
Hitler como Jesucristo
El historiador británico Alec Ryrie sostiene, en su último ensayo, La era de Hitler (Gatopardo/Raig Verd), que el relato sobre los nazis ha desempeñado en nuestras mentes el mismo papel que antaño ejerció el cristianismo: nos ha cohesionado moralmente, ha establecido las líneas entre el bien y el mal y ha creado amplios consensos sobre los cuales edificar nuestras sociedades, que tenían que ser justo lo contrario de aquella barbaridad. Hitler ha sido nuestro Jesucristo, es decir, su reverso, el mal puro y absoluto. La gran historia que los humanos nos hemos contado desde 1945 es la de la Segunda Guerra Mundial, esa es nuestra guerra de Troya, nuestra épica y nuestra ética. En ese sentido, Ryrie argumenta que la era de Hitler no es aquella en la que el Führer gobernó Alemania sino la posterior, un mundo democrático y basado en el respeto al diferente, que ha llegado a nuestros días. Un mundo en el que todos estábamos de acuerdo en que Hitler era lo peor, y la palabra nazi emergía como el insulto más abyecto.

Pero, en estos años veinte que vivimos, ese mundo se resquebraja. Tener claro que Hitler fue un monstruo no es una herramienta suficiente para afrontar los retos políticos, sociales y medioambientales. Herederos directos de sus ideas gobiernan en algunos países y desde la derecha y la izquierda se plantean guerras culturales donde parece que solo puede ganar uno y el adversario queda reducido a una caricatura ruin mientras florecen los discursos de odio. ¿Estamos cayendo otra vez en el lado oscuro? Ryrie evita los alarmismos (recuerda que el grado de división actual no es, ni de lejos, de los peores en la historia), y propone, ante la progresiva bifurcación de nuestras sociedades en dos sistemas de valores excluyentes, edificar un nuevo consenso. Para ello se dirige en un capítulo a “un progresista secularista” y en otro a “un conservador tradicionalista”.
Nadie va a ganar una guerra cultural bombardeando al adversario hasta que no se levante
Al primero le apunta elementos muy aprovechables de la tradición y la espiritualidad y le recuerda que las identidades son profundamente importantes para la mayoría de nosotros, por lo que se trata de extraer lo mejor de ellas pues, de lo contrario, se entrega su control a los demagogos. Al conservador le señala que el cristianismo de Trump, Orbán o Meloni ignora el contenido real de esta religión (véase el trato a los inmigrantes), entendida tan solo como una referencia simbólica tribal, menospreciando los derechos humanos.
Nadie va a ganar una guerra cultural bombardeando al adversario hasta que no se levante. La era de Hitler plantea los muchos elementos comunes entre los contendientes y un escenario en que es posible el diálogo para que todos avancen.

