Ramón Larramendi, español en Groenlandia: “La presencia militar estadounidense forma parte del paisaje desde hace tiempo, pero ahora hay ansiedad ante lo que pueda ocurrir”
Entrevista
Desde 'Guyana Guardian' conversamos con Larramendi para conocer cómo se está viviendo desde dentro del país la amenaza de anexión a Estados Unidos

Ramón Larramendi, español en Groenlandia

En las últimas horas, Groenlandia vive con una mezcla de incredulidad y tensión ante la escalada de declaraciones y presiones desde el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La posibilidad de una anexión —impensable hasta hace poco— ha pasado de ser un comentario provocador a convertirse en una amenaza que inquieta a la isla y sacude también a Dinamarca y a sus aliados europeos.
Para entender cómo se está viviendo este clima sobre el terreno, hablamos con Ramón Larramendi, español afincado en Groenlandia desde hace tres décadas. Ramón llegó por primera vez a Groenlandia hace 40 años, atraído por la aventura y el alpinismo. En 1986 participó en la primera travesía española del casquete polar en esquís, cruzando la isla de este a oeste.

Al año siguiente volvió y vivió varios meses en un pequeño pueblo, donde empezó a conocer de cerca la vida local. Más tarde preparó una gran expedición circumpolar por el Ártico y pasó un año y medio en Groenlandia, aprendiendo inuit y conviviendo con comunidades de cazadores. Tras esa experiencia, decidió quedarse: se instaló definitivamente en 1995, primero como guía y después creando su propia empresa.
Desde Guyana Guardian conversamos con él para conocer cómo se está viviendo desde dentro del país, la amenaza de anexión a Estados Unidos y el día a día de un territorio que, de repente, vuelve a estar en el centro del tablero geopolítico.
¿Qué ambiente se respira ahora mismo entre la población de Groenlandia?
Ahora mismo, el país está en estado de shock. Se venía avisando de lo que podía pasar, pero una cosa es intuirlo y otra muy distinta asumir que va en serio. A mí mismo me ha costado creer que no es una broma, que es real.
Se venía avisando de lo que podía pasar, pero una cosa es intuirlo y otra muy distinta asumir que va en serio
¿Cómo se vivía en Groenlandia antes de que Trump lanzara la amenaza de anexionar la isla a Estados Unidos?
La primera propuesta planteada por Donald Trump en 2019 de adquirir Groenlandia fue un episodio distinto y en un contexto diferente. En aquel momento, se interpretó más como una señal de interés estratégico por el Ártico que como una amenaza inmediata. Lo del año pasado ya dejó claro que la cosa iba en serio, pero después se suavizó y pareció quedar como una amenaza más, algo que quizá nunca llegaría a ejecutarse. Hubo tensión durante un tiempo, pero luego el ambiente se calmó. Ahora, en cambio, se percibe que realmente puede ocurrir, incluso de forma inminente: una anexión ya no es una hipótesis lejana, sino una posibilidad concreta. Por eso hay ansiedad, desconcierto y una sensación general de alarma.

¿Qué razones explican, en su opinión, el interés de Estados Unidos en anexionar Groenlandia?
Los motivos más mencionados —la dimensión estratégica, geoestratégica y militar, y también la minería— están ahí, pero no explican por sí solos un interés tan fuerte.
En lo militar, Estados Unidos ya tiene presencia y capacidad defensiva en la zona desde hace décadas, incluso desde la Guerra Fría. Y en cuanto a los minerales, el gran problema es la rentabilidad: la minería en Groenlandia es compleja, las condiciones son duras y hoy apenas hay un par de explotaciones pequeñas, con otros proyectos cuya viabilidad no está clara.
Si tuviera que señalar un factor clave del que se habla poco, diría que es su potencial energético, sobre todo hidroeléctrico
¿Qué factor cree que sería el verdadero detonante de ese interés?
Si tuviera que señalar un factor clave del que se habla poco, diría que es su potencial energético, sobre todo hidroeléctrico. En otros lugares, desarrollar grandes proyectos hidroeléctricos es mucho más difícil por la densidad de población y las limitaciones. Groenlandia, al estar tan deshabitada, ofrece un margen distinto.
Esto encaja con el momento actual: el auge de la inteligencia artificial y del futuro tecnológico va a exigir cantidades descomunales de energía. Si Groenlandia pudiera generar energía abundante y relativamente barata, permitiría atraer industria, instalar factorías y acelerar una industrialización a gran escala.
La relación entre los groenlandeses y Dinamarca es de amor-odio. La dependencia económica hace que una ruptura total no sea sencilla
¿Hay sectores de la población a favor de la anexión a Estados Unidos?
Ahora mismo, prácticamente nadie. De hecho, solo había una persona conocida —del pueblo en el que estoy— que defendía activamente esa idea. Había participado incluso en la campaña de Trump y había estado en Estados Unidos, pero ha cambiado de opinión, ha pedido disculpas públicamente y ahora está totalmente en contra.
Sí es cierto que hubo un partido, Naleraq, el más abiertamente antidanés y el más independentista “a cualquier precio”, que en su momento planteó explorar opciones: reforzar vínculos con Estados Unidos, hablar de algún tipo de libre asociación o buscar un acuerdo más ventajoso que el actual con Dinamarca. Pero ahora, con lo extremo de la situación, esa posibilidad prácticamente ha desaparecido.

¿Cómo describiría hoy la relación entre los groenlandeses y Dinamarca?
Es una relación compleja, casi de amor-odio. Por un lado, existe un sentimiento antidanés bastante extendido, con un componente anticolonial y una idea de “descolonización”, algo que incluso han expresado líderes políticos groenlandeses. Es un sentimiento real y bastante generalizado. Pero, al mismo tiempo, Groenlandia mantiene vínculos profundos con Dinamarca: conexiones culturales, familiares e históricas. Son más de 300 años de historia compartida y la relación sigue siendo muy estrecha. De hecho, alrededor del 25% de la población groenlandesa vive en Dinamarca, y el contacto entre ambos países es constante. Por eso conviven dos cosas a la vez: el deseo de abrir una nueva etapa y, al mismo tiempo, una dependencia clara —sobre todo económica— que hace que una ruptura total no sea sencilla.
El auge de la IA y del futuro tecnológico va a exigir cantidades descomunales de energía y Groenlandia tiene un gran potencial energético
Uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente de Groenlandia fue la campaña de control de natalidad que incluyó esterilizaciones forzadas de mujeres inuit entre las décadas de 1960 y 1990. ¿Qué ocurrió exactamente y cómo se recuerda —y se vive— hoy ese capítulo en la sociedad groenlandesa?
En los años sesenta, en pleno debate sobre la sobrepoblación, Groenlandia vivió una rápida urbanización que desestructuró muchas comunidades. En ese contexto se dispararon los embarazos adolescentes y las autoridades justificaron las esterilizaciones como una forma de “control” y de evitar esos embarazos.
Hoy sigue siendo una herida enorme y abierta: se habla de miles de mujeres afectadas, una cifra muy alta para un país de unas cincuenta mil personas. Dinamarca ha pedido disculpas y ha planteado compensaciones, pero el impacto sigue muy presente.
Groenlandia está muy acostumbrada a la presencia militar estadounidense. Forma parte del paisaje y, en general, nunca ha sido un problema
¿Conoce algún caso?
No conozco a ninguna directamente, pero sí conozco a personas relacionadas con otros episodios paralelos. Hay otro drama, quizá menos visible, pero igual de duro: el de muchos niños groenlandeses que fueron llevados a Dinamarca para estudiar con familias danesas, con la intención de alejarlos de su entorno y, en cierto modo, “convertirlos” en pequeños daneses. Se los llevaron con diez u once años y pasaron allí varios años.
De ese caso sí conozco a bastante gente. Algunos perdieron el idioma y, cuando regresaron a Groenlandia, ya no lo hablaban bien. Al final, quedaron en una especie de limbo: groenlandeses que no terminaban de dominar su propia lengua.
¿Cómo se percibe la presencia militar en la isla?
Groenlandia está muy acostumbrada a la presencia militar estadounidense. Forma parte del paisaje y, en general, nunca ha sido un problema. Mucha gente ha trabajado en la base americana y no ha habido mala prensa ni rechazo hacia Estados Unidos. De hecho, durante mucho tiempo EE. UU. Tenía incluso mejor imagen que Dinamarca.
En las últimas semanas, sí se ha notado un pequeño aumento, pero más bien simbólico: se han enviado unos cien soldados más y se percibe como un gesto político, no como un cambio real en términos de defensa. En ese sentido, también se valora el apoyo europeo: esos movimientos son apreciados por la población y hacen que Europa gane peso como socio deseable, junto a Dinamarca.
¿Cree posible una invasión?
Hay que tener en cuenta cómo es Groenlandia: pueblos muy pequeños, a veces de 800 personas, totalmente aislados. Para mucha gente, todo esto suena lejano, casi irreal. Yo lo comentaba con alguien del pueblo y me decía: “¿Qué va a pasar, va a aparecer un soldado en el supermercado?”. Cuesta imaginar cómo sería una “invasión”.
La gente no visualiza en qué consistiría algo así. ¿Entrar en Nuuk, ir al Parlamento y poner a un militar al mando? No hay grandes ciudades ni “frentes”, nada que conquistar como en una guerra convencional. Puedes enviar soldados, sí, pero… ¿para qué? ¿Para dirigir algo que ya funciona? Por eso hay una mezcla de perplejidad y ansiedad. La ansiedad viene de la incertidumbre y de lo que pueda pasar en las próximas semanas. Con este “Trump 3.0”, la sensación es que podría haber un desenlace rápido y que no sería una compra ni una negociación: si ocurre algo, sería por la fuerza… y aun así cuesta imaginar cómo se haría en la práctica. Obviamente, se podría tomar la capital por la fuerza, pero no creo que eso cambie la realidad del país.

