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Artur Ramon resalta la herencia de la cerámica de 

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Algunas de las piezas de cerámica del maestro Antoni Cumella expuestas en la galería Artur Ramon

Algunas de las piezas de cerámica del maestro Antoni Cumella expuestas en la galería Artur Ramon

Nacho Vera

Si la cerámica no se hubiese tenido por un género menor, de no interpretarse como una suerte de acompañamiento o complemento a formas artísticas presuntamente más elevadas, hoy el nombre de Antoni Cumella (Granollers, 1913-Barcelona, 1985) sería tan célebre que la posibilidad de que un particular corriente adquiriese alguna de sus piezas –sacarlas de los museos o de manos de coleccionistas privados con recursos económicos tirando a ilimitados– no entraría en lo concebible por la mente humana. Sin embargo, eso es lo que ofrece la galería Artur Ramon Art a través de la exposición Antoni Cumella. Arquitectura de las formas (hasta el 13 de marzo), llevarse a casa –previo goce visual– una obra de arte a la que solo un enorme malentendido no ha protegido detrás de vitrinas o colocado en salones enmoquetados y forrados de madera para unos pocos ojos privilegiados.

Atento desde niño a las ollas y cazuelas que venía moldeando su padrastro, Josep Regàs, desde finales del siglo XIX, Cumella se formaría en la Escola del Treball y en París para acabar deviniendo el gran maestro de la cerámica moderna. Muy influenciado por Antoni Gaudí y Mies van der Rohe, al tiempo que por la depuración de la escuela orientalista, su trabajo con el volumen, la expresividad y el color de los esmaltes, entre otros recursos, lo llevaron a exponer por toda Europa junto a monstruos como Picasso, Miró o Chagall, y a recibir un sinfín de distinciones (premio Nacional de Artes Plásticas, la Creu de Sant Jordi o la Medalla de Oro del FAD). Entre los encargos más publicitados, realizar los murales del Pabellón de España para la Feria Mundial de Nueva York en 1964 y diseñar el tapón de la botella de brandy Conde de Osborne firmada por Salvador Dalí.

Cumella concebía sus obras cerámicas a modo de “piel expresiva”, señala Ricard Bru, curador de la exposición.

Visitar la muestra no supone solo asistir a la plasmación de los ejes de una galería que lleva a sus espaldas cuatro generaciones de anticuarios, doscientas exposiciones y una década de anclaje en su actual ubicación en el Eixample –revindicar figuras clave del arte del siglo XX, el oficio, la materia y el diálogo interdisciplinar–, sino replantearse las divisiones que tantas veces establecemos entre disciplinas artísticas o corregir cierta falta de visión para detectar sus fórmulas de integración. Y es que en Antoni Cumella. Arquitectura de las formas la cerámica arquitectónica –que no se comercializa y se expone tras cruzar un mini vestíbulo donde hallamos un conjunto de piezas inacabadas de un primitivismo hipnótico– y la cerámica de torno –desplegada en la sala central– ocupan un mismo plano de importancia. Dicho de otro modo, la pieza surgida del horno y la pieza concebida para fusionarse con el edificio surgen de pensar en ambas como respuestas creativas a la interacción entre volumen, espacio y materia.

Muestras arquitectónicas, concebidas para integrarse en edificios
Muestras arquitectónicas, concebidas para integrarse en edificiosNacho Vera

Cumella no percibía distinción entre la creación artística y la edificación, considerando sus piezas cerámicas tanto volúmenes escultóricos de espíritu rebelde como un tipo de “piel expresiva”, según afirma el curador Ricard Bru, destinado a revestir diversos planos. “En diálogo con la piedra y el hormigón –señala Bru–, la cerámica dejó de ser un ornamento, un objeto independiente para convertirse en arquitectura, una obra que forma parte de un todo integrado en la vida cotidiana”. Este texto resalta una vez más que este relato trata sobre linajes y el legado familiar de un entusiasmo, dado que el descendiente y el nieto del creador, Toni y Guillem, continúan liderando la empresa Ceràmica Cumella, alcanzando éxitos como el recubrimiento de los graderíos y el suelo del pabellón de España para la Expo de Osaka de 2025, el tejado de la Catedral de Málaga, los exteriores de los recientes locales globales de la marca Loewe, y un logro que habría fascinado al fundador y en el cual han laborado por más de diez años: la torre de Jesucristo que, muy pronto, rematará la Sagrada Família.

Lo que nos sirve en bandeja otro motivo para acercarse a la exposición: su encaje con la designación de Barcelona como Capital Mundial de la Arquitectura, algo que sin duda habría complacido a Cumella, quien a partir de los años 50 tuvo una relación estrecha con varias corrientes de la arquitectura moderna. Y “moderno” y “contemporáneo” son adjetivos que se cuelan sin descanso en la conversación/tour servida por la dueña de la galería, Mònica Ramon, tanto para enfatizar la conexión con la actualidad del artista –en el catálogo se subraya que sus formas “anticipan nociones actuales como la sostenibilidad, la interdependencia de los materiales y la fusión entre arte, diseño y entorno”– como el interés del espacio por atraer a público joven.

Situada en el interior de una vieja industria de tejidos, el espacio artístico constituye por sí solo una creación estética, presentando láminas de metal herrumbrado a los lados de la estancia central, una oscuridad tenue que incita a la introspección, intensifica la visión y subraya el carácter espiritual y trascendente de los objetos exhibidos, bajo una puesta en escena sumamente refinada. Las obras cerámicas de Antoni Cumella se hallan repartidas por un entramado de mesas del siglo XVII (atención, ¡se encuentran disponibles para compra!, un detalle que el visitante suele pasar por alto) y colocadas encima de soportes albos que logran dar relevancia a cada elemento, enfatizando los perfiles curvos, los barnices, las tonalidades cromáticas... En caso de no poder comprarlas, el mero hecho de observarlas y sentirlas habrá justificado plenamente el recorrido.

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