Por qué los niños prodigio rara vez se convierten en profesionales de élite
Educación
Un estudio contradice la creencia popular de que los jóvenes talentos que reciben una formación intensiva desde pequeños son los que triunfan en la edad adulta

La formación intensiva precoz no conduce necesariamente a la élite en la edad adulta

Novak Djkokovic cogió por primera vez una raqueta de tenis cuando tenía cuatro años. A los 12 dejó su Serbia natal para ingresar en una academia de tenis en Alemania. Ganó su primer gran título —el Abierto de Australia de 2008— con solo 20 años. Hoy suma otros 23 títulos de Grand Slam y ha pasado más tiempo como número uno del mundo que ningún otro jugador.
La ilustre carrera de Djokovic encaja con una idea común de la excelencia humana: un niño prodigio, formado de manera intensiva desde sus primeros años, que acaba conquistando el campo que ha elegido. Sin embargo, un artículo publicado en Science a finales del año pasado sugiere que quizá sea más una excepción que la regla. Según sus conclusiones, los mejores profesionales, en campos muy diversos más allá del deporte, suelen seguir un camino bastante diferente.
Este estudio, dirigido por Arne Güllich, científico especializado en deporte de la RPTU Universidad de Kaiserslautern-Landau, en Alemania, analizó datos de más de 34.000 profesionales de élite de diversas disciplinas, como el deporte, el ajedrez, la música clásica y el ámbito académico. El estudio concluye que, aunque suelen alcanzar un nivel destacado, los adolescentes que reciben una formación intensiva y que despuntan muy pronto tienden a no convertirse en verdaderas superestrellas en la edad adulta. En cambio, quienes sí lo logran no suelen llamar la atención en las primeras etapas. Tardan más en alcanzar su máximo nivel y parecen mantener durante más tiempo un abanico de intereses más amplio.
No es casualidad que tanto Güllich como uno de sus coautores sean científicos deportivos (los otros dos son psicólogos). El deporte es un buen laboratorio para estudiar cómo se desarrolla la excelencia. No faltan voluntarios, en forma de jóvenes con talento que sueñan con alcanzar la élite. El rendimiento es fácil de medir. Y, dado que detectar futuras estrellas es fundamental para los equipos profesionales, existen muchas academias juveniles bien financiadas.
El rendimiento temprano no es un predictor fiable de los resultados en la edad adulta
La creencia generalizada, y la lógica en la que se basan las academias, sostiene que la mejor manera de formar a los jóvenes con talento es identificarlos pronto y someterlos a un entrenamiento intenso y constante. Sin embargo, gran parte de la investigación que respalda este enfoque solo había analizado a deportistas de nivel escolar o universitario, según señala Güllich. No habían hecho un seguimiento de los sujetos hasta sus carreras profesionales en la edad adulta.
Sin embargo, algunos estudios más recientes sí lo han hecho. Güllich y sus colegas los recopilaron y encontraron el origen de su nueva hipótesis, ya que todos estos estudios coincidían en que la creencia generalizada era errónea y que el rendimiento temprano no era un predictor fiable de los resultados en la edad adulta. Impulsados por este descubrimiento, ampliaron el análisis más allá del ámbito deportivo y llegaron a conclusiones similares.
Reunir datos de otros campos les llevó dos años. El ajedrez fue bastante sencillo. Tanto las organizaciones nacionales como internacionales de ajedrez mantienen los llamados rankings Elo de los jugadores. Estos dan una valoración numérica de la fuerza de cada jugador. De manera similar, a los académicos se les puede clasificar a través de bases de datos que utilizan las citas de sus trabajos como indicador de su influencia, así como por la concesión de premios como los Nobel o la medalla Fields.
La música fue lo más complicado, afirma el doctor Güllich. Para ello, él y sus colegas se basaron en parte en un estudio realizado en la Universidad de California en Davis, que intentó clasificar a los compositores clásicos utilizando el consenso de expertos, las menciones en enciclopedias musicales y, en el caso de quienes compusieron óperas, la frecuencia con la que sus obras se han representado en los mejores teatros de ópera del mundo.

Cuando analizaron sus datos, surgió un patrón claro. En todos los ámbitos, los jóvenes destacados y los adultos de élite eran grupos prácticamente independientes. Alrededor del 90% de los adultos superestrella no lo habían sido de niños, mientras que solo el 10% de los jóvenes de alto nivel llegó a convertirse en adultos excepcionales. No solo es que el rendimiento sobresaliente en la infancia no predijera un rendimiento sobresaliente en la edad adulta. De hecho, ambos estaban negativamente correlacionados, afirma el doctor Güllich.
Las superestrellas adultas también mostraban un enfoque claramente distinto hacia sus disciplinas respecto a los niños prodigio, ya que mantenían intereses aparte del que finalmente les llevó a la élite. Los mejores deportistas solían haber practicado varios deportes a un nivel relativamente alto (e incluso haber recibido entrenamientos formales) durante mucho más tiempo que sus compañeros de menor rendimiento. Cuando eran jóvenes, su rendimiento en el deporte que acabarían eligiendo estaba por detrás del de sus rivales más especializados. Pero al decidirse por una disciplina, progresaban mucho más rápido: tenían una “eficiencia de entrenamiento” superior, en la jerga de la ciencia deportiva.
Lo mismo ocurría en otras disciplinas. Los científicos galardonados con el Nobel tenían menos probabilidades de haber obtenido becas académicas que aquellos que fueron nominados pero no ganaron. También tardaban más en alcanzar puestos académicos de alto nivel, tenían historiales de publicaciones iniciales menos destacados y mantenían el interés en campos distintos a aquel por el que recibieron el premio.
Por qué tantos talentos excepcionales muestran el mismo patrón de intereses más amplios y un florecimiento tardío es difícil de explicar. Sin embargo, los investigadores lo intentaron de todas formas. Revisaron la literatura sobre la excelencia en busca de teorías sobre cómo se desarrolla, pero ninguna parecía compatible con sus datos. En su lugar, proponen tres propias.
Una es la “búsqueda y coincidencia”, una idea derivada de la economía del mercado laboral. Esta sostiene que contar con una amplia gama de intereses y esperar antes de elegir en qué especializarse ofrece más posibilidades de encontrar el ámbito que mejor se adapta a tus aptitudes. El joven Nadal—otro de los mejores tenistas de la historia—coqueteó con una carrera en el fútbol antes de decantarse por el tenis.
La segunda es el “aprendizaje mejorado”, la idea de que aprender es en sí misma una habilidad que se puede adquirir y que una buena manera de perfeccionarla es dedicarse a diferentes actividades. Cuando llega el momento de centrarse en una de ellas, una mayor capacidad de aprendizaje hace que el entrenamiento sea más eficaz, lo que implica una mejora más rápida.
La última posibilidad es la hipótesis del riesgo limitado, un nombre rimbombante para una idea sencilla: evitar el entrenamiento intensivo precoz (invernadero), al menos durante un tiempo, puede evitar que los jóvenes acaben quemados, se desencanten con la práctica interminable o simplemente se aburran de una actividad después de pasar años dedicándose a ella en exclusiva.
Los investigadores esperan ampliar su análisis a otros ámbitos, como los negocios y el arte. Mientras tanto, Güllich insiste en que su equipo no afirma que el modelo de invernadero no funcione. Según explica, es un método fiable para formar personas muy competentes, aunque no necesariamente de talla mundial. Es decir, las academias deportivas, los colegios selectivos y los conservatorios de élite quizá deberían replantearse su manera de hacer las cosas.

