
El funambulista supremo
FUTUROS IMPERFECTOS
Si uno lee las columnas de los periodistas o escucha las homilías de los tertulianos, se da cuenta de que no hay tanta diferencia entre el cuarto poder (la prensa) y el tercero (el judicial). Unos opinan y los otros juzgan más en función de su ideología que de la realidad. Es posible que desde la Ilustración, por situar el asunto en un momento en que el hombre prefirió la razón a las emociones para ordenar el mundo, eso haya sido así, a sabiendas de que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, como cantaba Serrat. Lo malo es que en nuestro tiempo la objetividad ha dejado de ser una quimera para convertirse en una broma.

La separación de poderes, que está en la base de la democracia, es el intento de disponer las cosas de tal forma que el poder detenga al poder para evitar el abuso de los poderosos. Pero hemos llegado al momento presente con tantas interferencias entre los distintos poderes que estamos pervirtiendo la democracia y poniendo en peligro el sistema de libertades. La reciente condena del Tribunal Supremo al fiscal general del Estado ha dividido a la sociedad.
La sentencia contra el fiscal general defiende el periodismo, pero ignora a los periodistas
No digo que la sentencia sea injusta, pero sí parece poco fundamentada, más allá de sus 181 páginas y las tres semanas que se ha tomado el ponente para redactarla. Hay pasajes incluso literarios, aunque eso tampoco la ampara, porque una parte de la mejor literatura tiene como base condenas injustas, desde El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, hasta el Matías Sandorf, de Julio Verne.
Lo más desconcertante de la sentencia –más allá del argumento condenatorio– es el intento de no cuestionar la veracidad de las afirmaciones de los periodistas, que aseguraban que la filtración de marras no se la hizo el fiscal general, pues reconocieron saberla incluso antes que Álvaro García Ortiz, con el menosprecio de su testimonio, que no ha sido tenido en cuenta. El magistrado ha escrito que sus declaraciones han sido “especialmente esclarecedoras”, lo que bien mirado se entiende, aunque juraría que explica mejor lo que pretendía la mayoría conservadora del tribunal que lo que se podía deducir de los testimonios de los periodistas. Todo un supremo acto de funambulismo en tiempos poco dados a los equilibrios.
