* La autora forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Muchas personas llegan a consulta con una frase que se repite con frecuencia: “Sé que me siento mal, pero tampoco me pasó nada grave en mi infancia, no tiene nada que ver con mi pasado.” Lo dicen con una mezcla de confusión y culpa, como si el malestar necesitara una justificación contundente para ser legítimo. Como si solo las grandes tragedias pudieran dejar huella psicológica.
Durante años, la idea de trauma estuvo asociada casi exclusivamente a acontecimientos extremos: guerras, accidentes, violencia grave o catástrofes. Sin embargo, la investigación psicológica y neurocientífica de las últimas décadas ha ampliado mucho más esta comprensión. Hoy sabemos que el sistema nervioso no responde únicamente a lo que ocurre, sino también a cómo lo vivimos, si tuvimos apoyo y si pudimos procesarlo emocionalmente.
Por eso, cada vez más especialistas hablan de una distinción importante: los “grandes traumas” y las experiencias relacionales que dejan una marca emocional persistente.
Cuando lo que dolió fue lo cotidiano
Muchas de las heridas psicológicas no nacen de un único evento impactante, sino de pequeñas experiencias repetidas en el tiempo. Comentarios que invalidan lo que sentimos, ambientes familiares donde expresar emociones era incómodo o inútil, críticas constantes, o la sensación de tener que adaptarse siempre para no molestar.
Un niño que aprende que llorar provoca enfado, silencio o burla puede empezar a inhibir su emoción. Otro que crece sintiendo que solo recibe atención cuando lo hace “todo bien” puede desarrollar una relación muy exigente consigo mismo. Y alguien que se acostumbra a no ser escuchado puede terminar dudando de sus propias necesidades.
Muchas de las heridas psicológicas no nacen de un único evento impactante, sino de pequeñas experiencias repetidas en el tiempo
No hablamos necesariamente de maltrato ni de negligencia grave. A veces hablamos de algo mucho más sutil, la falta de sintonía emocional suficiente.
Estrés doméstico.
Lo que quedó pendiente
El trauma no siempre es lo que ocurrió, sino lo que quedó sin resolver. Una de las aportaciones más relevantes de la psicología del trauma es que el impacto psicológico no depende únicamente del acontecimiento en sí, sino de si el sistema nervioso pudo procesarlo y encontrar una sensación de seguridad después.
Cuando una experiencia dolorosa ocurre y hay alguien que escucha, valida y ayuda a darle sentido, el cerebro suele integrar esa vivencia. Pero cuando la emoción queda sola, sin palabras ni reparación, puede quedarse almacenada haciéndonos daño en el presente de distintas formas.
En términos neurobiológicos, sabemos que las experiencias emocionales intensas que no se procesan adecuadamente pueden quedar registradas en circuitos de memoria más implícitos, vinculados a la activación del sistema de amenaza. Con el tiempo, esto puede manifestarse como ansiedad, hipervigilancia, dificultad para confiar o una sensación difusa de malestar que no parece tener una causa clara. Por eso muchas personas dicen: “No entiendo por qué me siento así si mi infancia fue normal.”
La trampa de compararse con traumas más graves
Otro fenómeno frecuente es lo que algunos terapeutas llaman “invalidación comparativa”. Consiste en minimizar el propio dolor porque otras personas han vivido situaciones más duras.
Es una reacción comprensible. Comparar el sufrimiento parece una forma de poner perspectiva. Pero emocionalmente puede tener el efecto contrario, puede impedir que la persona reconozca lo que sí le ha afectado.
El malestar psicológico no funciona como una competición de gravedad. El cerebro no evalúa las experiencias con una escala de importancia, responde a la sensación interna de amenaza, soledad o desbordamiento que se vivió en ese momento. Por eso dos personas pueden vivir situaciones aparentemente similares y desarrollar impactos emocionales muy distintos.
Cansancio cotidiano.
El papel de la sensibilidad y el contexto
La investigación también ha mostrado que la vulnerabilidad al estrés no depende solo de lo que ocurrió, sino de factores como el apoyo social o el momento vital en que se produjo la experiencia.
El cerebro infantil es especialmente dependiente de las relaciones para regular sus emociones. Cuando un niño no encuentra suficiente acompañamiento emocional, aprende a adaptarse como puede: reprimiendo emociones, hiperexigiéndose o intentando controlar el entorno para sentirse seguro.
Estas estrategias pueden ser muy útiles en su momento. El problema aparece cuando se mantienen en la vida adulta, incluso cuando el contexto ya no es el mismo.
Cuando el cuerpo recuerda antes que la mente
Uno de los aspectos más desconcertantes del trauma relacional es que muchas veces no aparece como un recuerdo claro, sino como sensaciones corporales o reacciones emocionales intensas en situaciones cotidianas.
Personas que se sienten muy heridas ante una crítica, que se bloquean en los conflictos o que reaccionan con mucha rabia ante pequeñas injusticias. A menudo se juzgan a sí mismas con dureza porque no encuentran una explicación lógica a esas reacciones.
Sin embargo, desde la perspectiva del trauma sabemos que el sistema nervioso puede activarse no solo por recuerdos explícitos, sino por sensaciones que evocan experiencias pasadas de vulnerabilidad. El cuerpo, en cierto modo, recuerda antes que la mente.
Validar el malestar no significa culpar al pasado
Entender que el malestar puede tener raíces en experiencias del pasado no implica buscar culpables ni reinterpretar la historia personal de forma dramática. Significa permitir que lo que sentimos tenga un lugar y espacio en nosotros.
Muchas personas empiezan su proceso terapéutico precisamente cuando dejan de decirse “no debería sentirme así”. Ese cambio abre la puerta a explorar qué necesidades emocionales no fueron atendidas, qué estrategias de protección se desarrollaron y cómo empezar a relacionarse con uno mismo de una forma más compasiva.
Porque, al final, la pregunta relevante no es si lo que ocurrió fue “lo suficientemente grave”. La pregunta es si hubo momentos en los que te sentiste solo con su dolor. Y esa experiencia, aunque no aparezca en los titulares de ninguna tragedia, también merece ser comprendida y trabajada.
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