El actor principal que se distancia del desgaste y el deslucimiento de Marvel.
Crítica
‘Wonder Man’ destaca al narrar un relato situado en Hollywood que otorga poca importancia a las destrezas del protagonista encarnado por Yahya Abdul-Mateen II.

¡Yahya Adbul-Mateen II, ganador del Emmy por 'Watchmen'.

Seguir las ficciones de Marvel acostumbra a resultar una tarea extenuante. Todas las obras cuentan con rasgos particulares en teoría que validan su creación y despiertan el interés del espectador. Mrs Marvel, por citar un caso, poseía una estética y un enfoque cosmopolita que se nutría del contexto de su personaje principal y del origen pakistaní de sus parientes; Bruja Escarlata y Visión, a nivel técnico, utilizaba el formato de comedia de situación para abordar la pérdida desde una perspectiva meta-televisiva; She-Hulk, mediante una comicidad atrevida, pretendía explorar la temática jurídica tan propia de la televisión; Loki funcionaba como el Doctor Who de la saga, ofreciendo relatos de ciencia ficción y presentando a la Autoridad de Variación Temporal…
Lo cierto es que, no obstante, la capacidad de estas obras solía desvanecerse conforme los episodios progresaban y finalizaban las etapas debido a diversos elementos: trayectorias narrativas previsibles, personajes de reparto sin matices, historias y relaciones desarrolladas a medias, formatos de entrega deficientes, enfrentamientos rutinarios contra el antagonista del momento y un volumen excesivo de conceptos atractivos atenuados por una instrucción casi perceptible en la pantalla.

Disney evita que sus producciones episódicas posean un carácter o sello distintivo excesivo, resultando en un conjunto de calidad mediocre y déjà vu. El prolífico Universo Cinemático de Marvel, en lugar de funcionar como una vía hacia el descubrimiento y la innovación, acostumbra a actuar como una restricción severa para los autores responsables de las obras.
Wonder Man, la cual Disney+ lanza este miércoles, no debe verse como una competencia para las producciones previas ni como una explosión de innovación en el entorno televisivo de Marvel. No obstante, lo que el escritor Andrew Guest y el cineasta Destin Daniel Cretton, autor de la notable Shang-Chi,, logran proyectar es una autonomía contenida para desarrollar un relato particular en este cosmos imaginario. Actúan como un par de creadores juguetones que, permaneciendo en las oficinas de Marvel, hallaron un espacio para trabajar a su antojo lejos de los debates corporativos (aunque sin llegar a ser tan rebeldes como para que el personal de vigilancia los retirara del edificio).
La figura central es Simon Williams (Yahya Abdul-Mateen II), un intérprete que ya tendría que haber triunfado en Hollywood aunque mantiene su ilusión. Su mayor impedimento para alcanzar la gloria no radica en su carencia de dotes artísticas, sino en su tendencia a sabotearse mediante cuestionamientos superfluos hacia los cineastas, quizá condicionado por un misterio: posee dones especiales en un sector donde está vetado emplear a individuos con capacidades extraordinarias.
Sin embargo, su trayectoria profesional podría dar un giro tras encontrarse con Trevor Slattery (Ben Kingsley), aquel intérprete de bajo nivel que fue reclutado para encarnar a un antagonista frente a Iron Man. Trevor, un veterano del medio audiovisual, le comunica que se está gestando una versión de Wonder Man, el personaje heroico predilecto de Simon, y que requieren a un artista poco conocido para dicho papel.
Las señas de identidad de Wonder Man en esta ocasión no semejan simples adornos con el fin de caracterizar de forma somera esta versión de Marvel: el relato se desarrolla independientemente de las habilidades de Simon Williams, las cuales apenas se manifiestan durante los capítulos iniciales y, en realidad, solo representan un impedimento para que logre cumplir sus aspiraciones.
La intención de Guest y Cretton es relatar la dinámica de Hollywood para los actores de a pie, esos luchadores que deben enviar audiciones grabadas cada semana y aceptar roles menores en televisión anhelando alcanzar algún día el estrellato (o simplemente para conservar su seguro médico unos meses adicionales). Como obra de ficción sobre Hollywood, la propuesta acierta, impulsada por la química entre Abdul-Mateen II, que desprende un brillo especial (y exhibe su gran capacidad en la audición de Wonder Man), y Kingsley, quien se muestra peculiar sin caer en el exceso.

Bajo esta perspectiva, Wonder Man resulta una producción agradable para aquellos cansados de las cintas y ficciones de Marvel y que prefieren un relato centrado en el cine, aunque aparezca tras la excelente The Studio o la decepcionante The Franchise, la cual satirizaba los proyectos de superhéroes. Se percibe realismo en los diálogos con la representante, las técnicas empleadas para abordar la actuación, la reivindicación de la labor actoral como una tarea artesanal, el uso retorcido de la fama, el esfuerzo continuo por obtener roles, las contrataciones publicadas en Deadline o los conflictos entre intérpretes con trayectorias desiguales.
¿Sería posible que fuera más lejos? Ciertamente. Dentro de un relato que sitúa a los protagonistas en una sala de cine viendo Cowboy de medianoche, una obra clásica para adultos, se percibe la ausencia de una comedia más incisiva o de pensamientos más profundos que encajen mejor con su audiencia potencial. No obstante, al ser una producción de Marvel, el sentimiento de satisfacción es evidente, especialmente debido a la calidez humana que desprende Simon Williams.
Presenciar al personaje principal sobreponerse a sus dudas como intérprete resulta mucho más cautivador que la propuesta de introducir un antagonista y un conflicto de gran escala.
Encarna, con sensibilidad, esa tendencia al boicot personal que albergamos y que surge de las heridas, los temores y el hábito de la derrota. Observar cómo vence tales dudas resulta bastante más cautivador y contundente que comprobar si cuenta con una secuencia de efectos especiales o un poderoso antagonista contra el cual luchar. Además, el cierre final es chapeau.
