Groenlandia: la isla más grande que invita al colapso
Baúl de bulos
Ha pasado a ser, gracias a las ansias imperialistas, un objeto de deseo para todas las grandes potencias del hemisferio norte

Groenlandia: la isla más grande que invita al colapso

De ser durante siglos una inmensa e ignota superficie blanca despoblada y carente de interés para la gran mayoría de la humanidad, Groenlandia ha pasado a ser, en un abrir y cerrar de ojos, gracias a las ansias imperialistas y la desenfrenada verborrea de Donald Trump, un objeto de deseo para todas las grandes potencias del hemisferio norte.
Es improbable que Putin hubiera invadido Ucrania si este ex satélite de la URRS perteneciera a la OTAN, como también es improbable que Trump pretendiera anexionarse Groenlandia, que formalmente pertenece al Reino de Dinamarca, es miembro de la OTAN, aunque no de la UE, si no fuera porque goza de un estatus de autogobierno reforzado con derecho a celebrar un referéndum para determinar la continuidad o la rotura de su especial relación con Copenhague y, por consiguiente, con la UE y la OTAN. Comprarse la voluntad de al menos la mitad de los casi 60.000 groenlandeses se le antoja al hombre fuerte de la Casa Blanca un paseo, una mera formalidad.
Comprarse la voluntad de al menos la mitad de los casi 60.000 groenlandeses se le antoja a Trump un paseo
Hace ahora 20 años se publicó en España Colapso (Debate, 2006), una fascinante obra del profesor de la UCLA Jared Diamond, que reflexiona sobre por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen y en la que dedica dos capítulos a Groenlandia.
A partir de 984 y hasta el siglo XV, los vikingos noruegos en Groenlandia hicieron lo posible para reproducir en un ambiente tan inhóspito la manera de vivir de la más habitable y templada Escandinavia que habían dejado atrás. Pero no estaban solos, ya que compartían la isla con los inuit, que ya hacía muchos siglos vivían allí en harmonía con la naturaleza.
En vez de aprender de sus vecinos, los altivos noruegos se empeñaron en basar su economía en la ruinosa crianza de ganado bovino. El fracaso -y el eventual colapso y abandono-, aunque paulatino, estaba anunciado desde el primer día de la colonia, como asimismo la interrumpida presencia del bien adaptado pueblo inuit, hasta el día de hoy.
El refinado guerrero alemán Ernst Jünger confiesa en la nota introductoria de Radiaciones (Tusquets, 1989), el primer tomo de sus diarios de la II Guerra Mundial, la fascinación que le causaba la muerte en 1634 de siete marinos abandonados a su suerte en el Ártico, de los que sólo quedó un diario que relataba su lenta agonía… y siete cadáveres.
Un año antes de producirse esta trágica historia, una más en la accidentada carrera para conquistar el polo, comparecía Galileo ante el tribunal que juzgaba a herejes en el que pronunció la indisputable frase E pur si muove, que, de conocerla Trump, lo más seguro la da por fake news, un intolerable estorbo intelectual.
Reflexiona Jünger que todo espíritu anticopernicano, y Trump lo es, “si sopesa con cuidado su situación, se dará cuenta de que es infinitamente más fácil el acelerar el movimiento que el regresar a una andadura más reposada. En eso estriba la ventaja de los nihilistas sobre todos los demás.” Y añade: “Existe un determinado grado de velocidad para el cual todos los objetos quietos acaban transformándose en una amenaza y tomando la forma de proyectiles”.
Puede que Trump se salga con la suya con Groenlandia, pero su conquista, de producirse, podría resultar aún más efímera que la de los antiguos noruegos en la isla. A fin de cuentas, los únicos supervivientes serán los inuit, digan lo que digan los enloquecidos y codiciosos mandatarios que pretenden repartirse el mundo.
A lo que invita Trump es al inevitable colapso de nuestra civilización. El 10 de febrero de 1943, Jünger apuntaba en su diario: “Han remitido ya las fiebres tropicales; ahora el viaje lleva a los mares helados”. En esas estamos.

