Opinión

Irán: el ocaso de la teocracia

EL RUEDO IBÉRICO

La agonía de la República Islámica de Irán es la manifestación de un sistema que ha agotado su ciclo vital al volverse intrínsecamente inviable. Se asiste a la quiebra de una arquitectura teocrática y de un capitalismo de amiguetes clerical, donde la Guardia Revolucionaria ha completado su metamorfosis de cuerpo pretoriano a holding empresarial extractivo. Esta estructura depredadora, que fagocita más del 50% de la economía, ha sustituido la mística fundacional por una cleptocracia de Estado y ha conducido a la nación a la ruina. La apelación a la “economía de resistencia” frente a los enemigos internos y externos no ha sido más que el eufemismo utilizado por el régimen para saquear los recursos nacionales en favor de una élite militarizada, a costa del bienestar de ochenta millones de ciu­dadanos.

Al colapso económico se suma una violencia sistémica que, en el 2026, alcanza un nuevo paroxismo mediante el uso de tecnología de vigilancia masiva e IA suministrada por Pekín. La República Islámica ha cimentado su autoridad sobre el terror: desde 1979 han sido ejecutados más de 30.000 opositores y, hoy, más de 11.000 presos políticos languidecen hacinados en centros como la siniestra prisión de Evin. Sin embargo, la olla de presión ha estallado, lo que ha activado el principio del fin de la tiranía.

 
 Joma

La crisis actual certifica el colapso de la alianza que fundó el régimen. El Bazar, nexo histórico entre el clero y el estamento comercial que apoyó y financió la revolución de 1979, ha retirado el soporte financiero a la teocracia, asfixiado por el monopolio depredador de la Guardia Revolucionaria y una inflación galopante. Esta fractura converge con un paradigma postislamista, el de una juventud urbana, hiperconectada y muy secularizada. Para ella, el lenguaje religioso no es ya un motor de movilización, sino una gramática sin respuesta a sus aspiraciones. Al quebrarse el vínculo entre la cartera del comerciante y la identidad del joven, el sistema pierde su anclaje social. La supervivencia de ambos es ya incompatible con una sociedad que ha trascendido el proyecto teocrático.

En este escenario, resulta intelectualmente escandalosa la orfandad de amparo al pueblo iraní por parte de vastos sectores de la izquierda occidental. Esta facción incurre en una disonancia moral tan flagrante como abyecta: el silencio cómplice ante una teocracia de praxis misógina mientras instrumentaliza el feminismo como bandera identitaria en democracias consolidadas. Se asiste a una capitulación ética donde la retórica de los derechos humanos se subordina a un antioccidentalismo patológico, convirtiendo a la “progresía” en cooperador necesario de un régimen que aniquila sindicalistas, tortura a la disidencia y ejecuta la diversidad bajo el rigor del medievo jurídico. Esta connivencia con el verdugo no es solo una claudi­cación política y moral, sino una traición ontológica a los fundamentos del humanismo ilustrado y a la dignidad universal.

La transición iraní debe ser un ejercicio de soberanía nacional donde el pueblo sea el artífice de su destino

Desde una óptica geopolítica, el régimen de los ayatolás sobrevive gracias a su inserción en el que podría denominarse eje del trastorno, liderado por China acompañada de Rusia. Para el Kremlin, Teherán es un arsenal indispensable en la guerra contra Ucrania; para Pekín, un enclave estratégico para desafiar el control naval estadounidense en el Índico y un proveedor de crudo barato. Los recientes ejercicios navales Voluntad por la Paz 2026 son la expresión de una cooperación desesperada entre las autocracias para apuntalar la tiranía de los ayatolás como una pieza esencial en sus ambiciones revisionistas globales.

La transición en Irán debe abordarse como un ejercicio de soberanía nacional donde el pueblo sea el artífice de su destino. Esta transformación exige un frente unido que aglutine a la diáspora, al sector estratégico del Bazar y a los cuadros técnicos desencantados del régimen. El objetivo es claro: canalizar el descontento hacia un diseño institucional que garantice estabilidad y apertura económica, evitando que el fin de la teocracia derive en un vacío de poder a la iraquí que degenere en el caos.

La ejecución del cambio debe ser quirúrgica: quebrar la cohesión del Estado mediante incentivos de deserción para los cuadros medios sin antecedentes criminales. Al proyectar garantías de integración en el sistema post ayatolás, se facilita el desmantelamiento de la cúpula totalitaria sin desintegrar las estructuras fundamentales del Estado. Se trata de realizar un entierro controlado de un cadáver político sostenido solo por el miedo y el apoyo externo. En paralelo, las sanciones deben dirigirse unívocamente contra el capital de la Guardia Revolucionaria para fracturar su resiliencia interna.

El ocaso de la teocracia representará la desaparición de un régimen deleznable y el fin de un eje central de inestabilidad global. Su caída no debe ser ni será fruto de una intervención externa, sino la implosión interna de un anacronismo grotesco que ya no es capaz de contener la vitalidad de su sociedad. Si Irán logra cerrar este oscuro paréntesis de su historia, no solo recuperará su libertad, sino que liberará un potencial humano y energético capaz de convertirlo en un pivote de estabilidad y prosperidad en el corazón de Eurasia.

Etiquetas