Opinión

Hombres que aman a las mujeres

“Yo por las mujeres tengo un amor profundo y una ad­miración grandísima. He sido un gran mujeriego, en el sentido bueno de la pa­labra: las he amado muchísimo. Me he enamorado de su pasión, de su cariño, de su generosidad…”.

¿Quién habla? Julio Iglesias, en un vídeo que circula estos días por las redes. ¿Es sincero? Yo creo que sí. Muchos hombres adoran a las mujeres del mismo modo que él, por los mismos motivos. Recuerdo el cariño con que me trataba mi padre, lo que le gustaba ser padre de una hija; cuando mi madre volvió a quedarse embarazada, él quería otra niña. Recuerdo al dueño de la editorial en la que trabajé, don Juan Grijalbo, que por Navidad iba personalmente a las mejores tiendas del paseo de Gràcia a elegir bolsos y fulares para sus secretarias. Recuerdo la actitud de ternura y respeto que percibí a mi alrededor, incluso por parte de desconocidos, cuando, recién convertida en madre, salía a la calle llevando a mi bebé…

 
 LV

La hija bonita, admirativa, complaciente. La esposa dulce, cariñosa, leal. La madre consoladora y abnegada. Las secretarias, las criadas, siempre tan serviciales. La Virgen María, humilde y obediente… Esas son las mujeres a las que hombres como Julio Iglesias aman. Y sería todo muy bonito –y convertiría cualquier denuncia en una muestra de ingratitud, de pura “maldad”, como ha dicho el cantante en su comunicado– si no fuera por un malentendido: esas mujeres a las que están convencidos de adorar no existen. Ni siquiera cuando son de carne y hueso.

Esas mujeres a las que están convencidos de adorar no existen

Las mujeres “de verdad”, “femeninas”, que esos hombres creen ver no son de verdad, son de mentira. Genero­sidad, cariño, abnegación, no son cualidades femeninas: están al alcance de cualquiera; tampoco la agresividad o el egoísmo son exclusivos del sexo masculino. No somos seres de luz, nadie lo es. Otra cosa es que nos hayan entrenado para serlo o fingirlo, castigándonos (aunque solo fuera con el desamor) cada vez que nos salíamos del molde.

Es fácil que quien tiene más poder se convenza de que ama y admira a quien, teniendo menos, vive a su sombra, a su servicio. La jerarquía puede ser de sexo, pero no solo. Cuando muchas mujeres occidentales, blancas, instruidas, nos vamos liberando del altruismo obligatorio, otras, sin educación, sin recursos, sin papeles, nos reemplazan, en calidad de empleadas domésticas, gestantes subrogadas, cuidadoras. Y, con admiración y gratitud, se abusa de ellas.

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