El rechazo a los expats ha ganado presencia en el discurso progresista. Cuando un rechazo necesita tantas justificaciones, quizá sea momento de mirarlo sin consignas y sin coartadas morales.
Una vez más, estoy agradecido por las intervenciones en los comentarios al texto de la semana pasada. Casi 100 comentarios inteligentes que abren debate de manera educada. Gracias.
El progresismo también ha aprendido a elegir a qué extranjeros puede rechazar sin culpa: los expats. Como toda ideología, tiene zonas grises y puntos ciegos. En el caso de los expats, el progresismo ha aprendido a rechazar sin que parezca que lo hace. El malestar no se grita. Se racionaliza. Se intelectualiza. No es visceral, pero es real.
El expat no es tratado como un inmigrante. No encaja en el marco clásico de víctima. No huye de una guerra ni de la miseria. Es una sigla. Y las siglas tienen una ventaja moral: convierten a personas en categorías. Desde ahí, la deshumanización resulta más cómoda y el rechazo más aceptable. Y por eso funciona. Porque no parece rechazo.
Los expats no escuchan “no los queremos aquí”, pero sí “defendamos nuestros barrios”. Se habla de identidad. De protección cultural. El vocabulario suena a análisis sociológico más que a exclusión. El malestar se intelectualiza y el rechazo deja de parecer rechazo.
En este caso, el conflicto no aparece por religión ni por cultura. Aparece cuando hay competencia real. Por un piso. Por un trabajo. Por estatus. La empatía es fácil cuando no hay nada en juego. Se resquebraja cuando el otro quiere lo mismo que tú. El progresismo urbano no teme al extranjero en abstracto, sino al que compite con él.
Se dice que desnaturalizan los barrios. Que imponen formas de vida ajenas. Incluso gustos culinarios. Que diluyen lo que somos. Es el mismo esquema que utiliza la extrema derecha cuando habla de inmigrantes musulmanes. Cambia el sujeto. Cambia el tono. Cambia, por supuesto, el impacto real de la xenofobia clásica. Pero el mecanismo es el mismo: la idea de que el otro amenaza lo que creemos nuestro. Un discurso se grita. El otro se escribe con firma académica. Pero ambos sirven para lo mismo: decidir quién sobra.
La gentrificación no la causan los expats. Es el resultado de decisiones políticas, mercados desregulados y una escasez de vivienda normalizada durante años. Señalar los fallos del sistema exige asumir responsabilidades. Señalar al extranjero exige menos. Cuando culpamos a individuos de problemas estructurales, dejamos de analizar y empezamos a excluir.
La misma lógica aparece cuando hablamos de identidad. Las lenguas y las culturas tratadas como piezas frágiles de museo acaban debilitándose. Como los niños sobreprotegidos. La intención es buena y nace del amor, pero el resultado es nefasto. Crecen con miedo al mundo. Incapaces de adaptarse. La protección excesiva no conserva. Asfixia. Las culturas que no se mezclan acaban perdiendo vitalidad.
Vivir no es conservarse a toda costa. Vivir es transformarse. La identidad no se defiende encerrándola, sino permitiéndole absorber, mezclarse, cambiar sin desaparecer. Un barrio que no cambia se congela. Y las identidades congeladas no están vivas. Están en un museo.
El antixenofobismo no puede depender de qué tipo de extranjero tengamos delante. Ni de su renta, ni de su pasaporte, ni de si nos disputa el alquiler. Empieza cuando dejamos de decidir qué extranjeros sobran. Solo estamos repitiendo —con mejores palabras— lo que decíamos que combatíamos.
El día que empezamos a elegir a quién excluir, ya no somos mejores.
El antixenofobismo no puede depender de qué tipo de extranjero tengamos delante.