Sociedad

Me veo gorda

Entre nosotras y nuestras hijas hay un camino delicado que no siempre recorremos con cuidado: el de aprender a aceptarse.

Chicho Ibáñez Serrador, creador del 'Un, dos tres...', rodeado de las azafatas del popular programa de televisión, en una fotografía de archivo. 
Chicho Ibáñez Serrador, creador del 'Un, dos tres...', rodeado de las azafatas del popular programa de televisión, en una fotografía de archivo. LV

Cuando leí hace unos días en este diario que cada vez hay más niñas de doce años con anorexia, algo se rompió. Las redes sociales influyen, sin duda. Pero no explican todo. También hemos normalizado que el cuerpo es un problema que hay que corregir. ¿Y si esa idea no aparece sola?

Durante años creímos haber avanzado. Las mujeres podemos llegar a espacios antes vedados: a la Luna, a los consejos de administración, a los gobiernos. Sin embargo, el espejo no ha parado de fustigar. Me pregunto cuántas se sienten de verdad cómodas con su imagen y qué huella deja eso en sus hijas, cuando las hay.

Quienes fuimos adolescentes en los ochenta crecimos con la certeza que el cuerpo se juzgaba. No hacía falta que nadie lo explicara. Compararse era automático y casi siempre salía mal.

Entonces mandaban las revistas y la televisión. Un único modelo, repetido hasta parecer natural. Todo lo demás quedaba fuera. Veíamos a las azafatas del Un, dos, tres…, o a las mamachichos, y captábamos el mensaje al instante: esas eran las curvas a las que había que aspirar, por imposibles que fueran. El cuerpo empezaba, con quince años, a sentirse insuficiente.

¿Y si la idea de que hay que corregir el cuerpo se hereda de madres a hijas? 

Hace tres décadas ya sabíamos cómo manejarnos. “Me veo gorda”. Comer menos. Vigilar el peso. Meter tripa en las fotos. Medirnos con las demás.

Con la madurez, algunas dejamos atrás tanta gilipollez. Aprendimos a gustarnos, con nuestras imperfecciones. Aunque no todas lograron desprenderse de su insatisfacción ni de la vergüenza.

Hoy muchas continúan obedeciendo las viejas reglas no escritas. Hay mujeres adultas, bellas, formadas, a menudo madres, imperfectas, que siguen controlando la comida y celebran adelgazar como si fuera una prueba de carácter. Como una victoria íntima contra ese espejo que les devuelve una imagen distorsionada de sí mismas. Y alrededor, una industria entera empeñada en recordarlo sin descanso y en ofrecer soluciones rápidas, inmediatas e inyectables.

Esa forma de relacionarnos con nuestra imagen ha demostrado ser tenaz con el tiempo. Si eres mujer, casi nunca basta. Siempre hay algo que sobra, que falta o que debería cambiar. No, esa idea no aparece sola. Se aprende. Se transmite, tantas veces sin querer. Se hereda de madres a hijas en los gestos automáticos, en los reproches que hacemos delante del espejo o en lo que decimos durante una comida en familia.

Cuanto antes se aprende una idea, más cuesta dejarla atrás. Ya es hora de reconocer que estábamos equivocadas.

Susana Quadrado Mercadal

Susana Quadrado Mercadal

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Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1