Frank Rivera, 71 años, jubilado: “Tras el divorcio y tocar fondo con mi empresa, caminar con mi perro fue lo único que logró detener el ruido en mi cabeza”
Testimonio
Después de un colapso personal, Frank encontró en los paseos diarios con su perro por la montaña una forma de salir del ruido mental y volver al presente

Fotografía de Frank Rivera y León.

Tras una larga carrera en la hostelería y un colapso vital que coincidió con la crisis de 2008, Frank Rivera se retiró a la montaña buscando silencio. Allí adoptó a León, un perro mestizo con una condición clara: salir cada día al monte. Diez años de caminatas sin prisa transformaron su manera de estar en el mundo y hoy dan forma a 'Presencia Directiva', un proyecto orientado a líderes sometidos a alta presión. Esta conversación recorre la caída, el aprendizaje silencioso y el regreso a un presente creativo.
Usted pasó la mayor parte de su vida en el mundo de la empresa. ¿A qué se dedicó exactamente?
Casi toda mi vida me dediqué a la hostelería. Empecé de fregaplatos y fui subiendo. Llegué a tener restaurantes propios, primero con socios y luego un proyecto solo mío.
Ese recorrido suele ir acompañado de mucha exigencia. ¿Cómo recuerda esa etapa?
Con presión y responsabilidad. Cuando tienes negocio propio no desconectas nunca. Siempre estás pensando en el siguiente problema, en la siguiente decisión. Y eso va acumulando.

En 2008 llega un punto de ruptura. ¿Qué ocurrió entonces?
Ocurrió un golpe muy fuerte. La crisis económica afectó al negocio, pero no fue solo eso. Se juntaron varias cosas: problemas personales, el divorcio, ver a mis hijos solo algunos días, y la muerte de mi padre en ese mismo periodo. Todo se vino abajo a la vez. Me quedé sin energía… y sin ganas de vida.
¿A qué se refiere exactamente?
A que no veía salida. Me levantaba cansado, con la cabeza llena de ruido, de preguntas sin respuesta. No era solo tristeza, era una especie de parálisis. Estaba atrapado en lo que había pasado y en el miedo a lo que podía venir.
¿Cómo se sostiene uno en un momento así?
En mi caso, no se sostiene, se cae. Y cuando te caes, o sigues cayendo o buscas otra manera de estar. Con mi pareja decidimos apartarnos, salir de ese entorno y mudarnos a la montaña.
¿Qué esperaba encontrar allí?
Silencio. Distancia. Aire. No tenía un plan. Solo sabía que necesitaba salir de ese ritmo y de ese ruido constante.
Yo tenía la cabeza acelerada. Pensando en lo que había perdido, en lo que vendría después. Y con León, poco a poco, empecé a sincronizarme
Y en ese nuevo escenario aparece León. ¿Cómo se produce ese encuentro?
Estábamos viviendo en un pueblo pequeño cerca de Vilafranca del Penedès. Mi esposa vio un anuncio de una chica que tenía varios perros y buscaba a alguien que pudiera ocuparse de uno. Decía que tenía mucha energía y que necesitaba ir a la montaña cada día. Nos pareció que encajaba con el lugar donde estábamos.
Ese requisito de “ir a la montaña cada día” no es menor. ¿Lo asumieron sin dudar?
En ese momento lo vimos como algo lógico, porque vivíamos rodeados de monte. No pensé en lo que eso significaría para mí. Lo pensé como una necesidad del perro.
¿Cómo era León cuando llegó?
Tenía unos cuatro o cinco meses. Es un mestizo de caza, bastante grande, hoy pesa unos 28 kilos. Era tranquilo, pero con mucha vitalidad. Desde el primer momento transmitía algo especial, aunque entonces no sabía ponerle nombre.
Usted había tenido un perro de niño, pero no durante su vida adulta. ¿Qué lugar ocupan los perros en su historia personal?
De niño tuve un perro blanco muy grande en las barracas de Montjuïc, donde vivían mis padres. Hasta los ocho años. Luego no tuve más perros hasta León. Por eso, cuando llegó, también fue como reencontrarme con algo muy antiguo y muy sencillo.
Volvamos a los paseos. Al principio, ¿cómo eran esas salidas diarias?
Al principio eran para él. Para que corriera, explorara, siguiera olores. Yo iba detrás. Y lo que me llamó la atención es que no caminaba con prisa. Se paraba, olía, miraba. No parecía tener ningún objetivo más que estar allí.
Usted dice que ese ritmo le cambió. ¿De qué manera?
Porque yo venía con la cabeza acelerada. Pensando en lo que había perdido, en lo que vendría después. Y con él, poco a poco, empecé a sincronizarme. Sin darme cuenta, dejé de ir siempre por delante en la mente.
Hay una imagen muy potente que repite: cuando miraba a León, su cabeza se paraba. ¿Puede explicarlo?
Sí. Yo tenía un diálogo interno constante, muy duro conmigo mismo. Y cuando lo miraba, cuando él iba delante y luego volvía, era como si ese diálogo se interrumpiera. No desaparecía para siempre, pero en ese momento se detenía. Aparecía el silencio.
¿Qué le producía ese silencio?
Paz. Por primera vez en mucho tiempo, paz. No había pasado ni futuro. Solo el momento, el camino, el perro delante. Y eso era suficiente.
¿Diría que León le enseñó a estar en el presente?
Sí, totalmente. No porque me enseñara algo de forma consciente, sino porque su manera de estar me obligaba a salir de mi cabeza. Él no estaba en otra cosa. Estaba allí.
Con León aprendí a observar la montaña, a escuchar. A estar atento. En esa zona hay jabalíes, y eso te obliga a no ir distraído
Además del perro, empieza a aparecer el entorno: la montaña, los sonidos, los animales. ¿Qué papel tuvo el paisaje en ese proceso?
Un papel muy importante. Con León aprendí a observar la montaña, a escuchar. A estar atento. En esa zona hay jabalíes, y eso te obliga a no ir distraído. Tienes que estar conectado con lo que te rodea y con el perro.
Usted tenía miedo y el perro no. ¿Eso también le enseñó algo?
Me enseñó a confiar y a estar despierto. Él es valiente, no duda. Yo tenía más miedo, pero también aprendí que el miedo disminuye cuando estás presente y atento, no cuando estás perdido en tu cabeza.
Con el tiempo, esas caminatas se convierten en un ritual innegociable. ¿Durante cuántos años se mantuvo esa rutina diaria?
Durante más de diez años. Y sigue siendo así. Todavía hoy salimos cada mañana.
¿Nunca dejó de salir, ni con mal tiempo, ni con cansancio?
No. A veces llovía, a veces nevaba, pero siempre salía. No me he fallado ni un día.
¿Cuánto tiempo dedican a caminar?
Entre dos y tres horas cada día.

Eso no es un paseo breve, es una parte central del día. ¿Por qué era tan importante para usted?
Porque ahí encontraba una energía que no encontraba en ningún otro sitio. Era una energía de presencia. Cuando volvía a casa, la cabeza intentaba volver a lo de siempre, pero ya no era lo mismo. Poco a poco, esa presencia se fue quedando más tiempo conmigo.
¿Qué hace León cuando regresan a casa?
Come y se va a su sitio. Se queda tranquilo, como en reposo. A veces digo en broma que está meditando.
Lo llama “su Buda particular”. ¿De verdad lo siente así?
Sí. Porque no enseña con palabras, enseña con su forma de estar. Creo que los grandes maestros no siempre traen libros, a veces solo te acompañan en silencio y te devuelven al lugar donde tienes que estar.
Ese lugar, en su caso, es el cuerpo. Usted insiste mucho en la idea de “salir de la cabeza y volver al cuerpo”. ¿Por qué es tan importante?
Porque la cabeza te secuestra con el pasado y el futuro. El cuerpo, en cambio, siempre está aquí. Cuando vuelves al cuerpo, vuelves al presente. Y desde ahí todo se vive de otra manera.
Con León estoy en el cuerpo, me muevo con conciencia, respiro...
En ese proceso aparecen prácticas como la meditación, la respiración consciente, el Qigong. ¿Cómo llegan a su vida?
Llegan como una continuación natural. Yo ya había practicado Qigong antes, pero lo había dejado. En la montaña, alguien me lo volvió a mencionar y empecé de nuevo. Y encajaba perfectamente con lo que ya estaba viviendo con León: estar en el cuerpo, moverse con conciencia, respirar.
¿Cómo explicaría el Qigong a alguien que no lo conoce?
Como una forma de cultivar la energía interior para tener coherencia y presencia. No es solo movimiento, es atención en el cuerpo, en la respiración, en la energía que se mueve.
Usted resume su aprendizaje en una frase muy clara: “antes de hacer, hay que estar”. ¿Qué significa eso en la práctica?
Significa que si actúas desde la prisa y la tensión, reaccionas. Y cuando reaccionas, generas más conflicto y más desgaste. Cuando estás presente, miras mejor, escuchas mejor y decides mejor. El hacer cambia completamente cuando hay presencia.
Habla incluso de un “presente creativo”. ¿A qué se refiere con eso?
A que cuando no estás atrapado en lo que ya pasó o en lo que temes que pase, aparece otra forma de responder. Más abierta, más flexible. Empiezas a ver posibilidades que antes no veías.
Ese cambio personal acaba dando lugar a un proyecto profesional: Presencia Directiva. ¿Cómo se produce ese paso?
Se produce cuando me doy cuenta de que lo que yo viví lo viven muchas personas que están en puestos de responsabilidad. Gente muy preparada, muy competente, pero completamente absorbida por el estrés. Y pensé que las prácticas que a mí me ayudaron podían ayudar a otros.
Usted insiste en que no se trata de enseñar a dirigir, sino de otra cosa. ¿De qué exactamente?
De recuperar la capacidad de estar presente. De escuchar, de sentir el cuerpo, de tener pausa antes de responder. Eso no te lo enseñan en las escuelas de negocio, pero es fundamental para sostener la presión sin enfermar.

¿Qué fue lo que más perdió usted cuando estaba bajo ese nivel de estrés?
La capacidad de escuchar. Me hablaban y yo no estaba realmente allí. Estaba en mi cabeza, en mis problemas. También perdí la sensación de seguridad interna, aunque por fuera siguiera funcionando.
¿Qué propone concretamente a las personas que se acercan a su proyecto?
Lo primero es hablar con ellas, conocer su situación. Y luego trabajar con prácticas muy concretas: respiración, meditación, Qigong. Son herramientas para salir de la cabeza y volver al cuerpo. Algunas tienen efectos rápidos, como la respiración, que puede bajar mucho la activación en pocos minutos.
Eso tiene una aplicación muy directa en el día a día de una empresa.
Claro. Antes de una reunión, antes de una conversación difícil, poder regularte cambia completamente la dinámica. No entras desde el estrés, entras desde la claridad.
Usted organiza retiros de fin de semana. ¿Qué sucede en esos encuentros?
Se crea un espacio sin las distracciones habituales, donde las personas pueden experimentar lo que es estar presentes durante más tiempo. Practicamos, caminamos, respiramos, descansamos. Y luego hay un seguimiento para que puedan integrar lo aprendido en su vida cotidiana.
León caminando delante, olfateando el suelo, yo detrás siguiéndolo. En ese momento no hay ruido, no hay prisa, no hay preguntas
¿Cuál es el objetivo real de esos retiros?
Que vuelvan con una experiencia, no solo con ideas. Que sepan en su cuerpo lo que es estar presentes, para que luego puedan volver a ese estado por sí mismos.
Si tuviera que resumir su propuesta en tres palabras, ¿cuáles serían?
Claridad, foco y atención.
Después de todo este recorrido, ¿cómo mira hoy aquel colapso de 2008?
Como algo muy duro, pero también como el inicio de otra etapa. En ese momento no lo veía así, pero ahora sé que sin esa caída no habría buscado otra forma de vivir.
Si pudiera hablar con alguien que esté ahora mismo en una situación parecida a la que usted vivió, ¿qué le diría?
Que no todo se soluciona pensando más. Que el cuerpo es una puerta de salida del sufrimiento mental. Y que pequeños pasos repetidos cada día pueden cambiar mucho más que grandes decisiones tomadas desde la desesperación.
Y para terminar, si tuviera que explicar en una imagen qué le ha dado León, ¿cuál sería?
León caminando delante, olfateando el suelo, yo detrás siguiéndolo. En ese momento no hay ruido, no hay prisa, no hay preguntas. Solo el camino. Y eso, para mí, lo cambió todo.

