Kalizma, el yate de Elizabeth Taylor y Richard Burton que puedes alquilar por 100.000 euros
Glamur
De las noches de Hollywood al lujo contemporáneo: la increíble segunda vida de un icono de 1906, guardián de batallas y romances imposibles

Elisabeth Taylor y Richard Burton a bordo en su yate, el Kalizma

En 1969, Richard Burton perdió una subasta histórica. Desde un teléfono en el Bell Inn, un pub de Buckinghamshire, cerca de Oxford, intentó pujar por un diamante en bruto de 241 quilates recién hallado en Sudáfrica. Competía contra Aristóteles Onassis y el sultán de Brunéi. Pero ganó Cartier. El actor galés, temperamental, no se resignó: días después compró la piedra directamente a la joyería por 1,1 millones de dólares, una cifra récord entonces. Mandó engastarla en un collar y lo entregó a Elizabeth Taylor a bordo del Kalizma, el yate que había comprado para ella dos años antes.
El barco había pasado por dos guerras mundiales antes de ser el refugio íntimo de la pareja más mediática de Hollywood
El barco había pasado por dos guerras mundiales antes de convertirse en refugio íntimo de la pareja más mediática de Hollywood y en escenario perfecto para un regalo de leyenda. El collar había viajado desde Nueva York hasta Montecarlo en una de tres valijas idénticas y su primera aparición pública fue durante el 40º cumpleaños de Grace Kelly. Aquella noche, los ojos violetas más famosos del mundo bajaron del Kalizma y entraron en el Hôtel Hermitage. Liz llevaba al cuello una joya —69,42 quilates en forma de pera, desde entonces conocido como diamante Taylor-Burton—, que deslumbró a medio continente y consolidó un amor tan apasionado como inestable.
A partir de entonces, lo que quedaría grabado en la memoria colectiva no serían ya las maniobras militares ni las competiciones náuticas que marcaron las primeras décadas del yate, sino las escenas privadas de una historia de cine vivida sobre su cubierta: reconciliaciones, excesos, juramentos de eternidad. Más de medio siglo después, el Kalizma sigue navegando. Y cada travesía parece un eco de aquella escena: un diamante, unos ojos violetas y un divo dispuesto a comprar el mundo para retenerlos un día más.

El navío fue botado en Escocia en 1906, cuando el empresario Robert Stewart encargó al prestigioso arquitecto naval G.L. Watson un yate a vapor capaz de resistir los temporales del Atlántico Norte y, al mismo tiempo, ofrecer el lujo de la nueva era industrial. Bautizado originalmente Minona, fue uno de los primeros barcos privados con iluminación eléctrica a bordo: un detalle que entonces equivalía a marcar el futuro.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el sueño burgués se convirtió en herramienta militar. El Minona sirvió en la Royal Navy como patrullero auxiliar. Dos décadas más tarde regresó al frente con un destino distinto: base flotante y buque hospital en Campbeltown, Escocia. Sus campanas de bronce participaron en la antigua tradición naval de bautizar a recién nacidos y su tripulación tomó parte en numerosas operaciones de rescate. Que un yate de recreo atravesara dos conflictos mundiales y siguiera a flote era ya, en sí mismo, una rareza.
Tras la posguerra, cambió de nombre varias veces —Cortynia, Odysseia— y fue testigo de regatas y eventos mundanos, preludio del glamur que marcaría su destino en los años sesenta. La verdadera metamorfosis, de hecho, llegó en 1967, cuando Burton pagó 220.000 dólares por aquel clásico de unos 50 metros y gastó el doble en restaurarlo. Lo rebautizó como Kalizma, acrónimo formado por los nombres de sus hijas Kate, Liza y Maria.
El Marco Antonio de Cleopatra había decidido entonces que ningún ramo de flores ni ningún viaje improvisado bastaba para celebrar el segundo Oscar de Taylor por ¿Quién teme a Virginia Woolf? El regalo debía estar a la altura de la mujer más observada del planeta. Eligió así un refugio flotante frente a una prensa que seguía cada discusión y cada reconciliación de la pareja. Con ese gesto, el barco dejó atrás definitivamente la memoria bélica y se convirtió en escenario de otra batalla: la del amor volcánico entre Burton y Taylor, una pasión brotada en los platós de Cinecittà cuatro años antes.

Durante el largo reacondicionamiento del buque, Liz y Dick tuvieron que alojarse en el Dorchester Hotel de Londres y alquilar un barco más pequeño solo para sus perros, que de otro modo habrían pasado seis meses en cuarentena. Tras la entrega, en sus cubiertas la pareja recibió a Clint Eastwood, Rex Harrison y a una constelación de amigos de Hollywood. Allí también se unieron a Grace Kelly y al príncipe Rainiero. Los paparazzi bautizaron aquel ambiente como el “kennel flotante”, es decir, el mayor criadero de perros sobre el mar, y al mismo tiempo la mejor coartada para una pareja incapaz de huir del escrutinio público.
De hecho, los dos actores ya habían convertido sus peleas en espectáculo, como ocurrió en 1966 durante el rodaje de La fierecilla domada. En el Kalizma, esas tensiones continuaron en forma de réplicas y desplantes, siempre seguidas de reconciliaciones igual de intensas. Pero también fue el escenario de su idea más romántica: Burton confesó que soñaba con no volver a pisar tierra y vivir para siempre con Elizabeth en aquel barco.
El actual custodio del Kalizma no es un actor ni un aristócrata, sino un empresario e inversor indio de 57 años: Shirish Saraf
El actual custodio del Kalizma no es un actor ni un aristócrata, sino un empresario e inversor indio de 57 años: Shirish Saraf. Su primer encuentro con el yate se remonta a mediados de los noventa, en Dubái. “Un capitán australiano me dijo: ¿quieres ver el antiguo yate de Richard Burton y Elizabeth Taylor?”, recuerda. Aquel joven banquero de 30 años, que ganaba entonces 2.500 dólares al mes, subió a bordo con su padre. “Él lo llamó el Orient Express de los mares, y nunca pensé que algún día sería mío.”
El destino se encargó del resto. En 2019, tras años de abandono y deudas acumuladas por el magnate indio Vijay Mallya, el buque salió a subasta en Sri Lanka. Saraf lo adquirió y decidió invertir cuatro veces el precio de compra en devolverle la vida. “Nada debía alterar el alma del Kalizma”, explica. La restauración duró casi dos años, con equipos procedentes de Italia, Portugal, España, India y Sri Lanka. El resultado fue un equilibrio entre modernidad y respeto por la historia.

Hoy esta reliquia flotante tiene capacidad para diez huéspedes atendidos por diez tripulantes. Su velocidad de crucero es de diez nudos, la justa para recorrer el Mediterráneo con calma de otro tiempo. En cubierta, la teca recién pulida convive con la campana de bronce que sonó en dos guerras mundiales. En el interior, el diseñador italiano Alessandro Ortenzi apostó por tonos grises, champán y violetas —un guiño a los ojos de Taylor—, que suavizan la antigua oscuridad de la caoba. Y en el salón principal cuelgan retratos en blanco y negro de la pareja de oro.
A bordo esperan dos lanchas auxiliares, motos de agua y material para deportes acuáticos. Pero Saraf insiste en que lo esencial no son los juguetes, sino la atmósfera. “Aquí uno se siente parte de una historia que sigue viva. Es un barco con alma, y eso no se compra.” Disponible en régimen de chárter, el Kalizma navega los veranos en el Mediterráneo y los inviernos en el Índico. Zarpar con él significa habitar, aunque sea por unos días, la historia de un amor tan célebre como incontrolable. Porque el Kalizma no es solo un yate: es un escenario para lo imposible. Un romance sin tiempo que aún navega y que se puede alquilar a partir de 100.000 euros por semana.

