El líder escocés del Labour pide la dimisión de un Starmer contra las cuerdas.
Los efectos de la polémica.
Asimismo, el director de comunicación de Downing Street abandona su cargo.

Anuncio de la dimisión de Tim Allan a la puerta de Downing Street

Dentro de la pieza cumbre del Renacimiento flamenco “Paisaje con la caída de Ícaro”, creada por Pieter Bruegel el Viejo , el trágico final del protagonista de la leyenda griega, cuyas alas de cera se derritieron al acercarse en exceso al sol, constituye apenas un pormenor en el ángulo inferior derecho, un par de piernas casi imperceptibles hundiéndose en el mar mientras el entorno sigue su curso con total normalidad, y tanto el pescador como el campesino y el pastor continúan con sus labores diarias. Una reflexión similar cabe ante la renuncia del responsable de Comunicaciones de Downing Street, Tim Allan, o la salida del jefe de Gabinete, Morgan McSweeney, dentro del complejo y tenso panorama geopolítico actual.
Ninguno de estos individuos posee una conexión directa con el caso Epstein, y los archivos no mencionan en absoluto al primer ministro británico Keir Starmer (en contraste con Trump, que figura 38.000 veces), no obstante, el prestigio de todos ha sufrido un duro golpe por su vinculación con el delincuente sexual a través del barón laborista y previo embajador en Estados Unidos, Peter Mandelson. Dos de ellos (McSweeney y Allan) ya han sucumbido, y el restante pelea por mantenerse a flote en un margen de la escena, mientras en Washington nada se altera, y el foco principal lo ocupa el crecimiento de la extrema derecha, las exigencias a Ucrania para entregar regiones, las intimidaciones a Irán, Cuba y Groenlandia, la gestión del crudo venezolano y la expansión del fenómeno MAGA.
Al igual que en los informes médicos que indican que las siguientes cuarenta y ocho horas serán cruciales para la mejoría del paciente, se sostiene lo mismo sobre la permanencia de Starmer, tras la salida ayer de su jefe de Comunicaciones y la comparecencia ante los medios del dirigente laborista escocés, Anas Sarwar, para reclamar su salida. El razonamiento es que el primer ministro es una figura dañina en Escocia y un impedimento para el Labour ante los comicios regionales de mayo.
En aquel instante se temió por la supervivencia del enfermo, no obstante el equipo médico le realizó una transfusión sanguínea y logró normalizar su delicada situación, organizando una serie de manifestaciones de respaldo de todos los integrantes de su Gabinete. Si bien es conocido que a menudo tales exhibiciones de fidelidad absoluta ocultan un presagio funesto, de forma similar a cuando el dirigente de un equipo de fútbol en crisis ratifica en su puesto al técnico.
Starmer desistió de su plan de hablarle al país en una intervención en pantalla, optando en su lugar por una cita con el grupo parlamentario laborista en un esfuerzo agónico por manejar a un equipo donde bastantes ponen en duda su mando y juzgan que el caso Mandelson-Epstein constituye apenas el final de una sucesión de equivocaciones innecesarias, muy abundantes, y el punto de ruptura final.
La totalidad de los integrantes del Gabinete manifiestan su respaldo a un primer ministro que ha visto mermada su autoridad.
Resulta igualmente un indicio negativo que Angela Rayner, la antigua ministra y predilecta del sector izquierdista del Labour para reemplazar a Starmer, haya modificado su peinado buscando una imagen renovada, si bien evita ser la primera en asestar el golpe, al igual que el titular de Sanidad, Wes Streeting. El descenso de McSweeney debido a su respaldo a la designación de Mandelson representa la sentencia final para el blairismo y su vinculación con las grandes fortunas y el capital, dejando de lado el objetivo primordial de una distribución de la riqueza más justa.
McSweeney, sucesor de Blair, dio forma a Starmer de la misma manera que Victor Frankenstein engendró a su criatura, y no al revés, confiando en un perfil tecnocrático flexible y carente de convicciones personales como la opción ideal para terminar con dieciocho años de mandato conservador, transformar el Estado de bienestar, endurecer la postura nacionalista sobre inmigración y atraer el sufragio “patriótico”. Tras su partida, las facciones diestra y siniestra del Labour mantienen un enfrentamiento monumental para tomar el control y definir la dirección futura.
Starmer se halla seriamente debilitado, pero resiste. Su hundimiento constituiría posiblemente algo más que un pormenor en el margen inferior derecho de “Paisaje con la caída de Ícaro”, mas no se colocaría en el foco de la imagen.

