Bill Gates se declara optimista “con matices” sobre los próximos 5 años: “Serán difíciles, pero entraremos en una nueva era de progreso sin precedentes”
Futuro
El fundador de Microsoft está convencido de que el mundo evolucionará si nos apoyamos en la generosidad, en la equidad en la expansión de innovaciones y en la gestión de una tecnología disruptiva como la inteligencia artificial
Tu relación con la IA será otra si tienes altas capacidades: cómo identificar y potenciar los grandes maestros del futuro

Bill Gates, durante una entrevista a CNBC.

El fundador de Microsoft y filántropo Bill Gates ha publicado recientemente un artículo en su blog que desconcierta acerca del futuro a medio plazo: es optimista, pero “con matices”. Veamos cuáles son estos matices, pues las interpretaciones optimistas o pesimistas dependen de la subjetividad individual.
En su carta titulada The Year Ahead: Optimism with Footnotes, publicada para celebrar el nuevo año, Gates parte de una constatación poco habitual entre personalidades de su perfil: los avances sociales y sanitarios que parecían consolidados han sufrido reveses importantes en 2025.
Gates recuerda que, durante décadas, la tasa de mortalidad infantil había descendido de forma sostenida. Sin embargo, en 2025 esa tendencia se detuvo y se invirtió por primera vez este siglo: el número de niños menores de cinco años que murieron aumentó de 4,6 millones en 2024 a 4,8 millones en 2025, según sus datos. El retroceso, según él, está ligado a reducciones significativas en el apoyo financiero de países ricos a programas de salud global.
La carta retoma así una preocupación que ha marcado buena parte de la vida pública de Gates desde que, junto con Melinda French Gates y otros, creó la Gates Foundation: la salud infantil, la erradicación de enfermedades prevenibles y el acceso equitativo a intervenciones médicas. Lo sucedido en 2025, además de detener décadas de progreso, pone en cuestión la viabilidad de objetivos largamente perseguidos en los países en desarrollo, especialmente en África y partes de Asia, donde los sistemas sanitarios dependen en buena medida del apoyo externo.
A partir de esta constatación, Gates estructura su carta alrededor de tres preguntas que, a su juicio, definirán la trayectoria de la sociedad global en 2026 y en la próxima década. Cada una de estas preguntas sintetiza un eje estratégico profundo: la generosidad, la equidad en la expansión de innovaciones y la gestión de una tecnología disruptiva como la inteligencia artificial.

¿Aumentará la generosidad de los más ricos y de los países desarrollados?
El primer interrogante gira en torno a la disponibilidad de recursos para financiar avances en salud global. Gates enfatiza que el progreso de los últimos 25 años en salud infantil se debió en gran medida a la cooperación internacional y a la financiación pública y privada de programas sanitarios. El retroceso observado en las cifras de mortalidad infantil, escribe, está directamente relacionado con recortes en la asistencia estatal.
En su carta, Gates pone el acento no solo en la ayuda oficial al desarrollo, sino también en la filantropía privada de las grandes fortunas. Menciona explícitamente el Giving Pledge, iniciativa que puso en marcha en 2010 junto con Melinda French Gates y el inversor Warren Buffett para alentar a los más ricos a comprometerse públicamente con donar la mayor parte de su riqueza. En un contexto donde el número de multimillonarios sigue creciendo, la pregunta que se plantea es si esa abundancia de capital se traducirá en mayor apoyo a causas que salvan vidas.
Gates subraya que, incluso en los países con mayor tradición donante —donde la ayuda oficial rara vez llega al 1 % del PIB—, una reducción de fondos puede tener consecuencias dramáticas. El Goalkeepers Report, un informe que modela escenarios basados en datos del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IHME), advierte que un descenso del 20% en la financiación de salud podría provocar hasta 12 millones de muertes infantiles adicionales para 2045.
En consecuencia, la primera pregunta de Gates se formula como un dilema ético y práctico: ¿será la comunidad global capaz de restaurar e incrementar la financiación para salud y desarrollo, pese a tensiones económicas y prioridades cambiantes?

¿Se priorizará la expansión de innovaciones que mejoren la igualdad?
La segunda pregunta se enfoca en la difusión de innovaciones que reducen desigualdades estructurales. Gates recuerda que, en muchos campos, los avances no son un problema de descubrimiento, sino de escala y acceso. Por ejemplo, en el ámbito del cambio climático, las tecnologías que podrían reducir drásticamente las emisiones siguen sin estar suficientemente implementadas en los países más vulnerables, en parte por falta de incentivos y políticas adecuadas.
El desafío, según Gates, no es solo crear soluciones tecnológicas, sino asegurar que lleguen a quienes más las necesitan. Esto se aplica tanto a tecnologías de mitigación climática como a herramientas de diagnóstico médico, medicamentos innovadores y nuevas estrategias de educación. En este sentido, cree que las políticas públicas y la cooperación internacional desempeñarán un papel importante para que estas innovaciones no queden limitadas a nichos privilegiados.
Además, Gates destaca la contribución potencial de la inteligencia artificial no solo como herramienta de descubrimiento, sino como medio para ampliar el acceso a servicios esenciales como atención médica personalizada o apoyo educativo, especialmente en regiones con escasez de profesionales.

¿Podremos minimizar las disrupciones negativas de la inteligencia artificial?
La tercera y última pregunta aborda el impacto de la inteligencia artificial (IA) como fuerza transformadora. Gates la describe como la invención que más cambiará la sociedad de todas las creadas por la humanidad, con un potencial enorme tanto para resolver problemas complejos como para generar desafíos inéditos.
Entre los riesgos más citados por Gates están la posibilidad de que actores malintencionados usen IA para fines dañinos, incluido el diseño de armas o ataques bioterroristas, y la disrupción en el mercado laboral, donde automatizaciones avanzadas podrían alterar modelos de empleo tradicionales.
2026 debe ser un año dedicado a prepararse para estas tensiones: desarrollar marcos de gobernanza robustos, políticas públicas que orienten la implementación responsable de la IA y estrategias que permitan que los beneficios resultantes se distribuyan de forma equitativa. “La gestión de estos riesgos”, escribe, “será tan decisiva como la propia capacidad de innovación en sistemas técnicos”.
Habrá que deliberar sobre cómo se desarrolla, se gobierna y se implementa la IA
Un optimismo razonado
Aunque la publicación de Gates reconoce retrocesos significativos y plantea incertidumbres profundas, también expresa confianza en que la combinación de innovación y cooperación humana puede revertir las tendencias negativas. El multimillonario resume su visión en dos capacidades humanas que considera esenciales: la anticipación de problemas antes de que se agraven y la capacidad de cuidar de los demás a gran escala.
La estructura de su argumentación —desde constatar un retroceso hasta conectar ese hecho con preguntas amplias sobre generosidad, equidad e impacto tecnológico— ofrece un marco para entender cómo piensa sobre 2026 y la próxima década. Explora no solo qué problemas enfrentamos, sino qué decisiones globales serán necesarias para mover el progreso desde la retórica hasta la implementación efectiva.

