
Ocaso de un truhan

El estereotipo del latin lover sirvió de justificación cultural: un modo de exhibir como encanto personal lo que actualmente se percibe como un desequilibrio de autoridad. Bajo ese sello Julio Iglesias construyó el dominio melódico más firme del pasado hispano: un sistema de atracción colectiva que transformó a un guardameta de balompié fallido en un anhelo universal cuyos temas se escuchaban en todo vehículo o local nocturno del planeta. Su escalada resultó ser una maniobra de diseño mercantil promovida por su representante. Gracias al apoyo del sector y de importantes firmas de comunicación, se le diseñó un perfil personalizado donde convergían la estampa del seductor pícaro y una elaboración sonora sumamente detallada. De esta manera se convirtió a un intérprete de registro “pequeña” —según sus propias palabras— en un emblema mundial: el del galán incansable, nutrido mediante anécdotas ligeras. Incluso su ascendencia materna sefardí se integraba en el relato: “Soy judío de la cintura para arriba; de la cintura para abajo soy internacional”.

El número mítico de las “tres mil mujeres” constituía un recurso de branding: una exageración celebrada que reforzaba su posición de varón dominante. ¿Qué imagen transmitía a la sociedad, entre anhelos, aquel individuo de sonrisa reluciente, tez morena y calzado sin medias para que el criterio común se detuviera, al mostrarse con un comportamiento “sobona” en televisión? Un representante distinto cuenta que, en una ocasión en Santo Domingo, le dio un beso en los labios a una mujer tras haberle cocinado un pescado excelente, a modo de gratitud por “cuidarlo”.
Exempleadas denuncian un régimen de coacción en villas de lujo
Las acusaciones presentadas ante la Fiscalía no evocan una historia de amor, sino una situación de semiesclavitud sexual. Los relatos de antiguas empleadas —mujeres de corta edad, humildes y desprotegidas— detallan un sistema opresivo en mansiones exclusivas, muy lejos del brillo de las revistas.
¿Cuál ha sido la respuesta política? Resulta previsible que Ayuso se integre en el grupo que aviva las batallas culturales. Proteger a la figura mencionando a Irán constituye una maniobra absurda: la táctica de quien, ante un referente nacional cuestionado, desvía la atención del perjuicio para transformarlo en herramienta política. Su vehemencia choca con la prudencia de Feijóo, el cual —aun manteniendo un vínculo personal con el artista— admite la importancia del asunto y solicita una indagación. El “me va, me va” tal vez no representó una oda a la alegría, sino más bien el trasfondo musical —o el rastro sombrío— de una época en la que los excesos se ocultaban tras la apariencia de seducción latina.
