no quieren tener que apretarse el cinturón y los políticos no quieren ser desalojados del poder.

Lamentablemente, las alianzas de Estados Unidos pueden no sobrevivir a continuos pulsos iniciados por un presidente que considera que los aliados no tienen valor. Europa sufrirá desunión internamente, ya que distintos países buscarán acuerdos diferentes con una América depredadora. Externamente, los presidentes de Rusia y China, Putin y Xi Jinping, tratarán de socavar la unidad de los aliados mediante provocaciones que los dividan.

En las últimas décadas, la protección americana ha mimado a los europeos. En lugar de enfrentarse al uso de la fuerza, se han centrado en disfrutar de una vida cómoda. Esa época ha terminado. Los líderes europeos deberían esforzarse por frenar el deterioro de la alianza transatlántica, pero también deben prepararse para el día en que la OTAN deje de existir.

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