Las redes sociales ayudan a las sectas a captar y controlar a sus adeptos
Sociedad
Los evangelizadores que iban puerta a puerta han sido sustituidos por influencers online

Muchas de las sectas no se presentan como movimientos religiosos, utilizan el lenguaje del bienestar, el propósito vital y el autocontrol

Todo empezó como otro juego de nicho en Roblox, una plataforma de videojuegos estadounidense. Los jugadores vagaban por bosques oscuros, intercambiaban pistas y charlaban mientras exploraban. Dentro de estos espacios, un grupo de adultos llevó a algunos menores a Discord, un servicio de mensajería online. Les aseguraron que el símbolo geométrico del juego poseía un poder real y que podía conectarles con un “estado superior”. Para entrar en el círculo interno del grupo, era necesario demostrar lealtad. Se pidió a los niños que grabaran vídeos cumpliendo una serie de tareas. Al principio, los desafíos parecían inofensivos. Con el tiempo, fueron volviéndose más invasivos, hasta el punto de que algunos menores fueron obligados a grabarse el símbolo en la piel.
Incidentes como este ilustran cómo internet ha cambiado la forma en que funcionan las sectas, sustituyendo a los evangelistas puerta a puerta y a los predicadores callejeros del pasado por influencers, coachs de vida y supuestos sanadores en la red. Estos nuevos líderes sectarios buscan a sus víctimas donde son más vulnerables: solas en internet.
El resultado ha sido un notable aumento de la actividad sectaria. Miviludes (Misión interministerial de vigilancia y lucha contra las derivas sectarias), el organismo gubernamental francés encargado de vigilar las “derivas sectarias”, registró más de 4.500 denuncias de posible actividad sectaria en 2024. El número de estas alertas (que no equivale al número de grupos, sino de avisos) fue más del doble que el contabilizado en 2015. La mayoría estaban relacionadas con comunidades que tenían actividad en línea. La International Cultic Studies Association (ICSA), una red global de investigadores especializados en grupos coercitivos, hace un seguimiento actualmente de más de 4.000 de estos grupos en todo el mundo, frente a los aproximadamente 2.000 que se registraban en los años 80.
Las sectas suelen presentar cuatro características que las diferencian de los grupos corrientes. La primera es la presencia de un líder carismático que afirma tener un acceso especial a la verdad o al poder y que, con frecuencia, es narcisista o mesiánico. La segunda es un sistema de creencias que promete transformación o salvación, ya sea a través de un despertar espiritual, una salud perfecta o el éxito material. La tercera es un sistema de control que impone normas que minan la autonomía de las personas, a menudo mediante el agotamiento, la vigilancia o la humillación, como pruebas de lealtad preparadas de antemano. La cuarta es un sistema de presión social que castiga la duda y a quienes deciden marcharse, utilizando para ello la exclusión, la intimidación o la pérdida de los lazos familiares y comunitarios. Todos estos elementos pueden reproducirse en internet, donde resultan más difíciles de detectar y donde los captadores pueden acceder con mayor facilidad a un gran número de personas.
Internet no solo ha incrementado el número de sectas. También las ha fragmentado, asegura Carlos Bardavío, abogado español especializado en casos relacionados con grupos coercitivos. Mientras que antes trataba con unos pocos grupos bien definidos, ahora recibe consultas vinculadas a decenas de pequeños grupos. En 1978, una encuesta de ICSA contabilizó unos 400 exmiembros repartidos en solo 40 organizaciones. En su última encuesta, más de 900 exmiembros estaban distribuidos entre 540 grupos.
Los jóvenes están muy expuestos: uno de cada cinco casos en Francia en 2024 afectaba a un menor
Los jóvenes están especialmente expuestos, según Etienne Apaire, presidente de Miviludes. Pasan más tiempo en internet, son más impresionables y tienen menos capacidad que los adultos para detectar la manipulación. Casi uno de cada cinco casos registrados en Francia en 2024 afectaba a un menor. Un informe de Europol, la agencia policial de la UE, advierte del aumento de sectas en línea que coaccionan a adolescentes para que cometan actos violentos.
Muchos de estos movimientos no se definen como religiosos. En su lugar, utilizan el lenguaje del bienestar, el propósito vital y el autocontrol. Las terapias alternativas vivieron un auge durante la pandemia, cuando el miedo y el aislamiento hicieron que la gente estuviera más receptiva a las promesas de sanación y control. Algunos grupos aseguran que pueden curar la ansiedad o el dolor crónico; otros ofrecen “transformación”, prosperidad o una “segunda vida” a quienes se entregan por completo.
Una vez captados, los seguidores acaban volviéndose dependientes. Como ocurre en las sectas tradicionales, los primeros pasos parecen inofensivos: un ritual, una videollamada, una charla sobre el progreso. Sin embargo, pronto las exigencias aumentan. La duda se presenta como una debilidad. Al final, el grupo se convierte en su principal fuente de validación, explica Laura Merino, psicóloga especializada en el tratamiento de víctimas de manipulación sectaria. Los algoritmos de las redes sociales refuerzan esa dependencia, proporcionando a los usuarios un flujo constante de contenidos que presentan la visión del grupo como la única realidad.
Algunos grupos, como el de Roblox, acaban recurriendo a la violencia. Otros se aprovechan económicamente de sus seguidores. En 2021, Robert Shinn, un autoproclamado pastor y representante artístico, reclutó a jóvenes bailarines a través de sesiones de estudio bíblico en línea y promesas de “mentoría creativa”. Después, supuestamente, les presionaba para que se trasladasen a viviendas bajo su control, limitaba el contacto con sus familias y vigilaba sus mensajes. También se habría hecho cargo de sus ingresos, alegando que entregarles su dinero era una prueba de devoción y un camino hacia el crecimiento espiritual, según los documentos presentados ante un tribunal de California en la demanda interpuesta por antiguos miembros de su grupo. Shinn ha negado haber cometido irregularidad alguna y afirma ser víctima de una “campaña de difamación”.
Durante mucho tiempo, los expertos han debatido dónde trazar la línea entre una comunidad cohesionada, una religión marginal y una secta abusiva. La mayoría se presenta como iglesias inofensivas, programas de coaching o grupos de bienestar. Esta tarea se ha vuelto aún más difícil a medida que ha crecido el interés público por las sectas. Grandes plataformas de streaming como Netflix y HBO han emitido documentales, entre ellos uno sobre Shinn. Sin embargo, el uso indiscriminado del término “secta” dificulta como nunca antes diferenciar entre formas intensas de seguimiento y una auténtica coerción, afirma Adam Scott Kunz, de la Universidad de Wisconsin-Eau Claire. En una encuesta de YouGov realizada para The Economist, el 42% de los encuestados afirmó que MAGA [el movimiento trumpista Make America Great Again] es una secta, el mismo porcentaje que opinó lo mismo de QAnon, un movimiento conspiranoico incoherente. De forma absurda, muchos consideran también que los partidos políticos e incluso las hermandades universitarias son sectas.

Los gobiernos han adoptado enfoques muy distintos para afrontar el problema. Francia es el país que ha ido más lejos, creando nuevos delitos pensados para sancionar la manipulación psicológica. Una ley aprobada en 2001 tipifica como delito el “abuso fraudulento de debilidad” y permite a los fiscales actuar contra líderes que explotan a seguidores vulnerables. Una reforma aprobada en 2024 amplió esta protección al prohibir la “subyugación psicológica”, definida como cualquier esfuerzo deliberado para privar a una persona de su libre albedrío. Bélgica ha adoptado un marco legal similar. España también reconoce explícitamente las “sectas coercitivas” en su código penal. En el extremo opuesto están países con sólidas garantías para la libertad de creencias, como Estados Unidos.
Hasta dónde debe llegar la ley es una cuestión delicada. Moira Penza, exfiscal del estado de Nueva York, advierte de que las leyes dirigidas contra la manipulación mental corren el riesgo de criminalizar comunidades excéntricas o creencias religiosas poco convencionales. Un estudio sobre los casos de “sectas” en Bélgica concluyó que el 93% de las investigaciones se archivaron sin acciones legales por falta de delito.
La manera de abordar las organizaciones de tipo sectario sin vulnerar la libertad de creencia es procesarlas por delitos demostrables —como trabajo forzado, violación, fraude, extorsión o chantaje—, según sostiene Penza. Incluso así, enjuiciar estos casos rara vez es sencillo. Las víctimas a menudo parecen haber actuado de forma voluntaria: se unieron por propia voluntad, obedecieron órdenes y, en ocasiones, defendieron públicamente a su líder.
Penza se enfrentó a estos retos como fiscal principal en un caso contra NXIVM, una empresa que afirmaba ofrecer cursos de liderazgo y desarrollo personal en el norte del estado de Nueva York. Sin embargo, también coaccionaba a mujeres para que participaran en relaciones de “amos y esclavas”. Su fundador, Keith Raniere, fue condenado a 120 años de prisión por abuso sexual a una menor, trabajos forzados y crimen organizado.
La tarea más difícil, según Penza, fue mostrar a los miembros del jurado cómo el miedo y el control pueden hacer que las personas obedezcan en contra de su voluntad. Bardavío señala que existía una incomprensión similar en torno a la violencia contra las mujeres: la gente preguntaba “¿por qué no se fue?”, hasta que la investigación demostró cómo el miedo y la dependencia pueden minar la autonomía. Las sectas emplean métodos parecidos: aíslan a los miembros, los agotan y alternan muestras de afecto con castigos para quebrar su resistencia.
El trauma agrava la dificultad de llevar estos casos ante la justicia. Muchas víctimas solo se atreven a hablar años después de haber escapado, cuando los recuerdos están fragmentados y los plazos legales pueden haber expirado. Muchas temen represalias por parte del grupo. Al mismo tiempo, la frontera entre víctima y verdugo se difumina con frecuencia: quienes sufrieron daños a menudo también contribuyeron a causarlos, afirma Penza.
La prevención puede ser la respuesta más eficaz. Enseñar a los jóvenes cómo funciona la manipulación podría hacer que sean menos vulnerables. Las campañas contra la violencia de género ofrecen un precedente: las clases sobre poder y control ya forman parte habitual en los colegios, lo que ayuda a las víctimas a identificar el daño antes.
También es necesario reforzar el apoyo a los supervivientes. Muchos siguen guardando silencio, frenados por el estigma y la falta de asesoramiento psicológico o ayuda legal especializada. Los exmiembros de sectas suelen no recibir protección de la policía ni del sistema judicial tras abandonar el grupo, afirma Alexandra Stein, presidenta de la Family Survival Trust, una organización sin ánimo de lucro que ofrece información sobre sectas. Además, existe una asombrosa escasez de psicólogos formados para tratar traumas relacionados con las sectas. Merino—una de las pocas especialistas en España—afirma que atiende a más de 150 pacientes al año y rechaza a decenas más por falta de capacidad.
Los gobiernos están regulando las redes sociales de manera más estricta, un enfoque que también podría limitar el alcance de los grupos coercitivos. La prohibición en Australia del uso de las redes sociales por parte de menores, por ejemplo, refleja la creciente preocupación por los riesgos que pueden suponer estas plataformas. Merino también ha percibido un aumento de profesionales que buscan formación en manipulación sectaria, un ámbito que hasta hace poco se ignoraba. Como ocurrió en su momento con el maltrato doméstico, las sociedades están aprendiendo que el control no tiene por qué implicar cadenas físicas. Las mentales también atan.

