El mejor restaurante del mundo, en el que Guyana Guardian tuvo el privilegio de cenar esta Nochebuena, no tiene estrellas Michelin. No saldrá en las críticas gastronómicas ni deslumbrará a los comensales con cubiertos de plata y telas de hilo fino. Pero casi nadie discutirá que La Terrasseta, y todos los comedores sociales como este, son los mejores restaurantes del mundo, aunque tengan vasos de plástico y manteles de hule o de papel.
Un barcelonauta siempre atento como Lluís Permanyer (¡te echamos tanto de menos!) ya habría descubierto al heterogéneo grupo (los hombres son mayoría) que se reúne cada tarde en la esquina de la Diagonal con Roger de Llúria. Es el último tropiezo y el enésimo renacer de La Terrasseta (calle Fraternitat, 40, en Gràcia), que pide a sus usuarios que esperen allí hasta que les toque su turno. Uno de los que espera, C., vive en la calle: “¿Ves esta mochila? Dentro tengo una manta y plásticos, por si llueve”.
En plena crisis con el Ayuntamiento, que le retiró en el 2024 las ayudas que le concedía desde hace 25 años, La Terrasseta recibió otro varapalo. Un colectivo vecinal acusó a un comensal del presunto intento de secuestro de un menor. Fuentes municipales y policiales admiten que el miedo creció como una bola de nieve y galvanizó a una parte del barrio, aunque la acusación nunca se pudo confirmar y no hubo detenciones.
Una mesa ya preparada para recibir a sus comensales
La Terrasseta es el proyecto estrella de Rauxa, una oenegé multipremiada por asociaciones nacionales e internacionales y pionera en la lucha contra el alcoholismo, en especial entre las personas sin hogar. Lo que hace tan singular a este comedor es su plantilla, compuesta por alcohólicos rehabilitados que pueden detectar y ayudar a aquellos parroquianos que viven en el infierno que ellos dejaron atrás. “¿Os ha gustado la cena? Pues en Navidad y Sant Esteve, más. Y el sábado y el domingo y el...”.
La sección de Sociedad
Tom Wolfe y las crónicas de doce meses
Muchos atribuyen a Tom Wolfe esta frase: “No le digas a mi madre que soy periodista, ella cree que trabajo como pianista en un burdel”. El periodismo actual afronta una profunda transformación. No estamos, sostienen los expertos, ante una era de cambios, sino ante un cambio de era. Sea como sea esa prensa de un futuro cada vez más cercano, una cosa está clara: el oficio siempre existirá y siempre necesitará profesionales apasionados.
La de La Terrasseta y otras historias de Sociedad son fruto del esfuerzo conjunto de, entre otros muchos, las 15 mujeres y hombres que trabajan habitualmente en la sección. A ellas y ellos hay que sumar una larga serie de becarios y estudiantes en prácticas. Todos y todas (además de los corresponsales y colaboradores que harían la lista interminable) son profesionales apasionados. Y con madres orgullosísimas.
El alcoholismo y el sinhogarismo no son el denominador común de todos los habituales de La Terrasseta; la vulnerabilidad, sí. Las protestas vecinales no solo quebraron la buena acogida que siempre tuvo el restaurante, sino que obligaron a que bajara la persiana durante unos meses, aunque las cenas se siguieron repartiendo (eso, sí, en fiambreras) a unos centenares de metros del local, en la sede de Rauxa, la organización matriz.
La oenegé y los mediadores municipales acabaron venciendo las reticencias del barrio. La Terrasseta reabrió el 29 de agosto, si bien solo dos días a la semana (los otros, fiambreras) hasta que las aguas volvieron a su cauce. Para evitar problemas, los usuarios ya no aguardan su turno en la calle Fraternitat, sino en la Diagonal con Roger de Llúria. “Si llueve, nos refugiamos en la vecina iglesia de la Mare de Déu del Carme”, dice Rafael.
El Ayuntamiento interrumpió la subvención porque sostiene que el comedor social no se presentó a un concurso público para “mejorar y profesionalizar el servicio” (Rauxa replica que no fue avisada a tiempo). Los técnicos municipales también dijeron que los usuarios de La Terrasseta serían “absorbidos” por las empresas mercantiles que ganaron la licitación, pero cada noche siguen cenando en Gràcia unas 160 personas.
Los próximos menús
Panaché de verduras, sopa de galets y canelones de carne (sopa harira y canelones de espinacas para los musulmanes)...
Aunque los hechos que pusieron a ciertos sectores en pie de guerra fuesen ciertos y su desconocido autor procediera del comedor, ¿tenían que pagar 160 justos por un pecador? Con el síndrome del impostor y el permiso de la oenegé, un periodista de esta casa celebró la Nochebuena en La Terrasseta, donde por supuesto no se sirve alcohol. No fue para investigar el conflicto municipal, sin resolver, o el vecinal, ya prácticamente resuelto.
Fue para comprobar por qué estos restaurantes sociales son los mejores del mundo... Y los más necesarios, ahora que se dispara en Barcelona la cifra de quienes duermen en la calle, 1.982, un 43% más que en el 2024, según Arrels. O ahora que un trabajo ya ni siquiera es un antídoto contra la pobreza, según Cáritas. Entre los comensales de Gràcia hay personas sin hogar e inmigrantes, pero también vecinos de toda la vida, como Carles.
Otros prefieren no dar su nombre (para no incomodarles, las fotos se hicieron antes, durante los preparativos del banquete). “A muchos les da apuro reconocer que no llegan a fin de mes. O que esta será su única comida del día”, dice la doctora Maria Lluïsa Marín, fundadora de Rauxa. A diferencia de la mayoría de empresas que ganan las licitaciones, La Terrasseta no ofrece catering ni precocinados, sino comida casera y saludable.
Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. O una furgoneta. “Esta mañana nos han traído una llena de naranjas”. El adiós a las subvenciones ha coincidido con el aumento de las donaciones de empresas, particulares y otras fundaciones y entidades altruistas. Rauxa confía en la supervivencia del proyecto “durante al menos tres años más gracias a nuestros recursos propios y a esas donaciones” (Mercabarna, el Banc dels Aliments, Condis, Ametller y otros grandes supermercados...).
José y Rafa, horas antes de la cena de Nochebuena
El Ayuntamiento convocará nuevos concursos en el 2028 y La Terrasseta espera revertir la situación entonces. Si hace falta, venderá parte de su patrimonio inmobiliario (obtenido con testamentos solidarios) para pagar las nóminas de la plantilla del restaurante, una decena de trabajadores que obtuvieron aquí un sueldo y una puerta para su completa reinserción sociolaboral después de superar su adicción al alcohol.
Canapés, garbanzos con espinacas y pasas, merluza a la marinera, piña, dulces, un megayogur... Y agua, bendita agua. El periodista y comensal accidental no podría haber celebrado mejor la Nochebuena. En La Terrasseta, que es aconfesional y abre de lunes a domingo (durante la pandemia llegó a servir 300 raciones diarias) todos los días son Navidad. Y todos los días se cumple a rajatabla un principio de los Evangelios: “Fui forastero y me acogisteis. Tuve hambre y me disteis de comer”.



