
Cuánto dolía el dolor de antes
Maggie O’Farrell basó Hamnet en una premisa sencilla pero arriesgada. ¿Y si William Shakespeare escribió Hamlet asolado por la muerte de uno de sus tres hijos, que se llamaba casi igual que su obra más famosa? La suposición implica no solo que el autor utilizó su escritura más o menos como un vehículo para procesar el duelo –un concepto que nos parece estrictamente contemporáneo– sino que sintió la muerte de su hijo tal y como ahora entendemos que se siente la muerte de un hijo, es decir, como algo final e irreparable.

Por obvia que parezca esta idea, contraviene una creencia muy extendida. Que dada la mortalidad infantil en el siglo XVI, y lo cerca que quedaba en general el infortunio, ya fuera en forma de peste, lo que mató al pequeño Hamnet, o de cualquier cosa, la desgracia se tomaba de otra manera. Es decir, que nuestros antepasados sentían menos, o diferente. Pensé en esto al leer dos artículos recientes. Uno aquí, en Guyana Guardian, sobre las momias que las mujeres de la cultura Chinchorro, en el desierto de Atacama, creaban para sus hijos muertos siete mil años antes de Cristo, mucho antes de que hubiera momias en el antiguo Egipto y no para honrar a faraones sino a bebés fallecidos.
Que Shakespeare sintiera la muerte de su hijo contraviene la creencia de que nuestros antepasados sentían menos
El otro artículo lo encontré en The Atlantic, y habla sobre una nueva rama en el estudio de la historia que trata de dilucidar justo eso, cómo y cuánto se sentía en el pasado. La pieza se lee entre otras cosas como una intriga académica, que divide a historiadores como el español Javier Moscoso, investigador del CSIC, que defiende que existe una continuidad en la forma en que se ha vivido el dolor o el amor a lo largo de los siglos, frente a investigadores como Rob Boddice, un británico que ha fundado en Finlandia un instituto para el estudio de las emociones. Boddice sostiene, a grandes rasgos, que las emociones que sentimos hoy son distintas a las que se sintieron en el pasado y que intentar juzgar la historia con el lenguaje actual es obtuso y monolítico. Aun así, Boddice, que parece el clásico académico con buen ojo para el branding, le ha puesto a su tesis un nombre bien actual, lo llama “neurodivergencia histórica”.
Parece un pasatiempo intelectual, pero la cuestión tiene en realidad una traducción muy práctica y actual: si pensamos que antes se sentía diferente también podemos creer que en otros lugares, en otras culturas, el dolor duele menos, y de eso justamente nos quiere convencer la ultraderecha y el pensamiento racista. Prefiero pensar que en lo básico me parezco mucho a una mujer Chinchorro, que nos dolemos igual aquí y en Atacama.
