IA

Entidades no humanas: ¿resultaría necesario clasificar a los animales (y robots) como personas con el fin de otorgarles capacidades legales en el futuro?

Personas no-humanas

Por mucho tiempo, la duda de si los sistemas automatizados podrían ser vistos como sujetos se limitaba solo al ámbito de lo imaginario; no obstante, hoy en día, la inteligencia artificial nos fuerza a evaluar nuevamente esa premisa.

“Un robot requiere de diez años de mejoras para ser totalmente fiable”: La razón por la que, al tiempo que la IA redacta libros, los autómatas aún están aprendiendo a desplazarse.

La línea divisoria entre personas humanas y no-humanas es cada vez más difusa.

La línea divisoria entre personas humanas y no-humanas es cada vez más difusa.

Diseño: Selu Manzano

A partir de los inicios de la ciencia ficción, las artes visuales y las letras se han poblado de figuras como cyborgs, auxiliares virtuales o autómatas con intelecto, autoconciencia, afectos, anhelos y libre albedrío; individuos no humanos facultados para generar algo que tradicionalmente consideramos un rasgo exclusivo de nuestra especie: una identidad. Sin embargo, desde hace ya varios decenios, diversos pensadores, investigadores y técnicos nos invitan a dudar de que todo esto sea únicamente una fantasía literaria.

“Se trata de una lucha a muerte, pero las fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica”. Con esa misma firmeza, por citar un caso, presentaba la pensadora y experta en zoología Donna Haraway su Manifiesto Cyborg en 1984, un escrito que, al igual que ya abordamos en un artículo monográfico al respecto, provocó una notable conmoción en un tiempo en el que la innovación del chip de silicio propició conjeturas sin precedentes sobre un destino posthumano.

Donna Haraway, en 2016.
Donna Haraway, en 2016.

Haraway anticipó hace tiempo que el entorno de la tecnociencia generaría un ritmo acelerado capaz de transformar profundamente nuestras ideas y convicciones más consolidadas, especialmente el sentido de la identidad humana en el contexto de las innovaciones emergentes. Según su visión, la propuesta de pensadores como Peter Singer de extender dicho concepto a ciertos animales como los primates resultaba insuficiente: era necesario incluir la categoría de personas no humanas en el plano artificial, puesto que la fusión entre nuestra esencia biológica tradicional y los recientes complementos técnicos constituía, ya a comienzos de los años ochenta, un hecho evidente.

Esta impugnación de la exclusividad humana en torno a ciertos temas ha sido planteada también desde diversos marcos conceptuales. Uno de los más trascendentales es el del sociólogo y filósofo francés Bruno Latour, cuya teoría del actor-red (ANT) desarticula de manera profunda la premisa de que únicamente los individuos actúan en el entorno. En su texto Reassembling the Social, editado en 2005 por la Universidad de Oxford, Latour define un concepto primordial para reevaluar la posición de los dispositivos técnicos y, actualmente, de los sistemas de inteligencia artificial: “un actante puede ser literalmente cualquier cosa, siempre que se le reconozca como fuente de acción”.

Bruno Latour.
Bruno Latour.

Esta premisa resulta tan elemental como decisiva para Latour. Si un objeto, ya sea un semáforo, un algoritmo de recomendación o un sistema de toma de decisiones automatizado, altera el curso de los hechos, encauza conductas o genera consecuencias tangibles en la esfera social, entonces ejerce una acción. Por consiguiente, el actuar no es una facultad propia del ser humano, sino el producto de las interacciones, los ensamblajes y las redes donde convergen humanos y no-humanos. Por esta razón, subraya la importancia de su teoría del actor-red “no quiere añadir redes a la teoría social, sino reconstruirla desde ellas”.

Bajo este enfoque, el interrogante sobre si una IA constituye una persona carece de importancia central. Lo fundamental reside en que tales tecnologías funcionan actualmente como agentes en entramados intrincados donde se reparten la agencia y las obligaciones. Una lógica algorítmica que selecciona perfiles laborales, otorga préstamos o supervisa publicaciones no “decide” del mismo modo que un individuo, aunque tampoco se limita a ser una herramienta inerte. Su mediación altera el entorno operativo, incorpora prejuicios, provoca efectos y, de forma inevitable, ya sea con intención o sin ella, se integra en la esfera colectiva. Así, Latour elude de forma consciente la terminología ética o legal de la personalidad, permitiendo sin embargo una visión de la realidad en la que las entidades no humanas poseen relevancia, ejercen presión y requieren ser consideradas.

Quien verdaderamente da un paso adicional en esta trayectoria es la pensadora italo-australiana Rosi Braidotti, un referente esencial del posthumanismo actual. En The Posthuman (2013), Braidotti no se restringe a relatar las acciones de los seres no humanos, sino que sugiere una transformación sustancial de la subjetividad y la ética. “La subjetividad posthumana expresa una forma de responsabilidad encarnada y situada basada en un fuerte sentido de colectividad y relacionalidad, y, en consecuencia, de construcción comunitaria”, señala.

La filósofa italiana Rosi Braidotti.
La filósofa italiana Rosi Braidotti.Patrick Post

De esta manera, el posthumanismo de Braidotti no intentaría rechazar lo humano, sino desplazar nociones como la dignidad o la responsabilidad del “yo” idealizado, independiente y singular que el humanismo clásico nos habría transmitido. Según afirma la propia autora: “En mi opinión, la ética posthumana nos insta a asumir (…) los lazos que nos vinculan con los múltiples 'otros' en una red vital de interrelaciones complejas”. Es decir, su visión nos conduce a admitir que no somos “Uno”, sino que estamos conformados por diversas dimensiones biológicas, tecnológicas y ambientales de las cuales brota nuestra identidad.

Al emplearse en el ámbito de la inteligencia artificial, esta estructura conceptual traslada nuevamente la discusión desde el interrogante tradicional “¿puede una IA desarrollar una personalidad y tener derechos?” A uno más inquietante: ¿qué clase de obligaciones surgen en un entorno donde la capacidad de actuar y la subjetividad se reparten entre seres humanos y entidades no humanas? Braidotti no sugiere conceder estatus legal o ético a los dispositivos de forma simplista, sino exigir modelos inéditos de rendición de cuentas coherentes con estructuras híbridas de creciente sofisticación. Tal como indica en Posthuman Knowledge (2019): “Necesitamos nuevos marcos éticos que estén a la altura de la complejidad de un mundo compartido por humanos y no humanos”.

Llegados a este estadio, el concepto de “personas no-humanas” abandona su carácter de desafío puramente literario para transformarse en un instrumento de análisis. No consiste obligatoriamente en sostener que un autómata o una IA constituyan individuos del mismo modo que los hombres, sino en admitir que la definición tradicional de persona —singular, lógica, independiente— es ahora escasa para explicar el entorno social tecnológico que habitamos. Latour indica que los objetos no-humanos actúan como elementos dinámicos en la comunidad; Braidotti sostiene que la identidad y la moralidad son inseparables de estos; Haraway advierte que es imposible ignorar cómo las personas estamos superando nuestras fronteras biológicas y necesitamos, por tanto, reevaluar nuestros conceptos.

Es preciso señalar que posiblemente este asunto no trascienda los límites de los ámbitos intelectuales. Al referirse a estos temas se visualizan humanoides en insurgencia que desean superar su rol de simples máquinas o inteligencias artificiales que de pronto exigen un soporte físico para concretar sus ambiciones. De manera inquietante casi esperamos que aparezca un titular como “Ingenieros de la Universidad de Michigan consiguen dotar de conciencia a un androide” que transforme nuestras leyes fundamentales y nos incite a debatir sobre una Carta Universal de los Derechos del Hombre y el Robot.

Lo más grave es que dicha trivialidad, de alguna forma, ya sucedió. Durante 2017, Arabia Saudí otorgó la nacionalidad a Sophia, la ginoide creada por Hanson Robotics. Es paradójico que un autómata consiguiera ese aval legal en una nación donde las mujeres siguen careciendo de una total equidad de derechos. Tal vez, antes de inquietarnos por si los robots logran ser considerados personas, tendríamos que asegurar esa condición, definitivamente, a cada uno de los seres humanos.

Docente de Filosofía, columnista, autor teatral, creador de guiones y un extenso etcétera. Al consultar el significado de intruso profesional, se muestra mi imagen.

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