Las barriadas improvisadas se propagan por las laderas del Montjuïc más visitado.
Sinhogarismo
Las tiendas de lona ya se extienden hasta la terminal del teleférico del puerto de Barcelona.

La colada de un asentamiento de Montjuïc ubicado en los jardines Miramar

Los asentamientos y las carpas ya no se extienden únicamente, como sucedía antes, por los rincones más ocultos de la montaña de Montjuïc. Desde hace un tiempo, especialmente en los últimos meses, han empezado a multiplicarse también por las laderas más transitadas. Aunque somos testigos de una nueva prueba del alza reciente de los ciudadanos sin hogar en la urbe, este artículo posee asimismo un matiz amargo de déjà vu . Como si el pasado más complejo de Barcelona insistiera en volver a ocurrir...

Cerca de la parada del teleférico del puerto, en los jardines de Miramar, en medio del flujo constante de turistas y residentes, en uno de los puntos de observación más populares de la ciudad, ubicado entre un restaurante y un hotel de gran categoría, un hombre argelino de 29 años llamado Larbi explicó este miércoles a través del traductor de su móvil que habita en esta tienda de campaña desde hace cinco meses, que sobrevive recogiendo chatarra y que en su tierra natal ejercía de panadero. “En esta parte, en estas seis tiendas, estamos los magrebíes. Al otro lado de las escaleras se ponen otros”. Hace escasos instantes, algunos miembros de los Mossos realizaron una comprobación y le formularon a Larbi diversas interrogantes.

Varios visitantes se apoyan en el pretil de roca y observan el panorama. Los efectivos de los Mossos confiscan un arma blanca de gran tamaño en las carpas de enfrente. Las cenizas de un fuego señalan el lugar donde preparan alimentos. Quienes hacen ejercicio atraviesan los senderos. Los bidones se cargan de agua en los surtidores. La vegetación sirve para secar la ropa. “La verdad es que no sé bien qué me han dicho los policías –reconoció el argelino–. No los entendí. La policía viene de vez en cuando y te pregunta quién eres, qué haces... A veces también viene gente buena a ayudarnos, pero no sé quiénes son. Yo tengo esto...”, agregó enseñando una tarjeta de entrada para el servicio de comidas de la parroquia de Santa Anna.
Pese al frío, la lluvia y las ratas
El trayecto por los miradores de Montjuïc sigue hacia el del Poble Sec. Las barracas, las carpas y los plásticos fijados con maderos surgen de forma inadvertida. Entre la avenida Miramar y la piscina de aquellas competiciones de saltos olímpicos, entre telas, maderas y arbustos, en un frágil y oculto emplazamiento, se distingue la cara risueña de Rouel Eugenio. “Yo llevo en la montaña unos seis meses –dice este filipino de 53 años, de un modo muy hospitalario–. Hasta hace poco estuve más allá, pero aquí se me ve menos. Trabajé muchos años en hostelería, construcción, limpieza... Y ya hace que me dedicó a la chatarra. Ya llevo unos años en la calle, y aquí en la montaña pasas mucho frío, te mojas un montón cuando llueve, ¡hay muchas ratas!, pero estás más seguro que por la calle. Hay espacio de sobra. Además, aquí estoy tan escondido que no me ve nadie. Y después del incendio de las chabolas de al lado, ya no tengo ni vecinos. Es que uno no está bien de la cabeza y les prendió fuego. Así que se mudaron más abajo. Pero allí se te ve más...”. Ese fuego se dispersó a mitad del mes. Aún se aprecian los escombros en una curva del camino.

Esta visión de Montjuïc es pasajera. En este sitio los traslados son constantes. Con frecuencia algún oficial advierte a estas personas que no está permitido residir aquí, que eventualmente deberán retirarse, y que no se permite hacer fuego ni utilizar bombonas. Tal vez algunas de estas chabolas ya no estén situadas en el punto donde se hallaban este miércoles. Pese a ello, el flujo de personas que buscan amparo no cesa. Poseer un puesto de trabajo ya no es garantía de no acabar viviendo en la vía pública. En las laderas de Montjuïc con más afluencia también habitan personas con su situación regularizada, individuos que en el pasado dispusieron de una vivienda.

Una residente histórica de la zona montañosa comenta desde el límite de su propiedad que, efectivamente, en Montjuïc siempre ha habido gente habitando de diversas maneras, aunque jamás presenció tal afluencia como la ocurrida este pasado ejercicio. Mientras tanto se escuchan carcajadas. A escasa distancia, diversos visitantes caminan animados mientras consumen botes de cerveza.
La policía nos advierte últimamente que el
“Tenemos de todo –sigue esta vecina llamada Àngels–, gente de todas partes, gente que se sabe comportar, gente que no... A veces se da alguna discusión. Algunos toman cosas. Y a veces te da reparo regresar a casa por la noche. Te acostumbras, pero... También hay gente que limpia su espacio. La verdad es que lo que más me preocupa son los incendios. El del otro día fue muy grande. Estos días todo está muy húmedo, pero...”.

Y caminando a gatas por estos lodazales tan resbaladizos también te topas de forma imprevista con Max, un polaco de 40 años que se estableció aquí hace ya cinco meses. Su caseta está muy bien aprovechada. Diversos tablones constituyen el suelo, su cama queda resguardada de la lluvia por varios plásticos, posee una repisa para los artículos de aseo y otra para los de la cocina. “Aquí te llevas bien con la mayoría –detalla Max–. Al menos te dicen hola. Pero tuve que ponerme una cámara de vigilancia porque me intentaron robar tres veces”.

El asentamiento más notable es el de los filipinos, ubicado a poca distancia, en el parque de la Primavera. Una senda estrecha rodeada de tiestos guía hacia la vivienda principal. Este espacio se encuentra ordenado, recogido y aseado. Unos seis individuos que laboraron décadas en la cocina relatan con cierto enfado que les tomó seis meses levantar estas viviendas, y que recientemente varios agentes les advierten sobre una expulsión inminente. “Hoy mismo vinieron, por la mañana, a decirnos que mañana nos echarán –prosiguen–, ¿si vienen podemos llamarles a ustedes?, ¿a alguien le importa lo que nos pase? Nos costó mucho montar esto. No tenemos adonde ir. Ya nos echaron una vez. Es que en Barcelona es muy difícil conseguir una habitación, aunque tengas trabajo. Nosotros ya no hacemos fuego para cocinar y procuramos mantenerlo todo limpio”. El inconveniente radica en que sus edificaciones resultan perceptibles desde el núcleo urbano. El uso de una cámara fotográfica genera recelo entre ciertos residentes de los filipinos. Gran parte de ellos comprende que atraer miradas únicamente les trae problemas, y que permanecer inadvertidos les resulta más beneficioso.
Y todavía más abajo, ya casi en el vecindario, un estonio y un letón sumamente ebrios transportan con júbilo varios tablones y un par de tote bags repletas de telas. “¡Vamos a construirnos una casa! –proclaman con un entusiasmo difícil de compartir–. Miren, con estos plásticos vamos a hacer el techo”. Son los últimos en arribar a Montjuïc.

