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Cómo evitar que los móviles manipulen nuestras emociones: “Optar por un código en lugar del reconocimiento facial nos recuerda que es una máquina, no un amigo”

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Cómo evitar que los smartphones manipulen nuestras emociones.

Cómo evitar que los smartphones manipulen nuestras emociones.

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El tiempo que pasamos cada día frente al móvil sigue aumentando, sobre todo entre los más jóvenes. Es un fenómeno global que ha llevado a países como Canadá o Estados Unidos a prohibir el uso de teléfonos en las escuelas, en un intento por frenar su impacto en la salud mental y el rendimiento académico.

Las redes sociales, los videojuegos, las plataformas de streaming o incluso los chatbots de inteligencia artificial contribuyen a esa fuerza de atracción constante. Pero, si queremos entender de verdad el alcance del problema, tenemos que mirar más allá de las aplicaciones y fijarnos en los propios dispositivos.

Como defiendo en mi libro Needy Media: How Tech Gets Personal, nuestros teléfonos —y ahora también nuestros relojes inteligentes— se han convertido en seres animados dentro de nuestras vidas. Son objetos que reconocen nuestra presencia, reaccionan a nuestros movimientos y crean vínculos afectivos con nosotros.

Repletos de sensores y funciones diseñadas para estimular nuestros puntos débiles sensoriales y emocionales, los smartphones generan lazos de consuelo que nos invitan a cogerlos una y otra vez. Nos hacen sentir que nos necesitan, cuando en realidad son ellos los que absorben nuestra atención… y nuestros datos.

Cómo evitar que los smartphones manipulen nuestras emociones.
Cómo evitar que los smartphones manipulen nuestras emociones.Getty Images

Una presencia que responde

El reconocimiento facial, la geolocalización, las pantallas táctiles, las vibraciones, las alertas sonoras y los sensores de movimiento o voz trabajan en conjunto para captar nuestra atención. Por separado, parecen detalles inocuos; pero, en conjunto, convierten al teléfono en una presencia íntima, sensible y casi consciente dentro de nuestras vidas.

Un ejemplo claro es el desbloqueo facial. Con solo una mirada, el teléfono se ilumina y nos reconoce. Cuando Apple presentó el Face ID en 2017, afirmó: “Face ID aprende tu rostro. Aprende quién eres”. Esa frase sugiere una relación más profunda, casi humana, entre usuario y dispositivo, similar al reconocimiento que sentimos al cruzarnos con alguien conocido por la calle.

Otros gestos también se han reapropiado: el movimiento de la mano, un símbolo universal de saludo o amistad, puede activar la cámara para hacer una foto

Otros gestos también se han reapropiado: el movimiento de la mano, un símbolo universal de saludo o amistad, puede activar la cámara para hacer una foto.

La geolocalización, por su parte, transforma señales de red en un punto sobre el mapa que interpretamos como “yo”, del mismo modo que vemos los puntos de nuestros amigos como si fuesen ellos mismos.

Vibraciones fantasma

Las señales sensoriales desempeñan un papel fundamental. Las pantallas táctiles responden con pequeñas resistencias y movimientos, simulando la elasticidad de la piel. Las vibraciones y sonidos nos vuelven hipersensibles: basta el más leve zumbido para que creamos que el móvil nos llama, incluso cuando no lo hace. De ahí surge el llamado síndrome de la vibración fantasma, esa sensación de que el teléfono vibra aunque esté quieto.

Los sensores de sonido y movimiento también refuerzan esa ilusión de vida: por ejemplo, cuando el móvil baja el volumen de una llamada al notar que lo hemos cogido. Todo está pensado para que parezca que “nos entiende”.

Adicción al móvil.
Adicción al móvil.IStock

Orígenes y raíces

Muchos de estos mecanismos nacieron con otros propósitos. El GPS, por ejemplo, fue desarrollado por el ejército estadounidense en los años setenta y más tarde adoptado por excursionistas y navegantes. Las alertas por vibración aparecieron en los buscapersonas para avisar discretamente a médicos o comerciales.

Y los sonidos electrónicos, curiosamente, se popularizaron gracias a los Tamagotchi y otras mascotas digitales de los noventa. Aquellos juguetes entrenaron a millones de niños para establecer vínculos emocionales con un pequeño objeto portátil que pedía atención constante. No es casualidad que fueran prohibidos en muchas escuelas por distraer a los alumnos.

Nuestros móviles son sus herederos directos.

El precio de la intimidad

El móvil se ha convertido en una extensión de nosotros mismos, pero también en un dispositivo que registra nuestra vida más privada. Los sensores nunca descansan: escuchan, miden movimientos, registran proximidad.

Esa dependencia puede intensificarse a medida que los teléfonos aprenden cosas sobre nosotros que antes quedaban fuera de su alcance.

Gracias a los sensores de sonido y movimiento, los dispositivos pueden estimar cuándo dormimos y cómo lo hacemos, compartiendo esos datos biométricos a través de apps de salud preinstaladas

El sueño, por ejemplo. Gracias a los sensores de sonido y movimiento, los dispositivos pueden estimar cuándo dormimos y cómo lo hacemos, compartiendo esos datos biométricos a través de apps de salud preinstaladas.

O el reconocimiento facial, que ya no solo identifica rostros, sino que analiza expresiones para deducir estados de ánimo o niveles de atención.

Toda esa información acaba formando parte de nuestros perfiles de datos, usados con fines comerciales. Nuestra fragilidad emocional, nuestras rutinas físicas y nuestras interacciones cotidianas se convierten en materia prima para el beneficio corporativo.

Adicción al móvil.
Adicción al móvil.Getty Images/iStockphoto

Cómo gestionar la dependencia

¿Qué podemos hacer, aparte de apagar el teléfono o dejarlo en casa?

Podemos empezar ajustando su configuración: activar solo las funciones necesarias y revisarlas periódicamente según cambien nuestros hábitos.

Encender la geolocalización solo cuando la necesitemos, por ejemplo, refuerza nuestra privacidad y nos recuerda que el teléfono y nosotros no somos una misma cosa. Limitar las alertas sonoras y hápticas también puede darnos independencia. Y usar un código en lugar del reconocimiento facial nos devuelve la sensación de que el dispositivo es una máquina, no un amigo.

Existen los llamados 'dumb phones', teléfonos “tontos” que reducen las funciones al mínimo

Existen los llamados dumb phones, teléfonos “tontos” que reducen las funciones al mínimo, pero resultan difíciles de aceptar en una era donde se da por hecho que debemos estar conectados todo el tiempo.

Los fabricantes podrían ayudar si los ajustes más invasivos vinieran desactivados de fábrica y si fueran más transparentes sobre cómo usan nuestros datos. Pero eso difícilmente ocurrirá sin una regulación pública más firme que priorice a los usuarios.

Mientras tanto, deberíamos ampliar el debate sobre la dependencia tecnológica. No basta con hablar de redes sociales, videojuegos o inteligencia artificial. Los propios teléfonos, en su diseño más íntimo, están hechos para capturar nuestra atención y cultivar nuestra fidelidad.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Stephen Monteiro es Assistant Professor de Estudios de Comunicación en la Universidad de Concordia.