
Mirar las estrellas
Probablemente el danés más universal de la historia sea Hans Christian Andersen, aunque les reconozco que, sin abandonar mi admiración por el genial folklorista y cuentista, mi favorito es otro: Thyge, latinizado como Tycho Brahe, el astrónomo del siglo XVI que la tradición quiere que falleciese en Praga tras retener la orina para no ofender en un banquete al emperador; no queriendo romper el protocolo de la corte imperial, falleció tras, literalmente, estallarle la vejiga por no acudir con diligencia al baño. Claro que habría que señalar que sus restos, conservados en la iglesia de Nuestra Señora de Tyn de Praga, fueron exhumados en fecha tan cercana como 1999 y, en los pocos cabellos que aún se hallaban en su sepultura, se encontraron tamañas trazas de mercurio que hoy se piensa que su muerte se debió a un envenenamiento mercurial, nada extraño si, como se sabe, el bueno de Tycho Brahe anduvo enredado en la alquimia toda su vida e intentó avanzar en las ciencias médicas con previsible resultado fatal para él mismo.

Tycho Brahe fue, al margen de la anécdota –que no fue anécdota para él– de su excesiva contención de la necesidad de miccionar, uno de los mayores astrónomos de su tiempo. Y de los que mejor partido económico supieron sacar a su ciencia. Alquimista, tal vez astrólogo, sabio sin duda, nació en diciembre de 1546 en el seno de una familia acomodada en Escania (hoy parte de Suecia, en su día entre Dinamarca y Noruega; Brahe es reconocido entre los países nórdicos como danés, pero no vamos a meternos en ese lío) y falleció en 1601, a los cincuenta y cuatro años en Praga, en las circunstancias ya referidas.
Groenlandia hoy se halla entre las 12 estrellas de la bandera de la UE y las 50 de la bandera de EE.UU.
El bueno de Tycho fue, digámoslo en corto, el último de los grandes astrónomos anteriores a la invención y desarrollo del telescopio. Lo suyo fue la observación y medición obsesiva de los astros. Con ello hizo una fortuna personal y supuso el avance previsiblemente más significativo de la ciencia astronómica en al menos unos cinco siglos. Su mayor virtud fue la constancia, medición noche tras noche de la bóveda celeste y anotación sistemática y minuciosa de todo lo observado. Kepler, con el que se las tuvo tiesas pese a que Brahe lo recomendó para alcanzar un contrato y posición relevantes junto a él, fue el heredero en sus horas finales de sus mediciones y cálculos, con los que Kepler desarrolló las llamadas tablas rudolfinas y las tres leyes del movimiento de los planetas. Sin Brahe, no hubiera conseguido Kepler su fama, en la misma línea argumental del Sil y el Miño, ya saben ustedes lo que dice el refrán.
Brahe había conseguido leer en latín, en sus años de formación, las obras de Ptolomeo. Por eso es también un puente entre el mundo antiguo y el moderno. Y se hizo famoso por la calidad de sus predicciones en lo que se refería a eclipses y otros fenómenos astronómicos. Eso sí, una supuesta predicción fallida sobre la muerte de Solimán el Magnífico le costó un duelo por cuestiones de honor en el que perdió la nariz. El apéndice nasal, que según unos fue tajado por una espada y para otros voló con un disparo, fue sustituido por una falsa nariz de oro y plata que le acompañó de por vida. Ya ven que Brahe fue todo un personaje. Y eso sin contarles que tuvo ocho hijos –al menos– con la mujer con la que nunca se casó por ser de clase inferior a la suya. En vida construyó dos palacios observatorio, Uraniborg (por Urania, protectora de la astronomía) y Stjerneborg (castillo de las Estrellas), ambos generosamente sufragados por sus protectores reales (otro jardín donde no vamos a entrar).

Brahe, ya llegamos donde íbamos, en algún momento de su vida rica y triunfante pero turbulenta, soñó con viajar al norte y poder mejorar sus observaciones. La búsqueda de cielos puros y claros que permitan mirar las estrellas es tan antigua como la humanidad. Cielos como, acabáramos, los que debe de tener Groenlandia, que hoy se halla entre las doce estrellas de la bandera de la Unión Europea y las cincuenta estrellas de la bandera de Estados Unidos. Más estrellas: la de Venezuela luce ocho, mientras que la de China solo tiene cinco. Así que habrá que mirar las estrellas para adivinar el incierto futuro.
