Anabel Estévez, exveterinaria: “Dejé la profesión tras 15 años porque la presión es constante y la ilusión se transforma en ansiedad”
Decisiones
La falta de apoyo y la entrada en vigor del Real Decreto 666/2023 ha alterado el rumbo de la profesión

Anabel Estévez en una imagen corporativa

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Cada vez más veterinarios toman la decisión de abandonar la profesión, no por falta de vocación, sino por el peso acumulado de las condiciones laborales, la presión constante y un marco normativo que muchos perciben como asfixiante. Jornadas extensas, responsabilidad clínica elevada, exposición continua al desgaste emocional y una creciente carga administrativa han ido erosionando un ejercicio profesional que durante años se sostuvo, en gran parte, por compromiso personal.
El conflicto en torno al Real Decreto 666/2023 ha puesto en pie de guerra a un amplio sector de veterinarios españoles, que critican duramente la nueva regulación sobre la prescripción, dispensación y uso de medicamentos veterinarios. Los profesionales denuncian que la implantación del sistema telemático obligatorio PresVet para registrar cada prescripción de antibióticos genera una burocracia excesiva, limita su autonomía clínica y puede retrasar tratamientos críticos, con el riesgo de perjudicar la salud animal y la calidad asistencial.

Cada caso duro, cada eutanasia, cada incertidumbre cuando no encuentras la respuesta a la primera van sumando y dejando huella
Anabel Estévez es una veterinaria que decidió abandonar la profesión de sus sueños tras 15 años de experiencia. En una entrevista con Guyana Guardian, ha reflexionado sobre esta decisión y las condiciones de una profesión cada vez más exigente.
¿Qué le motivó a convertirse en veterinaria?
Desde muy pequeña tuve clarísimo que quería dedicarme a los animales. Siempre he tenido con ellos una conexión especial que no encontraba en otro lugar porque cuando estoy con los animales me siento en paz. Esa necesidad de poder cuidarlos ha sido el motor de toda mi vida
Tras 15 años en la profesión, ¿cuáles fueron los aspectos más gratificantes de su trabajo?
Después de tantos años, lo más gratificante iba desde los casos más complejos, esos en los que gracias al trabajo en equipo, conseguíamos que un animal saliera adelante. También estaban los momentos más simples, como ver cómo un perro se volvía loco de alegría cuando me veía entrar por la puerta. Al final, lo que más me motivaba era poder ayudar y mejorar la vida de los animales y de sus familias. Esa sensación fue lo que me hizo seguir en esta profesión durante tantos años.
¿Cómo describiría el día a día de un veterinario hoy en día?
El día a día de un veterinario hoy en día es muy duro. La presión es constante y, con el tiempo, la ilusión de los primeros años se va transformando en ansiedad. No es solo la carga de trabajo, es la sensación de no sentirte valorado, el peso emocional de cada decisión y el hecho de que, literalmente, tienes en tus manos la vida de un ser vivo. A eso se suma el desgaste emocional de las eutanasias, la incertidumbre de los casos en los que no encuentras la respuesta a la primera y la responsabilidad de saber que ese animal depende completamente de ti.
El día a día de un veterinario hoy en día es muy duro. La presión es constante y, con el tiempo, la ilusión de los primeros años se va transformando en ansiedad
¿Qué tipo de presión considera más dañina: ¿la emocional, la administrativa o la de los propios clientes?
Son todas dañinas de formas diferentes. La administrativa ha sido para mí la gota que ha colmado el vaso, la que ha disparado mi ansiedad hasta un punto insostenible. Pero la emocional te arrastra poco a poco, te va consumiendo. Hay gente que sabe desconectar, pero yo estaba tan unida a los animales que no sabía hacerlo. Cada caso duro, cada eutanasia, cada incertidumbre cuando no encuentras la respuesta a la primera van sumando y dejando huella.
La nueva ley del medicamento se implementó el año pasado. ¿Qué cambios concretos le afectaron directamente en su trabajo?
No poder trabajar según mi criterio veterinario. Cada vez que recetábamos antibióticos teníamos que hacer una receta electrónica que era supervisada. Esa sensación continua de estar siendo analizada, con el miedo constante a ser sancionada, te paraliza completamente. No poder poner el tratamiento que sabías que era el mejor, porque había una lista absurda que te lo prohibía, entorpecía los tratamientos efectivos, complicaba los casos y, en consecuencia, las familias se enfadaban, ya que todo se alargaba con el sobrecoste que eso les suponía.
¿Cómo cree que esta ley ha impactado en la relación veterinario-cliente y en la calidad de la atención?
Mal, sin ningún tipo de duda. Al final hay una ley que tenemos que aplicar, pero la cara visible somos los veterinarios. Siempre acabamos siendo los malos de la película, otra carga emocional más. Si seguimos la ley a rajatabla, hay que seguir unos protocolos que entorpecen y alargan los tratamientos y crean un sobrecoste importante. Un ejemplo concreto, para ciertas infecciones sabíamos que un antibiótico, que ahora tenemos vetado, era el de elección. Primero nos vemos con la obligación de utilizar uno de amplio espectro que sabemos que no va a funcionar, demostrar que no ha funcionado, tomar una muestra, hacer un cultivo y un antibiograma y buscar entonces cuál es el indicado. Todo ello conlleva alargar el tiempo, aumentar el coste y provocar un sufrimiento para el animal y la familia totalmente innecesario.

Nos pueden sancionar con multas desproporcionadas si nos saltamos protocolos, que muchas veces van en contra del bienestar del animal
¿Considera que la legislación protege adecuadamente tanto a los profesionales como a los animales?
A los profesionales nos coloca en una situación insostenible. Nos pueden sancionar con multas desproporcionadas si nos saltamos protocolos que muchas veces van en contra del bienestar del animal. Nos convierte en criminales por hacer lo que sabemos que es mejor para nuestros pacientes. Y a los animales tampoco los protege. Todo lo contrario, alarga los tiempos de sufrimiento, retrasa tratamientos efectivos y, en muchos casos, hace que las familias no puedan permitirse los sobrecostes. Esto puede llevar a que el animal no reciba la atención que necesita.
¿Cree que los veterinarios reciben suficiente apoyo institucional y social para ejercer su labor sin riesgo de burnout?
Yo personalmente siempre me sentí muy sola. Tenemos el 21% de IVA como si fuéramos un servicio de lujo y, para colmo, nos ponen esta ley con la amenaza de sanciones desproporcionadas sin consultarnos ni tener en cuenta nuestra experiencia. A nivel social, mucha gente no entiende realmente la complejidad de nuestro trabajo ni la presión a la que estamos sometidos. Pobre de ti como no soluciones un caso a la primera, como si tuviéramos una varita mágica. Los veterinarios no nos podemos permitir el lujo de equivocarnos. Somos responsables de vidas, trabajamos con pacientes que no pueden decirnos qué les duele, con familias a veces muy exigentes, y todo ello con sueldos que no se corresponden con la responsabilidad que asumimos. La veterinaria tiene uno de los índices más altos de problemas de salud mental y suicidio entre las profesiones. Aun así, seguimos sin apoyo psicológico, sin reconocimiento real y con cada vez más presión burocrática y legal.
¿Cuál fue el factor decisivo que la llevó a dejar la profesión después de tantos años?

Llevaba tiempo con ansiedad y muy triste, y me di cuenta de algo que me asustó mucho: por primera vez en mi vida no quería volver a trabajar de veterinaria. Eso fue una señal de alarma enorme para mí, porque había sido el sueño de mi vida desde pequeña pero ya no era feliz con ese sueño. Tenía muchos otras inquietudes y profesiones que explorar que me hacían ilusión, y decidí que era el momento de escucharme y priorizar mi salud mental. A veces hay que saber cuándo parar.
Ahora que ha dejado la profesión, ¿cómo ve su relación con el mundo animal y la veterinaria en el futuro?
Los animales siguen siendo una parte muy importante de mi vida, forman parte de mi ser. Sigo estudiando cosas relacionadas con la veterinaria y cada día leo los últimos avances del sector. De hecho, me estoy formando para ser profesora de biología, para transmitir a las nuevas generaciones mi entusiasmo por los animales y la naturaleza. Pese a ello, sueño y tengo la esperanza de que algún día las leyes cambien y vean que los animales son parte de nuestras familias y, como tal, deben ser tratados y respetados. Sueño con algún día volver a esta profesión que tanto amo, pero con las condiciones que realmente merecemos.
