
Febrero: nazarenos
OPINIÓN
Hace unos años, para aprovechar un envío de la casa Fitoagricola, donde compro los bulbos para plantar en invierno, me hice mandar una bolsita con semillas de Muscari armeniacum , una planta de la familia de les liláceas, adaptada a la jardinería, que florece por esta época. En los prados puede verse a su hermana hippy, la calabruixa grossa ( Muscari comosum ). Tengo una amiga que, un año por Carnaval, de jovencita, se disfrazó de Carmen Miranda, con una ropa estampada y un sombrero de frutas. Una temporada, de broma, le decía que la calabruixa es la Carmen Miranda de las plantas, porque, antes de abrirse, las flores rodean el tallo con un voluminoso turbante. Fue una gran idea comprar aquel sobre de calabruixes porque con el sol del mediodía, sin necesitad de volverlas a plantar, tengo la samba en el balcón en forma de racimos violeta.

En algunas épocas del año las cosas no cambian mucho de un día para otro. En el paso del invierno al verano todos los momentos cuentan y a finales de febrero hay que estar atento. La flor masculina del avellano, por ejemplo -el moc d’avellaner como le llamaban los payeses- se descomprime como una muelle destensado y va esparciendo simiente. Un día es una pulsera rubia y al día siguiente una cadena herrumbrosa. La calabruixa es un calendario: crece el tallo, rodeado de un flequillo de hojas, forma unas ubres clorofiladas, que empiezan a volverse lilas por la parte inferior, hasta que sólo queda un bonete de color verde menta.

Llega el momento glorioso en el que cada inflorescencia de calabruixa -un solo bulbo produce cinco o seis- es una piña psicodélica. Entonces, empezando por abajo, las flores se tornan frutos: unos estuches -primero verdes y después tostados- con forma de castañuela.
Todo esto pasa en un par de semanas, si me apuran, tres, en las que tienes la sensación que el tiempo se intensifica, que la vida se comprime y que por todas partes, a tu alrededor, dispositivos invisibles bombean jugos por tubos de fibra hacia vértices de ramas y flores. Es un movimiento que se contagia al observador, que siente el chasquido del corazón entre las costillas. Es los que tradicionalmente se conoce con el nombre de primavera.

El nombre de calabruixa debe venir de las heladas y la escarcha que acompañan su floración. De día, con el sol, hace calor, pero por la noche refresca. A veces se forman tormentas que acaban en granizo. La calabruixa anuncia la primavera pero tiene un pie en el invierno. En castellano se le llaman nazarenos , a causa de su color, de penitencia y Semana Santa. Para compensar se le puede llamar también jacinto de uva , nombre que evoca las travesuras del dios Baco.
