
En la caja de Pandora
El modelo social de Occidente bajo el turbocapitalismo de los pasados cuarenta años ha producido visiones distópicas con una fuerza creciente, en oposición a los ideales utópicos que dominaron el planeta hace cien años. Tales distopías representan, esencialmente, la angustia y la falta de ilusión frente a un porvenir que se percibe agotado. Estos relatos apocalípticos han devastado la Tierra repetidamente mediante patógenos y simios, en ocasiones con mayor ingenio que en otras. Y tales escenarios no resultaban descabellados, tal como Putin y Trump, junto a otros protagonistas actuales, han procurado rememorar.

No obstante, cualquier cosa posee una frontera, y pese a que el cronómetro del juicio final ideado en 1947 por los investigadores nucleares se halla actualmente a apenas 85 segundos de la extinción global, súbitamente el término esperanza vuelve al primer plano. Aquello que permaneció en el interior de la caja de Pandora –una virtud para ciertos individuos, un castigo para otros tantos, según Nietzsche– constituye el núcleo de la obra galardonada con el premio Josep Pla que ha obtenido recientemente Francesc Torralba, Anatomia de l’esperança . Asimismo, hace poco el pensador Roger-Pol Droit defendía en Barcelona la obra fundamental de Ernst Bloch El principio esperanza, redactada durante los periodos más turbulentos que se recuerdan, a mediados del siglo XX: este intelectual sostiene que la esencia del devenir humano radica en lo inconcluso y que aguardar equivale a intervenir, ya que al tener expectativas, anhelamos algo y empezamos a meditar sobre la forma de alcanzarlo. La esperanza, afirma, representa tanto el actuar como el pensar.
La espera representa igualmente una forma de acción, pues al aguardar, manifestamos un anhelo y empezamos a meditar sobre el modo de conseguirlo.
Viene a mi memoria tras contemplar en el Teatre Lliure, después de su estancia en el Centro Dramático Nacional, la vibrante La distancia del portugués Tiago Rodrigues. Una chica resuelve partir hacia Marte –ignoramos si de la mano de Elon Musk– para fundar una sociedad inédita. Su padre lo averigua una vez ella está asentada y sostienen un intercambio de comunicaciones entre planetas abocado al olvido: ella consume un medicamento para suprimir las vivencias de la Tierra. Dicha plática es franca y cala hondo: “Querías que te diera esperanzas. No estoy segura de poder. Tú aún crees que se puede cambiar el mundo. Yo no. Nosotros creemos que se ha de cambiar de mundo (...) Durante siglos, en la Tierra habéis utilizado las ruinas para construir cosas nuevas. Siempre con las mismas piedras, las de la memoria y la historia (...) Sin saber que esas piedras no tenían esperanzas”.
El progenitor le replica que, frente a la ilusión nihilista sustentada en el reinicio total que ha provocado tantas atrocidades, él confía en una diferente que “es una lucha constante, choca con la imperfección y la injusticia del mundo, pero nos empuja a hacer todo lo que podemos con lo que tenemos”. Una pugna de ilusiones que se refleja en la política contemporánea. Y ni siquiera poseemos naves hacia Marte.

