Las Claves
- El inicio de enero invita a reflexionar sobre los recuerdos fragmentados y la evolución constante de nuestra propia identidad personal.
- Las melodías de Robe Iniesta actúan como
Con el transcurso del tiempo, resulta forzoso organizar y estructurar los escasos o abundantes recuerdos y conocimientos sobre esa realidad pasada que ya se extinguió. Al arribar la jornada inicial de enero, se cruza ese límite imaginario y la existencia propia asemeja el tramo final de un volumen que se ha quebrado por su encuadernación. El segmento inicial seguramente se precipitó al piso pues ya no lo conservas. Rememorarás fragmentos, secuencias, figuras, tal vez frases de conversaciones que probablemente fantaseas. Los protagonistas del comienzo de dicha obra no figuran en el desenlace. Quienes están ahora no se hallaban entonces. Acaso alguna denominación, una dirección, apenas nada más. Los intérpretes fallecieron, la urbe los devoró, no logras comprenderlos, ni el argumento, ni tu propia identidad de antaño. Menos mal que existen las melodías. Ellas permanecieron allí. Ellas conservan la memoria. Qué fortuna contar con personas como Robe Iniesta.
Cómo reaccionaríamos en el comienzo del volumen frente a lo que acontece en esta etapa posterior. A lo mejor nos dedicaríamos a cuidar con más premura y cuidado lo que devastamos o, tal vez, lo eliminaríamos con la antelación requerida para forjar lo que hoy estamos erigiendo. Me planteo si aquellos antiguos compañeros y afectos todavía nos recuerdan. Y si es así, por qué no nos contactan, por qué no tratamos de hallarnos.
Sagradas las piezas musicales; estas en verdad persistían, ciertamente evocan; qué honor contar con personas como Robe Iniesta.
El anhelo por el pasado es un engaño para incautos. Nada fue superior ni inferior realmente. No es que todo esté pendiente de realizarse o ya se encuentre arruinado, sino que cambiamos con cada jornada. Nos retiramos a descansar siendo unos y despertamos convertidos en otros al salir el sol. Cada vez resulta más complejo identificarse a uno mismo. Menos mal que contamos con los canes y las obsesiones. Y, lógicamente, con las melodías. Como las de Robe, que me permitieron revivir a personas de los capítulos iniciales de mi vida, madrugadas gélidas y viviendas descuidadas, humildes y angustiantes. Instantes en los que uno se lastimaba para percibir algo y, de una forma delirante, resguardarse. Mediante esos temas recobré a los compañeros fieles que acudían a buscarte y a esos romances que eran solo miradas en corredores extensos al cerrar el portal, justo antes de encaminarse al elevador.
Terminamos convirtiéndonos en siluetas mutuas, no obstante, en el presente existimos. Y el día de mañana seremos diferentes. Así pasarán las jornadas puesto que “el mundo está lleno de hojas y plumas, y de consuelo e instrucción”, según plasmó Mary Oliver. Y las composiciones, desde luego.
