Desde hace más de veinte años, cada vez que mi familia y yo pasamos en coche bajo el puente azul de la AP-7, camino del Empordà, nos gusta imaginar que estará un poquito mejor. Pero no hay manera. Es un puente majestuoso, aunque su pintura parece haberse detenido en el tiempo. Y cada vez que nos preguntamos por qué no lo pintan, nos respondemos con una sonrisa: quizá ya no queda pintura azul, quizá quieren dejarlo en acero corten, o tal vez esperan que el azul desaparezca del todo para pintarlo de rosa. O quizá el puente, como nosotros, prefiere envejecer con dignidad, porque la belleza está en el interior. Mi hija piensa que quizá nadie lo quiere, que a nadie le importa. A mi mujer le da pena. Y yo no lo entiendo: ¿tiene que caerse para empezar a preocuparnos?
Al final, pintado o no, seguimos soñando con que algún día lo encontraremos reluciente. Y seguirá siendo siempre nuestro puente azul.
André de Sá Moreira
Barcelona