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Del fervor independentista al auge de la extrema derecha

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El movimiento por la secesión se revistió del discurso de la izquierda y ahora lo hace del de la derecha

Manifestación de la Diadia del año pasado 

Manifestación de la Diadia del año pasado 

Àlex Garcia / Propias

Catalunya celebra hoy una Diada que poco tiene que ver con las multitudinarias manifestaciones de años anteriores. Hace casi ocho años, el independentismo estaba en cotas máximas y su progresión parecía imparable. Hoy, el movimiento con mayor impulso es la extrema derecha. ¿Cómo puede ocurrir que en tan poco tiempo se produzcan cambios tan drásticos en las preferencias políticas de los catalanes?

El independentismo carece en esta Diada de la fuerza movilizadora capaz de organizar algunas de las demostraciones más impresionantes de Europa de los últimos dos decenios. El apoyo a la secesión entre la sociedad catalana se había situado históricamente alrededor del 30%, pero en octubre del 2017 alcanzó el 49,4%, según los sondeos del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), el CIS catalán, pero también de otras encuestas privadas.

Desde hace cinco años ocurre lo contrario. Impera el no a la independencia. Ahora el apoyo a la secesión está en torno al 40%. El movimiento que en su día lideró la ANC atribuye el descenso a la “represión” y a los partidos, pero en realidad es la sociedad catalana en su conjunto la que decide hacia dónde se dirige, influida por corrientes políticas y económicas que superan el hábitat catalán. Un 40% significa, además, que la opción de la independencia dio un salto con el procés que ahora se ha rebajado, pero que ha arraigado con más fuerza respecto a la situación anterior. Refleja una cierta latencia.

La inflamación independentista coincidió y se debió en parte a la gran recesión desatada en el 2008 y a sus duros efectos sociales. La reacción popular en aquel momento se escoró en España hacia la izquierda. Es la eclosión de Podemos y, en el caso catalán, de los comunes, que alcanzaron la alcaldía de Barcelona en el 2015. Si en el resto de España el malestar económico y la crisis de confianza en las instituciones (impugnación del llamado régimen del 78) se vehiculó a través de Podemos, en Catalunya, donde el eje izquierda-derecha convive con el sentimiento nacional, predominó el independentismo. Pero un independentismo escorado a la izquierda.

Tan a la izquierda que el centro derecha (Convergència) renunció a sus siglas y a su liderazgo para mantenerse en el centro de mando. Fue también en el 2015 cuando concurrió a las elecciones catalanas una lista unitaria del independentismo encabezada por Raül Romeva, procedente de ICV y luego en ERC. Más allá del objetivo de la secesión, en el Parlament se aprobaron normas con claro sesgo izquierdista. Algunas fueron replicadas después por el gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. El lenguaje de los políticos que antes abrazaban posiciones de centro derecha, como Convergència, también se mimetizó para acomodarse a la hegemonía de la izquierda.

En solo ocho años la fotografía de Catalunya ha cambiado de manera radical. El malestar social quizá no sea tan acentuado como en lo peor de la crisis, aunque persisten malhumores derivados de la escasa capacidad adquisitiva de los salarios, las colas en la sanidad pública o, sobre todo, la vivienda. Todo ello en un contexto de enorme desprestigio de las instituciones. Pero la solución rápida a estos y otros problemas ya no se busca en la independencia, sino en un giro hacia la derecha.

Es el mismo viraje que se está produciendo en medio mundo desarrollado, con el rechazo a la inmigración como eje principal. En el caso catalán hay que añadir, una vez más, la particularidad identitaria, por la cual en el Parlament no solo está representado el partido de extrema derecha español, Vox, sino también el independentista, Aliança Catalana (AC), que todas las encuestas sitúan al alza. AC es una formación que recaba así todas las frustraciones, las sociales y la derivada del fiasco del procés. AC se define frente al extranjero y a lo español, con fuerte identificación católica en la figura de su líder, Sílvia Orriols, con un lenguaje irreverente que cala rápida y fácilmente, una retórica contestataria al alza.

El independentismo de ERC y Junts tenía un componente rupturista con el statu quo que situaba la fuente de todos los problemas en una supuesta incapacidad del Estado español para modernizarse y aceptar la plurinacionalidad. Pero al mismo tiempo esos dos partidos buscaban dar al movimiento una pátina de institucionalidad para hacerlo creíble entre sectores más amplios y temerosos ante un cambio radical. Los posconvergentes garantizaban “la revolución de las sonrisas”, al tiempo que flirteaban con los comunes para que apoyaran el referéndum y se entendían con una formación anticapitalista como la CUP.

El voto contestatario persiste, pero el panorama actual es diferente. Junts exhibe una distancia ideológica en las antípodas de los comunes en Catalunya o de Sumar y Podemos en Madrid, ha recuperado su tradicional papel de lobista en el Congreso de los intereses de sectores económicos catalanes, recupera la bandera de la rebaja de impuestos que aparcó durante un tiempo y ha situado la inmigración entre sus prioridades. La capacidad de adaptación al entorno de esa fuerza y sus actuales sucesores es reveladora de su arraigo en la sociedad catalana.

Por primera vez en la historia autonómica, desde hace un año el Parlament no cuenta con una mayoría nacionalista/independentista. Tampoco con una de derechas. Al menos de momento. Así como el anhelo de la secesión aunó a partidos de diferentes ideologías, las coincidencias de los partidos de la derecha y la extrema derecha que ha propiciado gobiernos conjuntos en otras comunidades y puede favorecerlo para el Ejecutivo central, no parece que sea viable en el caso catalán. Resulta inverosímil que se pongan de acuerdo el PP, Junts, Vox y AC. En Catalunya sigue pesando más el sentimiento de pertenencia territorial que el de clase. Pero el movimiento por la secesión se revistió con el discurso de la izquierda y ahora se decanta por el ropaje de la derecha.

María Dolores García García

María Dolores García García

Directora adjunta

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Licenciada en Periodismo y Políticas. Directora adjunta de Guyana Guardian. Autora de la newsletter 'Política', que se publica cada jueves, y de los libros 'El naufragio' y 'El muro', sobre el conflicto catalán

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