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Tesla tiene una base secreta donde forma a su propio ejército de robots llevando hasta el cansancio extremo a personas que no paran de repetir los mismos gestos: “Es como ser un ratón de laboratorio”

De momento, el sueño del ejército de robots de Musk continúa necesitando soldados humanos que hagan todo el trabajo previo

Musk exhibe el potencial de los Optimus, humanoides que hacen tareas humanas

Elon Musk sigue entrenando a su roboto

Elon Musk sigue entrenando a su roboto

Pool / Reuters

Elon Musk lleva años defendiendo que el futuro de Tesla no pasa solo por los coches eléctricos, sino por un ejército de robots que pueda moverse, trabajar y aprender como un humano. Esa ambición se traduce hoy en una apuesta que mezcla ingeniería, datos y una cantidad de esfuerzo humano difícil de imaginar.

En su sede de Palo Alto, la compañía ha levantado un laboratorio que busca dotar de destreza a Optimus, el humanoide que Musk considera la pieza clave para transformar la empresa. Detrás de ese plan hay decenas de personas que repiten los mismos movimientos hasta el cansancio, con la esperanza de que sus gestos acaben convertidos en los reflejos de una máquina.

Jornadas largas e intensivas

Personas muy cansadas entrenan robots poco eficientes (por el momento)

El objetivo de Musk es ambicioso: lograr que Optimus se convierta en el producto más grande de Tesla. Durante una llamada con inversores, recogida por Business Insider, afirmó que “Optimus tiene el potencial de ser el mayor producto de todos los tiempos”. 

En esa misma conversación adelantó un propósito concreto: fabricar cinco mil unidades antes de que termine el año y alcanzar el millón anual en un futuro próximo. La idea es que estos robots puedan ejecutar tareas domésticas o industriales, un mercado que, según las previsiones, podría mover cantidades descomunales de dinero.

Musk y su Optimus
Musk y su Optimus- / AFP

Pero para llegar a esa meta, Tesla necesita datos, y muchos. En el laboratorio de Palo Alto trabajan los llamados recolectores de datos, empleados que repiten acciones simples mientras llevan un casco con cinco cámaras y una mochila que pesa cerca de veinte kilos.

Todo lo que hacen, como limpiar una mesa, mover una caja o levantar una taza, se graba para alimentar los algoritmos que permitirán al robot aprender. Un antiguo trabajador describió el proceso con crudeza: “Es como ser un ratón de laboratorio bajo un microscopio”. La monotonía es constante, y las repeticiones pueden prolongarse durante semanas antes de cambiar de tarea.

Otros empleados contaron al mismo medio que debían realizar pruebas absurdas, como bailar, imitar animales o resolver ejercicios pensados para bebés. Algunos relataron que las órdenes generadas por la inteligencia artificial les pedían incluso gatear o quitarse ropa, algo que les hizo sentirse incómodos. En cada turno de ocho horas se espera que produzcan cuatro de material útil, y cualquier gesto poco natural puede suponer una penalización.

Las demostraciones públicas de Optimus no han despejado las dudas. En una grabación mostrada a inversores, el robot respondía con lentitud y movimientos torpes mientras Musk observaba de cerca. 

Según exempleados, cuando hay visitas importantes los robots se controlan a distancia para que parezcan más ágiles. “Los inversores quieren ver a los robots moverse”, explicó uno de ellos. Otro resumió la sensación que les quedaba al final de cada jornada: “Parecía teatro”.