Opinión

Ocaso de un truhan

El cliché del latin lover funcionó como coartada cultural: una forma de presentar como carisma lo que hoy se revela asimetría de poder. Sobre esa etiqueta Julio Iglesias levantó el imperio musical más sólido de la historia hispana: una maquinaria de seducción masiva que convirtió a un portero de fútbol frustrado en fantasía planetaria cuyas canciones sonaban en cualquier taxi o garito del mundo. Su ascenso fue una operación de ingeniería comercial impulsada por su mánager. Con el respaldo de la industria y grandes agencias de relaciones públicas, se le confeccionó un traje a medida donde se retroalimentaban la imagen del donjuán canallita y una producción musical muy cuidada. Así se transformó a un cantante de voz “pequeña” –como él admitía– en marca global: la del conquistador insaciable, alimentada a base de chascarrillos. Ni su herencia materna sefardí quedaba al margen: “Soy judío de la cintura para arriba; de la cintura para abajo soy internacional”.

 
 Carlos Giusti / Ap-LaPresse

La cifra legendaria de las “tres mil mujeres” era un activo de branding: hipérbole aplaudida que apuntalaba su estatus de macho alfa. ¿Qué se proyectaba socialmente, entre suspiros, en el personaje de dentadura de neón, piel bronceada y mocasines sin calcetín para que se obrara la suspensión del juicio colectivo, cuando aparecía con actitud “sobona” en platós? Otro mánager relata que, una vez en Santo Domingo, besó en la boca a una señora porque le había servido un buen pescado, como gesto de agradecimiento por “cuidarlo”.

Los testimonios de extrabajadoras describen un régimen coercitivo en villas de lujo

Lo denunciado ante la Fiscalía no suena a balada romántica, sino a semiesclavitud sexual. Los testimonios de extrabajadoras –mujeres jóvenes, pobres y vulnerables– describen un régimen coercitivo en villas de lujo, lejos del glamur de las revistas.

¿Las reacciones políticas? No sorprende que Ayuso se sume al coro de agitadores de la guerra cultural. Blindar al mito invocando a Irán es una pirueta esperpéntica: la de quien, si el señalado es un icono patrio, desplaza el foco del daño para convertirlo en munición ideológica. Su arrebato contrasta con la cautela de Feijóo, quien–pese a su amistad con el cantante– reconoce la gravedad y pide que se investigue. El “me va, me va” quizá no fue tanto un himno vitalista como la banda sonora –o el eco siniestro– de un contexto donde el abuso a veces se disfrazaba de encanto latino.

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