Relatos

Cristina Carrasco, costurera: “Deberíamos ser más conscientes y reutilizar la ropa, pero si el producto es de mala calidad, no da para más”

Consciencia a la hora de vestir

La profesional lleva 42 años arreglando prendas de ropa y dándoles una nueva vida

Cristina Carrasco tiene un pequeño taller en Barcelona

Cristina Carrasco tiene un pequeño taller en Barcelona

Jara Bravo

En un mundo saturado de consumo rápido, donde las prendas se fabrican y se desechan en un suspiro, algunas piezas logran resistir el paso del tiempo gracias a la mirada experta de quienes saben devolverles vida. Cristina Carrasco Estradé, costurera y creadora del taller L’Atelier de la Cris, lleva 42 años dedicándose a ello. Su pasión por este oficio llegó de forma inesperada a su vida, pues nunca se había sentido atraída por este mundo.

“Mi madre había cosido siempre e intentaba enseñarme, pero no me apetecía demasiado. Hice una formación profesional de administración, pero entré casualmente en este mundo de la costura y me gustó más, así que nunca he trabajado de administrativa”, recuerda para Guyana Guardian. Después de trabajar en varios talleres de confección, confirmó que la costura era su vocación. “A partir de ahí, me apasionó”, admite.

El taller L'Atelier de la Cris
El taller L'Atelier de la CrisJara Bravo

Después de tanto tiempo arreglando ropa, tiene claro que su intención es dar una nueva vida a las prendas que más queremos y que encajen perfectamente con quien las lleva. Eso sí, también quiere que estos arreglos sean un acto de conciencia y resistencia frente al desperdicio y la moda efímera. 

Mi madre había cosido siempre e intentaba enseñarme, pero no me apetecía demasiado

Cristina Carrasco, costurera

“El fast fashion consume muchos recursos naturales, es una pena que hoy en día no se le dé demasiada vida útil a las cosas. Deberíamos ser conscientes y optar por una moda más sostenible, reciclar y reutilizar, pero si el producto es de mala calidad, no da para más”, reflexiona Cristina.

La diferencia en la calidad

Su perfeccionismo y ojo crítico le permiten observar la diferencia entre la ropa industrial y la confeccionada con calidad. Las costuras correctas y las telas bien tratadas se convierten en un testimonio de la calidad de una pieza. “Hay diferencias entre un tipo de confección y otro. Se nota mucho en la calidad de la confección y de los tejidos”, cuenta.

Cristina lleva en este oficio 42 años 
Cristina lleva en este oficio 42 años Jara Bravo

El truco es fijarse en los detalles. “Principalmente, valoro mucho una buena confección, que los repuntos sean constantes sin diferencia, que los acabados de los hilos, rayas y cuadros estén alineados, que tenga una buena estructura...”, enumera. Después de tantas décadas tratando con telas, Cris lo detecta enseguida. “Acostumbro a encontrar defectos, sí”, admite.

Los arreglos, una forma de rebeldía

En un contexto de moda producida en masa, hacer arreglos en la ropa en lugar de desecharla se convierte en una forma de resistir al ritmo vertiginoso de la sociedad. “Evidentemente, es una forma de rebeldía de la que estamos siendo más conscientes”, afirma antes de añadir: “Es que no se puede tirar todo. Si una pieza ya no nos gusta, se puede modificar para adaptarla a las nuevas necesidades o estilos”.

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En esta ‘lucha’ contra el fast fashion, la costurera ha destacado el papel esencial de la gente joven. “Hay muchos jóvenes que arreglan la ropa, se quieren ver bien y es difícil que una confección sea perfecta”, expresa. Esta curiosidad por dar una nueva vida a la ropa nació durante el confinamiento. “Hay una juventud muy curiosa, que tiene ganas de aprender. Con la pandemia, se puso muy de moda el handmade y quieren hacer cositas”, explica.

La historia de Cristina demuestra que la costura puede ser mucho más que un oficio. “Es un trabajo que a mí me ha dado muchas satisfacciones, nada monótono. Siempre te hace pensar en la mejor solución para terminar un arreglo y me ha llevado a conocer a mucha gente fantástica”, dice. Puede convertirse en una herramienta para prolongar la vida de la ropa, valorar el trabajo artesanal (que se va perdiendo) y tomar partido frente a un consumo desmedido. Su labor invita a tratar las prendas como algo más que un objeto, sino como parte de nuestra identidad y esencia.