La escudella del Ritz

Opinión

A finales del pasado siglo el empresario y exalcalde de Barcelona Enric Masó llegó a ser propietario, simultáneamente, del Ritz y del Palace de Madrid, uno frente a otro en la plaza de Neptuno, los dos buques insignia y rivales de la hotelería madrileña. Masó retuvo el Palace, que funcionaba muy bien y gozaba de una dinámica clientela, y se desprendió del Ritz, un hotel decrépito, con un código protocolario tan superado que ahuyentaba a los huéspedes. Los nuevos accionistas contrataron como director a Alfonso Jordán, un ampurdanés de Rupià que comenzó a trabajar en el Hostal de la Gavina de S’Agaró con 13 años y acabó siendo director y persona de confianza del fundador, Josep Ensesa i Gubert.

Jordán, que ya contaba con una exitosa carrera, pronto le daría la vuelta al Ritz. A caballo de los noventa y los primeros años de este siglo el restaurante y los salones se convertirían en el epicentro de la vida económica, social y política madrileña. Uno de los grandes momentos de la semana eran los días en los que se servía el Gran Cocido Madrileño. El público se entregaba a tan contundente plato renunciando a la ensalada y el pescado a la plancha propios de los almuerzos de trabajo. Un día, en aquellos años, Carles Vilarrubí me sugirió que fuéramos a comer el cocido del Ritz.

En toda Europa, partiendo de un tronco común, muchos de esos platos son parientes

Ese mediodía el todo Madrid estaba en el Ritz devorando cocido. Al acabar se acercó a nuestra mesa Alfonso Jordán. Estaba muy interesado en nuestra opinión. Todo fueron sinceras alabanzas, habíamos comido muy a gusto. Insistió: “¿Pero no habéis encontrado nada especial?. Entonces añadió: “Pues debéis saber que toda esta gente, aquí donde los veis, piensan que se están comiendo un cocido madrileño pero en realidad es una escudella i carn d’olla catalana”. Era exacto, el sabor del chorizo que todo lo impregnaba había desaparecido, la morcilla era butifarra negra, se evitaba la superpoblación de garbanzos, la sopa era de fino gusto y las carnes variadas. Cuándo no encontraba proveedor en los mercados madrileños sus amigos ampurdaneses llevaban el género hasta Flassà para que el tren nocturno Costa Brava lo situase en la estación de Chamartín.

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Carles nos dejó hace unas semanas después de posicionar la Acadèmia Catalana de Gastronomia que presidía con un nivel de reputación y actividad extraordinarios. En la sobremesa del Ritz ese día hablamos irónicamente del hecho diferencial. Pronto se cumplirán cien años desde que, por primera vez, lo definiera Francesc Cambó como esa cosa tan española de querer igualarlo todo a su imagen y semejanza. Partiendo del tronco común del cocido o la escudella i carn d’olla, en toda Europa, muchos de esos platos son parientes. Pero la escudella i carn d’olla solo se come en Catalunya. Y entonces en el Ritz de Madrid. Por eso, cuando con Carles y Alfonso atravesamos de salida el comedor, se nos escapó una sonrisa pensando que aquel día habíamos ganado una pequeña batalla.

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