
Cuando la democracia es lo de menos
visión periférica
En febrero de 2009, Ali-Reza Pahlevi, hijo del último sha de Irán y pretendiente al trono persa –abolido por la revolución islámica de 1979–, se proponía ya como la figura capaz de federar a todos los grupos de oposición al régimen de los ayatolás y capitanear la transición del país hacia la democracia. “Lo fundamental es instaurar una democracia parlamentaria laica; luego, si es una república o una monarquía, los iraníes decidirán”, aseguró durante un almuerzo con un grupo de corresponsales europeos en París, entre los que me encontraba. Su ejemplo, dijo, era la transición española. “El modelo español está muy presente en mi pensamiento, en especial el papel que tuvo el Rey. Sin el rey Juan Carlos, España no estaría hoy donde está”, explicaba entonces.
(Juan Carlos I y su padre, el sha Mohamed Reza Pahlevi, llegaron a ser muy próximos, hasta el punto de que en 1977 el monarca español le pidió que apuntalara con 10 millones de dólares la campaña de la UCD de Adolfo Suárez en las primeras elecciones democráticas celebradas en España tras la dictadura de Franco, tal c omo recordaba estos días en la edición digital nuestro compañero Ramón Álvarez)
El hijo del último sha de Irán cree contar con el apoyo de Trump, pero puede acabar como Machado
Hoy, a sus 65 años, el heredero Reza Pahlevi aspira de nuevo a ser el aglutinador del movimiento de protesta contra el régimen del ayatolá Ali Jamenei y de un cambio político en Irán. La revuelta desencadenada a finales de diciembre –inicialmente a causa de la inflación y la devaluación del rial–, sin embargo, ha sido reprimida con tal dureza que parece momentáneamente sofocada, tras dejar un balance de más de 3.000 muertos.
Desde Washington, donde reside, Pahlevi lanzaba mensajes a la población iraní en los que instaba a rebelarse y tomar las instituciones –su nombre era coreado en las manifestaciones–, mientras prometía la ayuda de Estados Unidos. El presidente Donald Trump, en efecto, llegó a amenazar con una intervención militar y comprometió su respaldo a los manifestantes –“La ayuda está en camino”, llegó a decir– antes de dar la callada por respuesta.

La ayuda no llegó. Y el cambio político en estos momentos es incierto. Reza Pahlevi insistía esta semana en la necesidad de que los países occidentales –y en particular EE.UU.– redoblen su presión sobre el régimen para acelerar su colapso. El hijo del último sha se ha acercado mucho en los últimos tiempos a Trump y a la ultramontana derecha norteamericana, con quien se ha mostrado ideológicamente próximo. El aspirante al trono de Irán participó el año pasado en el foro ultraconservador Conservative Political Action Conference (CPAC), junto a figuras como Elon Musk, Steve Bannon o Javier Milei. Y como la opositora venezolana María Corina Machado, por cierto...
Las pancartas que reivindican estos días la figura de Reza Pahlevi en algunas manifestaciones de la diáspora iraní hacen una amalgama con el movimiento trumpista, reconvirtiendo el lema MAGA ( Make America Great Again ) en MIGA ( Make Iran Great Again ). Pero no parece que esta proximidad le vaya a resultar suficiente. Como tampoco le bastó a Machado, apartada en beneficio de un acuerdo pragmático con la número dos del régimen chavista y hoy presidenta interina, Delcy Rodríguez, con el fin de hacerse con el control del petróleo venezolano.
Reza Pahlevi sigue proponiendo una transición política en Irán hacia un régimen democrático. Sin embargo, alguno de sus planes han suscitado la inquietud de algunos opositores. Principalmente, la previsión –recogida en una hoja de ruta difundida en junio del año pasado– de desplegar un programa de transición por fases que se prolongaría durante 800 días, esto es, algo más de dos años. “Su informe sobre el periodo de transición revela una fuerte centralización del poder, un rol personal ambiguo y escasas garantías concretas en cuanto al pluralismo político, los controles y equilibrios institucionales o el reconocimiento de los derechos de todos los pueblos y minorías”, advertía días atrás en una tribuna en Le Monde el iraní de origen kurdo Asso Hassan Zadehest, ex secretario general adjunto del Partido Democrático del Kurdistán.
Nada de todo esto le quita el sueño a Trump, para quien la restauración de la democracia en Irán o en Venezuela le es absolutamente igual. El tiempo en que EE.UU. Se presentaba como el adalid mundial de la democracia y los derechos humanos –aunque detrás de eso se escondieran otros intereses– está ya amortizado. “A pesar de toda su retórica, Trump está menos interesado en un cambio de régimen que sus predecesores, ni en Caracas ni en Teherán. Lo que quiere es un régimen dócil, uno que abandone su programa nuclear, limite su programa de misiles balísticos, ponga fin al apoyo a los aliados regionales y, en general, haga lo que él quiera”, subraya el politólogo Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia.
El viernes, el presidente norteamericano anunció el envío de una fuerza naval hacia la zona de Oriente Medio –el portaaviones USS Abraham Lincoln y tres destructores– en lo que podría ser el preludio de un ataque militar selectivo contra Irán –como el ejecutado el 22 de junio del año pasado contra tres instalaciones nucleares– o una maniobra de intimidación para que Teherán se pliegue a sus exigencias. El movimiento se asemeja al que hizo en el Caribe y que acabó con el secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro.
Imponer la sacrosanta, y a veces errática, voluntad del emperador y extraer los máximos beneficios económicos para EE.UU. –y si puede ser, para la familia– son los ejes que guían la política exterior de Washington bajo Donald Trump. La democracia en el mundo es lo de menos. A veces incluso puede ser un estorbo... Como en Estados Unidos.


