Longevity

Sonia Contera, catedrática de Física en Oxford: “Si suprimes los mecanismos que provocan el envejecimiento, aumentas el riesgo de cáncer”

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En su último libro, ‘Seis problemas que la ciencia no puede resolver’, la catedrática de Física en la Universidad de Oxford aborda preguntas, algunas relacionadas con el envejecimiento y las promesas de alargar la vida

La química Sonia Contera. 

La química Sonia Contera. 

Juan Barbosa

Catedrática de Física en la Universidad de Oxford, Sonia Contera (Madrid, 1970) es una de las voces más respetadas en el ámbito del pensamiento científico. Su discurso ágil y divulgativo en su complejidad, que camina en el alambre entre la filosofía y la ciencia, atrapa pronto a su interlocutor. También lo hace su último libro, Seis problemas que la ciencia no puede resolver (Arpa, 2025), en el que aborda seis preguntas que, “pese a más de un siglo de investigación, siguen abiertas como heridas luminosas en el corazón de la ciencia”.

Una de ellas es: ¿Se puede frenar el envejecimiento? Y a partir de esa cuestión, Contera inicia un repaso desde el cosmismo ruso del siglo XIX hasta la explosión de la ciencia y la medicina antienvejecimiento de la segunda década del siglo XXI, impulsada por las grandes compañías tecnológicas de Silicon Valley con promesas que van más allá de alargar la vida: ya se habla directamente de inmortalidad. Incluso de resurrección.

En mitad de esa fiebre, la física anima a ejercitar el pensamiento crítico y alerta sobre la apropiación de este sector por parte del capitalismo neoliberal: “En esta nueva frontera, prolongar la vida no es un derecho ni un bien común, sino una mercancía codiciada: el último objeto de deseo de un sistema que no sabe detenerse”, cuenta Contera.

Dice en la introducción que el libro “es una invitación a mirar las grandes preguntas, no como problemas a resolver con más cálculo, sino como señales de que algo en nuestra manera de conocer —en nuestra forma de habitar el saber— necesita transformarse”. ¿Por dónde debería pasar esa transformación?

Desde la Ilustración y, sobre todo, desde el siglo XIX, hemos intentado hacer una ciencia muy racional, reduccionista, bajo la idea de que entendiendo las partes podremos entender cómo funcionan las cosas. Y claramente, desde principios del siglo XX, que empieza con la mecánica cuántica, pues nos encontramos con que hay cosas que están más allá de la lógica del A más B igual a C, que el universo y la realidad tienen grietas estructurales, que para poder existir necesitamos cosas incompletas en donde la lógica, esta que usamos para entender el mundo, se rompe. Eso nos da un poco la clave: hay que aprender a habitar las zonas del conocimiento que no entendemos.

¿En qué punto estamos?

La Física lleva bastante tiempo haciéndolo, pero otras ciencias como la Biología, por ejemplo, siguen ancladas en el causa-error, cuando ahora ya tenemos armas nuevas, no solo la mecánica cuántica, que nos permiten abordar problemas complejos sin tener que saber todos los pasos. Las ciencias que más están avanzando ahora mismo y las que mejores resultados están dando son las que, sin entenderlo todo por completo, están saltándose pasos, siendo prácticos. Si lo pensamos, la ciencia en realidad nunca ha sido tan racional. Todos los grandes avances se dan por intuición, por suerte, por serendipia, por cosas que no controlamos. Para mí lo más interesante de la inteligencia artificial para la ciencia, de hecho, es que acelera la serendipia. Los errores de la inteligencia artificial nos dan ideas que de otra manera no surgirían. Y eso lo estamos empezando a ver en la investigación.

Todos los grandes avances se dan por intuición, por suerte, por serendipia, por cosas que no controlamos; lo más interesante de la IA para la ciencia, de hecho, es que acelera la serendipia

Sonia Contera

Catedrática de Física en Oxford

Me gustaría centrar la entrevista en una de las preguntas que plantea en el libro: ¿Se puede frenar el envejecimiento? Es una pregunta que cada vez genera más atención científica. Y mediática.

La medicina en general ha funcionado desde el principio, pero sobre todo en los últimos años, como una manera de justificar la ciencia y las inversiones que se hacen en ella, incluso cuando no dan resultados. Durante muchísimos años el tema no era el envejecimiento, era el cáncer. Cada vez que alguien quería justificar algún tipo de investigación hablaba del cáncer. Ahora es el envejecimiento. Hay mucho dinero invertido ahí. Sobre todo tras la pandemia, las grandes compañías tecnológicas han creado empresas muy potentes de investigación, con mucha inversión. 

¿Por qué? 

La irrupción de la IA, los equipos multidisciplinares y el dinero de estas grandes tecnológicas hace que a muchos investigadores les apetezca entrar en este campo. Piensa en un biólogo que trabaja muchísimas horas dando clases, al que cada vez le es más difícil sobrevivir como científico. Si le dan un sueldo mucho mayor trabajando para Calico Labs o Altos Lab, se va allí. De hecho, se ha dado una cosa curiosa: los biólogos hace 15 años hablaban del envejecimiento casi como una pseudociencia, ahora todos lo defienden, porque también empieza a ser una carrera más atractiva económicamente para ellos.

Cada vez hablamos más de longevidad. 
Cada vez hablamos más de longevidad. Getty Images/iStockphoto

Cada vez hablamos más de longevidad y medicina antienvejecimiento, cada vez hay más investigaciones en marcha, pero como señala en el libro, ni siquiera hay un consenso científico para definir qué es envejecer.

No, eso es fascinante. Cuando estaba escribiendo el capítulo me puse a leer bastantes artículos y hay uno en especial que salió en una revista norteamericana con mucho prestigio en el que le preguntaban a un montón de científicos dentro del campo qué era el envejecimiento. Y no se ponían de acuerdo. No hay consenso. Es que es una pregunta muy profunda, por eso es un problema sin resolver. Yo creo que es precisamente esa indeterminación lo que permite la explotación económica en este sector.

Usted dice precisamente que esa indeterminación abre la puertaa hipótesis que compiten por legitimidad científica. Así tenemos estudios (y noticias) constantes sobre senolíticos, sobre reprogramación celular, sobre terapias basadas en telomerasa…

Es que esta situación se adapta muy bien al sistema de competición capitalista. Si te fijas, los principales modos que nos están vendiendo para alargar nuestra vida van desde medicinas que previenen el deterioro del ADN, hasta otras que te venden los telómeros, pasando por la rapamicina o el rejuvenecimiento de las células con los factores de la Yamanaka… Se reproduce ahí una especie de competición entre ellos para ver quién va a conseguir la bala dorada que resuelva el problema. Y como nosotros estamos acostumbrados al modelo capitalista de elegir entre productos, pues nos parece lo normal. 

¿Somos poco críticos con todo esto? 

Hacen falta miradas más críticas a todo lo que se está haciendo, un examen crítico de lo que nos están vendiendo, que en muchos casos y en cierta medida son cortinas de humo, porque luego lo que estamos viendo es que en Estados Unidos, por ejemplo, la esperanza de vida se está reduciendo.

¿Debería haber más filtro por parte de los propios científicos o investigadores?

Creo que los científicos necesitamos abrir los ojos y tener una visión un poco crítica, preguntarnos por qué ahora de repente estamos todos estudiando los telómeros o los senolíticos, y no estamos mejorando la vida de las personas. Porque, además, es bastante antidemocrático poner toda la atención en lo que quieren los grandes oligarcas, en tratamientos que, funcionen o no funcionen —que también es bastante dudoso que vayan a funcionar en la mayoría de los casos—, no van a ser accesibles para la mayoría de las personas.

Es bastante antidemocrático poner toda la atención en tratamientos que, funcionen o no funcionen, no van a ser accesibles para la mayoría de las personas

Sonia Contera

Catedrática de Física en Oxford

A todos estos tratamientos, se están uniendo teorías procedentes del cosmismo ruso del siglo XIX y que hoy intentan llevar de la teoría a la práctica las grandes fortunas tecnológicas: ideas sobre la inmortalidad, la resurrección, la búsqueda de nuevos planetas habitables en el espacio…

Es que, te lo creas o no, el cambio climático y el colapso de los ecosistemas pone un límite al capitalismo. El mismo capitalismo sabe que, si sigue así, estallamos todos. Y en ese punto en el que el sistema capitalista teme por su fin, que ve que ya no puede crecer infinitamente porque ya no hay más planeta que colonizar, empiezan las búsquedas de inmortalidad y de ir a otros planetas. Las ideas del cosmismo ruso supongo que les dan esperanzas a ellos de poder salvarse. Y ahí tenemos a los Elon Musk y los Peter Thiel que, aunque estén muy fuera de la realidad de las vidas de las personas normales, tampoco son tontos. Ellos saben que hay mucho riesgo y ven estas ideas como una oportunidad.

Ha comentado antes que en la mayoría de los casos es bastante dudoso que los tratamientos contra el envejecimiento que se están estudiando vayan a funcionar.

Es que uno de los principales problemas de la mayoría de estos tratamientos es que en muchos casos aumentan el riesgo de cáncer, ya que los mismos mecanismos que tiene el cuerpo humano para prevenir el cáncer son los que provocan el envejecimiento. Aí que si tú los suprimes para alargar la vida, lo que haces es aumentar el riesgo de cáncer. Ahora mismo, muchas de estas investigaciones se enfrentan al mismo dilema: intervenir sin desestabilizar, rejuvenecer tejidos sin desarmar los mecanismos que nos protegen.

Dicho esto, no sé si usted tiene esperanzas puestas en algunas de estas terapias que hemos comentado.

Mi pregunta es: ¿por qué no se juntan todas estas empresas y todos estos investigadores y empiezan a ver el envejecimiento como un proceso complejo? ¿Por qué no hay diálogos entre los diferentes procesos, entre las diferentes investigaciones, para sacar ideas más potentes? Pues porque cada uno está vendiendo lo suyo, porque esa es la manera en la que uno avanza en su carrera científica, en la que también te tienes que vender tú como una especie de producto, te tienen que identificar con una línea de investigación que tú defiendes. Hemos creado una sociedad en la que pensamos que somos individuos que competimos unos con otros, ideas compitiendo unas con otras a ver quien sale ganadora. Es una especie de darwinismo que no tiene mucho sentido.

¿Pero hay esperanza?

(Risas) Veo esperanza precisamente porque muchos de los científicos que se meten a esto no compran este modelo. Algunos sí van a por el dinero y la fama, pero hay mucha gente que realmente quiere ayudar a los demás. La mayoría de los científicos encontramos la motivación en pensar en que nuestra ciencia va a ayudar a vivir mejor. Eso es lo que hacen los rebeldes dentro de los sistemas. Estoy segura de que de todo esto van a surgir grupos multidisciplinares que van a empezar a usar nuevas armas que, en lugar de mirar solo a los telómeros, van a indagar en cómo se relaciona todo, lo que llamamos la física de los sistemas complejos biológicos. Lo bueno de todo esto, además, es que se está ampliando el ecosistema. La academia es muy conservadora y estas empresas van a por el beneficio, pero entre medias el ecosistema se está ampliando y van a salir nuevas maneras de colaborar, ojalá más enfocadas hacia lo multidisciplinar y también hacia el sentido común.