Ciencia ficción

¿Podemos alcanzar una utopía tecnológica? Con el futuro en ruinas, el pesimismo del 'cyberpunk' ha dado paso al optimismo del 'hopepunk'

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El cyberpunk nos enseñó a desconfiar del progreso tecnológico; el solarpunk y el hopepunk, en cambio, proponen reconciliarnos con él

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Del cyberpunk, nos movemos hacia el optimismo digital.

Del cyberpunk, nos movemos hacia el optimismo digital.

Getty Images

Durante décadas, nuestra imaginación sobre el futuro tecnológico ha estado dominada por la noche de la metrópolis cyberpunk: rascacielos interminables, neones agresivos, megacorporaciones todopoderosas y ciudadanos medio humanos, medio máquinas, luchando por sobrevivir en un mundo hipertecnificado.

No es de extrañar. El género surgió en los años ochenta, ligado a una gran revolución en la electrónica y la informática, y funcionó como una potente alerta cultural. Quizá proponía un espejo demasiado exagerado en ocasiones, deformado hacia la versión más distópica del futuro, sí, pero por eso mismo tremendamente eficaz a la hora de alertar de los peligros del transhumanismo, la vigilancia digital y el poder creciente de la tecnociencia. 

El cyberpunk abordó la tecnología como algo sublime en su sentido más destructivo, como una fuerza tan grande que provoca más miedo que admiración. Ciudades como la versión de Los Ángeles en Blade Runner o el Tokyo mutante de Akira encarnaban ese temor a ser superados por nuestras propias creaciones. 

Sin embargo, Bruce Sterling —quizá junto a William Gibson el escritor más fundacional del cyberpunk— llegó a decir que, tras su época dorada ochentera, el género había muerto, devorado por la industria del entretenimiento y reducido a una estética de consumo más que a una crítica social.

Sean Young junto a Harrison Ford en 'Blade Runner'.
Sean Young junto a Harrison Ford en 'Blade Runner'.

Tal vez llevaba razón. Vivimos tan rodeados de tecnología y la tenemos tan asimilada que, de normal, olvidamos someter su uso a crítica. Hogares que regulan solos la temperatura, aspiradores que mapean el suelo centímetro a centímetro, cámaras que diferencian entre vecinos y desconocidos, altavoces que responden a cualquier duda… La domótica, todavía un lujo hace diez años, se ha convertido en la versión hogareña de la ciencia ficción: una promesa de comodidad que, según nos es vendida, nos permite disfrutar más de nuestro tiempo libre en un entorno de máxima seguridad.

A un nivel más crítico pero con un punto esperanzador, en 1997,  Christian As. Kirtchev difundió libremente por internet Un manifiesto cyberpunk, el cual se popularizó en ciertos sectores vinculados al activismo hacker y proponía un cambio de paradigma. Según Kirtchev, “el cyberpunk ya no es un género literario, sino en sí mismo una nueva cultura que une todos nuestro intereses comunes y vistas”. Y concluía con una llamada a orgullosa a la acción: “¡Unidos! Luchemos por nuestros derechos. Somos las mentes electrónicas, un grupo de rebeldes de pensamientos libres. Cyberpunks. Vivimos en el Ciberespacio, estamos en todos lugares, no tenemos límites”.

El cyberpunk ya no es un género literario, sino en sí mismo una nueva cultura que une todos nuestro intereses comunes y vistas

Christian As. Kirtchev

autor del manifiesto cyberpunk

De modo que sí que es posible que el uso normalizado de la tecnología haya acabado por acrecentar la fatiga distópica en su vertiente más pesimista. En un mundo saturado de malas noticias—crisis climática, guerras, desigualdad digital, algoritmos opacos—cada vez más autores y movimientos culturales vinculados al progreso desde un punto de vista ético intentan redirigir la cuestión.

 No se trata ya de alertar sobre qué horror nos traerá el futuro, sino de cómo podemos construir un horizonte habitable. Y ahí es donde entran en escena dos corrientes que están ganando peso desde la pasada década: el solarpunk y el hopepunk.

Fotograma de la película 'Tomorrowland'.
Fotograma de la película 'Tomorrowland'.Disney

El solarpunk propone un giro radical en cómo pensamos la tecnología. Frente al futurismo gris y contaminado del cyberpunk, imagina barrios alimentados por energías limpias, arquitectura integrada con la naturaleza, redes comunitarias abiertas y una relación con la tecnología basada en la cooperación más que en el control. Es una estética, sí, pero también un proyecto político: la idea de que la transición ecológica no tiene por qué ser un sacrificio, sino una oportunidad para reinventar nuestras formas de vida.

En esta línea, los doctores en Física y especialistas en clima, Almudena García-García y Francisco José Cuesta Valero, en una reciente entrevista se declararon fans de la Trilogía Marciana de Kim Stanley Robinson, ficción que explora cómo los humanos transforman el clima de Marte para hacer del planeta rojo un lugar habitable. 

“Nos gustan estas novelas porque, aunque sea ficción, tratan sobre cómo los humanos afectan al clima y cómo el clima los afecta a ellos sin violar las leyes físicas de forma descarada. La mayoría de las pelis climáticas son muy exageradas. El día de mañana, 2012… Todo es muy apocalíptico. Estamos muy lejos, salvo catástrofe repentina, de llegar a eso. Es un proceso que lleva siglos y milenios y, además, gracias a la tecnología que tenemos podríamos vivir en un mundo con las predicciones de cambio que ahora mismo estamos valorando”, comentan.

Esa mirada, más realista que apocalíptica, conecta de lleno con el espíritu del solarpunk, un movimiento que propone futuros complejos pero habitables, donde la tecnología no es un enemigo inevitable, sino una herramienta que, usada con justicia y cooperación, abre una ventana posible hacia el mañana. 

No se trata tampoco de un género ingenuamente luminoso —como a veces se interpreta frente al viejo cyberpunk—, sino de un espacio narrativo que apuesta por una mirada pragmática, un escenario donde el futuro sigue siendo incierto, pero en el que la energía y la luz se convierten en motores posibles para la vida humana que viene.

Prefiero imaginar mundos donde podamos ensamblarnos con lo no humano sin necesidad de dominarlo

Donna Haraway

filósofa

El hopepunk sí que va un paso más allá. No imagina tanto un futuro sostenible como una actitud de resistencia desde el cuidado, la empatía y la colaboración. En tiempos donde el cinismo más mezquino parece inteligente y el pesimismo se vende como realidad, el hopepunk reivindica la esperanza como un acto político. No ingenuo, sino combativo. 

Es una filosofía que encaja bien con nuestro presente, donde movimientos climáticos, iniciativas de software libre o comunidades de ayuda mutua muestran que otra forma de relación tecnológica es posible, basada en la agencia colectiva y no solo en soluciones individuales.

Aquí resulta útil recuperar una idea de Donna Haraway, que lleva décadas pensando la tecnología desde la hibridación y la responsabilidad compartida. En su Manifiesto cíborg, Haraway defendía que nuestras identidades ya no pueden entenderse sin la mediación tecnológica, pero que ese hecho no es necesariamente distópico: “Prefiero imaginar mundos donde podamos ensamblarnos con lo no humano sin necesidad de dominarlo.”

Esa idea resuena hoy más que nunca. De acuerdo con ella, la pregunta ya no sería si somos cíborgs —porque lo somos: vivimos conectados, ampliados, asistidos—sino qué tipo de cíborg queremos ser. ¿El vigilado y controlado del cyberpunk o el cooperativo y ecológico del solarpunk?

En otro artículo reciente sobre un filósofo olvidado, Émile Armand, se exponía que la utopía no tiene por qué ser un proyecto lejano, sino un modo de vida que se practica en el día a día. Armand defendía una especie de individualismo ético, basado en la coherencia personal, la autonomía responsable y la creación de comunidades libres. 

Su asociacionismo no se basaba en grandes arquitecturas sociales, sino en experiencias concretas donde se ensayaban otras formas de ser y en las que la tecnología podía ayudar precisamente a liberarnos de ciertos yugos rutinarios.

Kim Stanley Robinson en la Feria del Libro Anarquista de San Francisco.
Kim Stanley Robinson en la Feria del Libro Anarquista de San Francisco.

Las prácticas de código abierto, el hackeo ético, las cooperativas energéticas, las comunidades de reparación de dispositivos, las redes de sensores ciudadanos o los movimientos por la privacidad digital son ejemplos que todavía andan en pañales pero que hacen posible imaginar una “utopía vivida”. No prometen un futuro perfecto, pero abren caminos, como pequeños laboratorios de futuro.

Entonces, ¿es posible una utopía tecnológica? ¿Se equivocaba definitivamente el cyberpunk? Depende. Si esperamos una sociedad perfectamente armonizada caída del cielo, con una de ciega en la inteligencia artificial, las energías limpias y la automatización, probablemente no lleguemos nunca. Pero si entendemos la utopía en el mejor de los sentidos de Haraway y Armand —a quienes también hay que someter a crítica—, es decir, como una orientación ética, una práctica cotidiana y un compromiso de convivencia entre humanos y tecnologías, entonces quizá estaremos caminando hacia ella.

La domótica que nos facilita la vida puede convivir con un uso responsable y comunitario de la tecnología. La ciencia ficción distópica puede seguir alertándonos mientras el solarpunk y el hopepunk nos recuerdan que también se puede soñar en positivo. Y la tecnología, lejos de ser un destino fatal, puede convertirse en una herramienta para reconstruir el vínculo entre lo humano, lo natural y lo artificial.

Tal vez la verdadera pregunta no sea si llegaremos a una utopía tecnológica, sino si queremos imaginarla. Porque cada futuro empieza siempre como una ficción: primero lo vemos en las pantallas, luego lo deseamos y, solo entonces, intentamos construirlo. El cyberpunk nos enseñó a ser necesariamente suspicaces. El solarpunk y el hopepunk, quizá, puedan enseñarnos a atrevernos a pensar diferente de verdad, más allá del eslogan manido de una gran marca.

Profesor de Filosofía, articulista, dramaturgo, guionista y un largo etcétera. Cuando buscas la definición de intrusista laboral, sale mi foto.

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