Hasta mediados del siglo XIX, a nadie le importaba la higiene, pero este doctor demostró que lavarse las manos puede salvarte la vida
Historia de la ciencia
La trágica historia del doctor que descubrió que lavarse las manos era clave para prevenir infecciones
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Lavarse las manos era una práctica muy poco habitual en el siglo XIX.

A mediados del siglo XIX, un médico demostró que una medida tan simple como lavarse las manos podía reducir a la quinta parte la mortalidad en los partos. Ignaz Semmelweis fue principalmente ridiculizado por sus compañeros, pero salvó incontables vidas gracias a una acción que demostraba que la higiene era clave para la salud humana.
En el Imperio austrohúngaro del siglo XIX, Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, concretamente en la clínica de maternidad. A pesar de que hacía bien su trabajo, siempre según los estándares de la época, tenía un problema constante: muchos de los niños que nacían en su clínica, así como sus madres, morían al poco tiempo.
La fiebre puerperal estaba causando estragos entre las mujeres que acababan de dar a luz en aquella época. La mortalidad superaba el 10 % en algunos casos, así que Semmelweis comenzó a investigar cuál podría ser el problema.
El doctor encontró entonces que la diferencia no estaba en las pacientes ni en el edificio, sino en quién las atendía. Una de las salas estaba gestionada por médicos y estudiantes de medicina; y la otra, por comadronas. Semmelweis observó que las mujeres ingresadas en la primera morían con mucha más frecuencia. De hecho, el miedo era tal que algunas embarazadas preferían dar a luz en casa o incluso en la calle antes que ser trasladadas a la sala “médica”.

Durante meses, Semmelweis trató de encontrar una explicación. Las teorías de la época hablaban de desequilibrios del aire o causas difusas que no encajaban con nada. Pero el punto de inflexión llegó en 1847. Tras la muerte de un compañero de Semmelweis, Jakob Kolletschka, que falleció por una infección generalizada después de cortarse accidentalmente durante una autopsia, el doctor descubrió que los síntomas eran prácticamente idénticos a los de las mujeres que morían tras el parto.
En ese momento, el médico estableció una conexión que todo el mundo había pasado por alto: los médicos realizaban autopsias por la mañana y, sin lavarse las manos, examinaban a las parturientas después. Es decir, estaban transportando material infeccioso de los cadáveres a las pacientes vivas. Como aún no se conocía la existencia de las bacterias, habló de “partículas cadavéricas”. Y es algo que marcó el devenir de la medicina.

Con el hospital bajo su orden, el doctor creó una medida estricta para sus médicos: lavado obligatorio de manos con una solución de cloruro de cal antes de atender a cualquier paciente. Y los resultados fueron inmediatos. En cuestión de meses, la mortalidad se desplomó hasta cifras cercanas al 1 %. La fiebre puerperal prácticamente desapareció de la clínica.
Sin embargo, lejos de ser celebrado, el hallazgo fue recibido con hostilidad. Aceptarlo implicaba asumir que los médicos habían sido responsables directos de miles de muertes evitables, así que la reacción fue defensiva. Sus superiores cuestionaron sus métodos y muchos consideraron su propuesta una ofensa personal. Además, Semmelweis no supo dotar su descubrimiento de una explicación teórica aceptable para la época, lo que le condenó por completo.
Aislado y rebelde, el médico publicó textos en los que acusaba abiertamente a la profesión médica de negligencia. Pero su tono endureció el rechazo. Perdió su puesto en Viena, donde trabajaba entonces, y regresó a Hungría, donde continuó defendiendo el lavado de manos con resultados igualmente positivos, pero sin lograr reconocimiento internacional.
Sin embargo, lo trataron como loco y, en 1865, fue internado en un sanatorio. Murió poco después a causa de una infección, tras una herida mal curada... Con tan solo 47 años. No fue hasta décadas más tarde, con el desarrollo de la teoría microbiana de la enfermedad y los trabajos de Louis Pasteur y Joseph Lister, cuando la comunidad científica comprendió plenamente el alcance de lo que Semmelweis había descubierto. El lavado de manos se convirtió en un pilar básico de la práctica médica y quirúrgica.


