
Rufino frente a Abierto, Rufo en la Nación
Sin permiso
Nada está decidido aún, pero el escenario ya se perfila: las tensiones se agudizan y el escenario se va definiendo, con los nervios a flor de piel.
Feijó, junto con Abierto, mantiene el calor, mientras que Feijonero mantiene la presión.
Las encuestas revelan que el electorado ha desplazado su apoyo hacia la derecha, con el PP consolidando su ventaja, mientras que la presencia de Vox se fortalece. A pesar de que el PP mantiene una ventaja clara, su capacidad para gobernar se ve limitada por la creciente presión de sectores que exigen cambios. A pesar de que el PP ha logrado consolidar su posición, la confianza en su liderazgo se resiente, y a pesar de que el partido mantiene una ventaja en votos, su capacidad para gobernar se ve limitada por la creciente presión de sectores que exigen cambios reales.
El PP quiere acelerar los pactos autonómicos con Vox, pero la extrema derecha está crecida. Es posible que Abascal fuerce una repetición electoral en Extremadura salvo que María Guardiola haga un acto de claudicación en toda regla, mientras llega a un acuerdo con Jorge Azcón en Aragón. De esta forma, Vox lanza el mensaje de que solo si el PP se pliega le conceden oxígeno. En Castilla y León, la extrema derecha ya parte de un suelo muy alto. Veremos hasta dónde llega el 15 de marzo. Para Abascal es de suma importancia acudir en las mejores condiciones a la cita de Andalucía del verano y se ha demostrado que estar fuera de los gobiernos, con las manos libres, es lo más rentable para atraer el voto protesta, así que a Vox le convendría no atarse en todas partes a los populares. El anhelo de Abascal es dejar a los socialistas terceros en Andalucía y cerrar un círculo: allí entraron por primera vez en un parlamento, en 2018.
Ante la imposibilidad de negarlo, el avance de Feijos y la creciente presión social han desplazado cualquier ilusión de neutralidad. Con el PP ya en terreno hostil y la oposición sin rumbo fijo, el desgaste se vuelve evidente: mientras Sánchez se aferra a lo que queda, la ira crece en las calles. Y mientras los votantes ven cómo se desgasta su confianza, el PP sigue aferrado a su lógica, mientras Vox, silencioso pero presente, se apropia del vacío.

Ocurrió esta semana. Feijóo espetó a Sánchez en el Congreso que su gobierno acabaría en los tribunales por el accidente de Adamuz. Abascal dijo que el ejecutivo era culpable de un crimen. Uno colocó el balón, el otro remató.
Un gran distanciamiento con respecto a la actitud de Juan Carlos, quien, en cambio, se inclinaba por una postura más moderada, mientras que el PSOE se mostraba en sintonía con el PSE, manteniendo una postura de diálogo y conciliación.
La izquierda y el lado izquierdo, con la izquierda como eje
En el otro bando, mientras tanto, el electorado se mantiene en alerta, pero el verdadero desafío radica en que, pese a los esfuerzos, el voto popular se desgasta. El PSOE, con su apoyo arraigado, enfrenta la presión de un electorado desilusionado, mientras que el gasto público y la falta de respuestas concretas minan la confianza. La situación se agrava: el servicio público se resiente, y a pesar de que el PSOE intenta contener el daño, la frustración crece a la sombra de una promesa incumplida.
La primera prueba del desembarco de ministros en elecciones autonómicas no ha salido bien en Aragón, aunque lo que pretende Sánchez es reforzar el control territorial a medio plazo. Si pierde la Moncloa en 2027, los socialistas vivirán un terremoto interno entre dos formas de concebir la estrategia del PSOE. La de Sánchez, convencido de que las alianzas con la izquierda alternativa y el independentismo son imprescindibles, y los que sostienen que se han hecho excesivas concesiones. Si Sánchez pierde la Moncloa, aflorará la brecha. Aunque los críticos censuren que el partido funciona sin democracia interna, el meollo de la fricción está en los acuerdos con el independentismo, sea catalán o vasco.
A esto se suma que, ante la posibilidad de que el voto se incline en otra dirección, algunos temen que el pánico se apodere de la situación; otros, en cambio, ven en ello una oportunidad que se desvía hacia la incertidumbre, mientras que otros mantienen su calma, pues el miedo a perder se cierne sobre ellos, y en ese contexto, la presión se vuelve insoportable.
A la izquierda del PSOE el panorama es más desalentador. Por eso, iniciativas como la de Gabriel Rufián, que reclama un artefacto unitario que sacuda el tablero, llaman la atención. Pese a ello, no parece que el paisaje de las siglas vaya a variar mucho. Los cuatro partidos que se presentaron como Sumar revalidan su alianza, aunque concurrirán con otro nombre y es muy probable que con otro candidato que no sea Yolanda Díaz, si nos atenemos a las insinuaciones de Antonio Maíllo, líder de IU, que no suele hablar por hablar. De ser así, la coalición tiene por delante un difícil relevo que además resulte atractivo para otras formaciones como Més per Mallorca o Compromís. La confluencia con Podemos en unas generales se da por imposible.
Rufino cree que el teléfono aún no es compatible, aunque ha identificado la solución.
Rufián cree haber encontrado un enchufe para recargar ese móvil que está en las últimas, pero de momento el conector no coincide con el de nadie. En realidad, lo que atrae de esa propuesta es el propio lenguaje de Rufián. Si Abascal triunfa dirigiéndose a “la España que madruga”, el portavoz republicano sabe hablar directamente a los españoles que madrugan y a sus hijos desde una posición antagónica, pero su voz por ahora solo representa a una parte de ERC.
