Opinión

Crema

Quién recuerda aquella canción que, en mi experiencia, se canta solo de excursión o en torno a un fuego, desde el desconocimiento general de que se trata de una traducción al catalán de Colours de Donovan, y que dice: “Groc és el color dels cabells de l’amor, al matí, quan surt el sol, al matí, quan surt el sol, és el moment, oh, el moment, millor de tots”, y que sigue: “Verd és el color de l’herba del prat”, y después: “Blau és el color del cel més pur”...? Hace un rato que contemplo mi biblioteca y pienso que añadiría una estrofa que hablara del color crema.

 
 ANPE / Europa Press

Alguien podría encogerse de hombros y soltar que el color crema es un color aburrido y conservador, que no merece ni un verso. Un color insulso y solo relativamente goloso. Y todavía de un goloso triste. El color de la crema catalana antes de quemar, del helado de vainilla huérfano, del bizcocho sin chocolate o del mazapán sin nata. Entonces yo, que soy una entusiasta de la repostería tradicional, buena, intemporal y sencilla, le diría que tenemos en pastelería gustos opuestos. Y quién sabe si también en libros.

El color crema es el color de los clásicos, el color intrínseco de la pulpa de los libros

En mi imaginario, la relación entre literatura y color crema hace referencia sobre todo a un grupo palpitante y estimulador de libros que forman parte de dos colecciones; Les Millors Obres de la Literatura Catalana, de Edicions 62 y La Caixa, y los Penguin Popular Classics. La primera, la tenían mis padres en casa, al alcance de mi curiosidad desde que tengo uso de razón, y así, abriendo libros como quien mete el dedo en un guiso, llego a Ferrater, Rodoreda o Víctor Català. Ejemplares de la segunda sueles encontrarlos en la mayoría de tiendas de segunda mano de organizaciones benéficas en Inglaterra, conocidas como charity shops, y los colecciono desde que vivía en Londres. Así, me impregno de Austen, las Brontë o D.H. Lawrence.

El color crema es el color de los clásicos, defendería yo. El color intrínseco de la pulpa de los libros, el de la pasta de papel y el de las páginas, que desprenden aquel olor dulce e irresistible de celulosa y cola. Es el color de las galletas de mante­quilla dentro de una caja de lata que te ofrece la abuela. Abarcables, inalterables y permanentes. Que no fallan. Que cuando te las metes en la boca piensas, qué equilibradas, qué ricas.