Sandra después de Jokin

La opinión pública tiene sus propias víctimas sacrificiales. Personas cuya muerte se convierte en un símbolo de algo y alrededor de cuya desgracia se levanta un relato mediático, que se quiere trágico pero un poco edificante: Ana Orantes fue asesinada tras salir en televisión y “todos aprendimos” que la violencia de género es un crimen específico; Marta del Castillo fue asesinada y su cuerpo desaparecido en una trama repugnante para que “todos aprendiéramos” que esa violencia de género se produce también entre personas absurdamente jóvenes.

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Homenaje improvisado junto a la casa de la niña sevillana que se quito la vida 

José Manuel Vidal / EFE

Hace 21 años, otro suceso público puso en el marco mediático no solo un tipo de crimen, sino también una palabra que entonces nos parecía nueva, y eso siempre tiene un poder particular. El adolescente Jokin Ceberio se suicidó en la muralla de Hondarribia y, aunque no era ni de lejos el primer niño en quitarse la vida para escapar de la crueldad de unos compañeros que le daban palizas y le torturaban, su caso adquirió relieve. Bullying, ese préstamo del inglés que nos sirve para designar al acoso sistemático y organizado de uno o varios chavales a otro más débil, se instaló en la conversación pública, para darle dimensión a un horror específico que, por supuesto, ya existía pero no se contemplaba.

Se intenta contrarrestar el bullying, pero para muchos niños es insuficiente

Muchas cosas han pasado en torno al bullying en estas dos décadas. Se ha ganado conciencia. Las administraciones y los colegios, en forma desigual, han ido adquiriendo herramientas y montando algunos sistemas para intentar contrarrestarlo. Para muchos niños ha sido insuficiente. También el bullying en sí ha mutado, para peor, porque ahora los acosadores tienen más vías para ejercerlo, en DMs de Instagram, en comentarios de Tik Tok, en chats de Whatsapp.

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Duele, y mucho, que 21 años después hayamos aprendido el nombre de otra niña igual de pequeña que Jokin, igual de frágil y machacada por sus iguales. Sandra Peña también tenía 14 años cuando se suicidó hace unos días en Sevilla. Todo indica que el sistema no funcionó para ella, que su colegio y su entorno no hicieron lo que en teoría hemos aprendido a hacer para protegerla. Nadie debería morir para convertirse en lección pública, y menos aún una niña.

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