Así es la casa futurista que Norman Foster construyó en St. Moritz: un refugio invernal que comparte con Elena Ochoa
Casas de famosos
Norman Foster construyó en 2004 Chesa Futura, una casa muy particular en las montañas de St.Moritz

El arquitecto Norman Foster - Foto: © José Manuel Ballester. Cortesía Norman Foster Foundation.
El famoso arquitecto Norman Foster no tiene una residencia fija. Desde que se casó en 1996 con la española Elena Ochoa, sus vidas se dividen entre un ático de lujo en Londres y un palacete en el barrio de Chamberí en Madrid. Para desconectar del ritmo frenético de ambas ciudades, la pareja se escapa a su destino favorito en invierno: un refugio alpino en St.Moritz.
Hace unos años, las imágenes que compartieron en redes sociales Paola y Eduardo, hijos del matrimonio, puso esta casa en boca de todos. Desde entonces, en más de una ocasión se ha visto a la familia disfrutar de deportes de invierno y de paseos por la zona.
El arquitecto culminó en 2004 una vivienda de estética futurista que combina diseño contemporáneo con técnicas de construcción centenarias muy respetuosas con el medio ambiente. Bautizada como Chesa Futura, la casa destaca de forma evidente entre las montañas nevadas de Suiza, especialmente por su singular forma ovalada, poco habitual en las construcciones de la zona y una de sus señas de identidad más llamativas. Se trata, además, de una silueta poco común en los proyectos de Foster.

Para el revestimiento se utilizó madera, uno de los materiales de construcción más antiguos y sostenibles. Especialmente en esta comuna suiza, la madera se ha utilizado durante siglos para la edificación. Las tejas de alerce envejecen de forma natural con el clima, adquieren un tono gris plateado y, gracias a su resistencia, pueden durar hasta cien años sin mantenimiento.
La casa consta de tres plantas y dos niveles subterráneos que corresponden al aparcamiento y al almacén. Situada al borde de una pronunciada ladera, la vivienda ofrece unas vistas espectaculares del valle de Engadina. La forma de burbuja del edificio permite que los balcones del lado sur se abran a la luz, mientras que la zona norte mantiene los profundos ventanales tradicionales del lugar.

Para garantizar que el edificio soporte la nieve durante meses y proteger la madera de la humedad, se decidió elevarlo sobre pilotes, una solución que además permite que las plantas bajas disfruten de unas vistas de las que, sin esa elevación, no disfrutarían.

A pesar de la polémica inicial que despertó su silueta, el edificio terminó amoldándose al paisaje hasta convertirse en una pieza clave del entorno. Hoy, esta obra de Norman Foster puede leerse como un pequeño manifiesto arquitectónico, no solo en la zona de Engadina, sino también a escala global, al demostrar que es posible construir excentricidades preservando el entorno natural.

