Kiwon Kim Lee, dueño del restaurante coreano más antiguo de Barcelona: “Al principio no quería esta vida, mis padres trabajaban más de 12 horas y sólo libraban un día y era para ir a la iglesia”
Locales con historia
Fundado en 1993, el San Kil es un local afianzado en el barrio de Gracia que ahora, al mando de la segunda generación, fusiona la cocina coreana con la catalana

Kiwon Kim, chef de 35 años, luciendo el logo de su restaurante en el hombro de su devantal

En Parásitos (2019) o Memories of a Murder (2003) , películas que pusieron el cine coreano en el centro del mundo, la comida siempre tiene un rol representativo muy importante. En la primera, es un símbolo de estatus social donde un plato de ram-don con carne premium encarna una cena cotidiana de una familia adinerada , mientras que en Memories of a Murder (2003) los agentes hacen sus pausas en puestos de comida casera para discutir el complejo asesinato. Diferentes conceptos y un eje común: la comida en cantidad, compartida y entendida como un momento de distensión entre vasos de soju.
A miles de kilómetros de Seúl, en el barrio de Gràcia de Barcelona, ese placer compartido lleva más de treinta años sirviéndose con convicción en el San Kil, el restaurante coreano más antiguo de Barcelona. Allí creció Kiwon Kim Lee entre fermentados y jornadas interminables de sus padres, fundadores del local en 1993, sin imaginar que algún día acabaría tomando el relevo.
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''Al principio no quería esta vida, mis padres trabajaban más de 12 horas y sólo libraban un día y era para ir a la iglesia”, admite el chef del San Kil. Probó otros caminos —''estudié sonido, quería ser artista, cogiendo el mismo camino que mi hermana''— y no tenía claro hacia dónde tirar hasta que en 2010 visitó una escuela de hostelería en Barcelona. ''Me pareció brutal los diferentes espacios que tenían para cada tarea; pensaba que sería mucho más teórico, pero enseguida supe que quería formarme”,explica sobre aquel punto de inflexión que lo llevó a formarse y, con los años, a pasar por cocinas como Àbac o Disfrutar.

Al principio no quería esta vida, porque era muy sacrificada, mis padres solo libraban un día y lo usaban para ir a la iglesia
La historia de San Kil empieza mucho antes. Sus padres se conocieron en Barcelona. ''No es que fuera algo forzado, pero en Corea no había expectativas económicas y a mi padre le atraía España y mi madre vino después porque tenía un primo trabajando aquí, al cabo del tiempo se conocieron y se enamoraron”, recuerda.
El padre de Kiwon llegó en 1980 a la ciudad condal con una mano delante y otra detrás. “Algo de cocina había hecho antes en Corea, pero no era su profesión”, admite Kiwon. Estuvo varios años trabajando en otros locales de la ciudad antes de fundar su propio proyecto. “Al principio no fue fácil, de los gigantes asiáticos, Corea es el menos conocido, la comida llegó como algo muy extraño”, cuenta Kiwon, que con 3 años ya pasaba largas horas viendo a sus padres trabajar en el local.

Al principio no fue fácil, de los gigantes asiáticos, Corea es el menos conocido, la comida llegó como algo muy extraño
Tras escalar en la hosteleria de aprendiz hasta jefe de cocina, se veía asesorando en un gran restaurante y tenía un proyecto personal en mente para Bilbao: alta cocina en petit comité. Pero una ruptura con su expareja forzó su regreso a Barcelona. “Volví a Barcelona con las manos vacías y frené la venta del restaurante de mis padres”, revela.
Ahora, Kiwon dirige el San Kil con su propia mirada. De pequeño creció entre dos culturas gastronómicas y ahora las fusiona en su restaurante de la calle Legalitat. En la carta conviven clásicos coreanos con reinterpretaciones como un fricandó con soja dulce y setas shiitake o croquetas de kimchi. “Es una manera de introducir los clásicos coreanos con suavidad y diferenciarme de los restaurantes clásicos, no todos podemos hacer lo mismo”, revela.
Hacia la alta cocina sin levantar los pies del suelo
Los clientes coreanos, asegura, también salen satisfechos cuando optan por los platos más clásicos. ''Es lo que buscan cuando salen fuera de casa'', dice. Pero el público mayoritario es local, vecinos del barrio que han hecho de San Kil un espacio distendido para compartir platos grandes y botellas de soju en mesas de madera.
A Kiwon le gusta sentir que ha contribuido al tejido del barrio. “Tengo clientes locales recurrentes, de momento no pienso en abrir más locales, quiero mejorar el que ya tengo”. El chef quiere incorporar la alta gastronomía sin volver su carta un lujo. “Quiero acercarme al 'fine dining', que es un poco lo que he estudiado, poner menús degustación, pero sin disparar los precios porque siempre hemos sido muy asequibles y esa es nuestra esencia”, cocnluye. Entre la memoria familiar y la ambición culinaria, San Kil sigue siendo una historia de arraigo coreano con acento barcelonés.
