
Un año, media vida
A medida que pasan los años, es inevitable ordenar y colocar lo poco o mucho que recuerdas y que sabes del mundo que fue y ya no está. Llega el primer día del mes de enero, se rebasa esa línea ficticia y la vida de uno parece la segunda mitad de un libro que se hubiera partido por el lomo. La primera mitad debe haberse caído al suelo porque la has perdido. Recordarás trozos, escenas, personajes, quizás líneas de diálogos que seguro inventas. Los personajes de la primera parte de ese libro no aparecen en la segunda. Los de esta no aparecían en aquella. Quizá algún nombre, algún domicilio, poco más. Han muerto los actores, se los tragó la ciudad, no los entiendes, tampoco la trama, ni quién eras tú. Suerte de las canciones. Ellas sí que estaban. Ellas sí que recuerdan. Suerte de gente como Robe Iniesta.

Qué haríamos en nuestra primera parte del libro con lo que anda sucediendo en esta segunda. Quizás acudiríamos a proteger antes, más y mejor lo que destruimos o igual, lo destruiríamos con el tiempo suficiente para construir lo que ahora andamos levantando. Me pregunto si nuestros viejos colegas y amores aún piensan en nosotros. Y si lo hacen por qué no escriben, por qué no nos buscamos.
Suerte de las canciones; ellas sí que estaban, sí que recuerdan; suerte de gente como Robe Iniesta
La nostalgia es juego de tramposos. Nada fue mejor ni peor. Tampoco es que todo esté por hacer o ya estropeado, sino que somos distintos cada día. Nos vamos a dormir unos cada noche y despiertan otros por la mañana. Cada vez cuesta más reconocerse. Suerte de los perros y manías. Y, por supuesto, de las canciones. Como las de Robe, que me han hecho resucitar gente de mi primera parte del libro, noches frías y pisos feos, pobres y desesperados. Momentos en que te golpeabas para hacerte daño, sentir y, de algún modo loco, protegerte. Recuperé en las canciones aquellos amigos leales que te venían a buscar a casa y aquellos amoríos que eran ojos en un pasillo largo cuando cerraban la puerta de la calle, antes de dirigirse hacia el ascensor.
Acabamos siendo sombras los unos para los otros, pero hoy estamos vivos. Y mañana nosotros siendo otros. Y así los días que sean porque “el mundo está lleno de hojas y plumas, y de consuelo e instrucción”, como escribió Mary Oliver. Y las canciones, claro está.
