Longevity

Miguel Pita, profesional de la biología, respecto a localizar el amor durante la madurez: “El enamoramiento se vuelve más improbable con la edad, nos volvemos más selectivos”

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Dentro de su obra ‘El cerebro enamorado’, el especialista en biología y genética conductual explica los procesos que inician la etapa de enamoramiento, además de su transición desde un sentimiento intenso y apasionado hacia un afecto constante (o el término del vínculo).

El biólogo Miguel Pita. 

El biólogo Miguel Pita. 

Carlos Givaja

“El amor romántico tiene fecha de caducidad, en cambio, el amor maduro puede durar eternamente”. Así lo asegura Miguel Pita (Madrid, 1976), especialista en Biología Celular y genética y docente de genética en la UAM, quien es probablemente uno de los mayores conocedores de los impulsos que nos llevan a enamorarnos intensamente de una persona hasta desear convivir con ella permanentemente… o no.

Pita aborda el fenómeno del enamoramiento a través del prisma científico, fundamentándose en los hallazgos de sus indagaciones en genética conductual y en los análisis de diversos grupos de investigadores. ¿A qué se debe que nos fijemos intensamente en un individuo específico de entre los múltiples con los que nos relacionamos? ¿Cuál es el motivo por el que nuestra mente se centra exclusivamente en la persona querida? ¿De qué manera se transforma ese sentimiento afectivo? Las explicaciones se hallan en su obra El cerebro enamorado (editorial Periférica), donde empleando su capacidad para la comunicación científica —participa habitualmente en distintos canales informativos— detalla los procesos que el cerebro activa, apoyado de forma crucial por las hormonas, para que dos personas comiencen un vínculo sentimental. 

De esta manera, dibuja una trayectoria partiendo del imperativo más elemental de reproducirnos para que la existencia no se detenga ni se desvanezca —“todos moriremos, pero antes se nos ofrece la generosa oportunidad de crear una copia de gran calidad, aunque levemente diferente, mezclada y diluida”— hasta alcanzar el afecto consolidado o la ruptura, una ruta que solo unos cuantos terminarán, dado que “las parejas estables de larga duración son más escasas que las de enamorados”. Por consiguiente, el enamoramiento es una característica propia de los seres humanos, y puede manifestarse en cualquier momento de la vida, por mucha edad que se tenga. “Enamorarse consiste en algo parecido a convertir a otro individuo en una droga a la que engancharse”.

¿Qué peso tiene la herencia genética en nuestras conductas y qué parte corresponde a la epigenética o al entorno?

Resulta sumamente complejo hallar una característica vinculada a nuestra biología, abarcando incluso la conducta, donde la herencia biológica no intervenga, aunque existen ciertos factores donde el entorno [epigenética] tiene una relevancia superior; a modo de ilustración, el tipo de sangre depende exclusivamente de los genes sin influencia del medio, no obstante, al referirnos a tendencias conductuales, tales como una predilección, un interés o la facilidad para el enamoramiento, indudablemente existe un fundamento genético. Sin embargo, en dichas áreas, el impacto de la cultura es sumamente relevante y es precisamente allí donde el contexto (la cultura) comienza a ser tan decisivo (superando a la genética).

En nuestro caso, somos una sociedad monógama. ¿Venimos así de serie?

Desde una perspectiva biológica, el ser humano puede ser lo que desee; es decir, posee una biología que, posiblemente, defina cierta tendencia, pero dispone de otra faceta orgánica, el cerebro, que le permite gestionarla según los dictados de la sociedad, lo cual es plenamente biológico. La plasticidad cerebral es intrínseca a nuestra condición biológica. Por consiguiente, ¿qué somos? Lo que elijamos ser, y debido a esto hemos asumido roles variados durante la historia y en múltiples culturas. Las conductas sexuales, reproductivas y de relación se manifiestan en la adolescencia, periodo en el cual el cerebro ya posee un amplio bagaje cultural, acumulando 15 años de enseñanzas y dogmas que alterarán la conducta de la persona. Así, la sociedad determinará en gran medida nuestra esencia biológica, pues actuamos como esponjas biológicas.

Por eso durante años la monogamia ha sido la “norma”.

Actualmente, en gran parte de las culturas de Occidente predomina la monogamia social —o, por lo menos, nos mantenemos muy vinculados a la exclusividad durante la fase de enamoramiento profundo—. Esto implica que optamos por permanecer con un solo compañero, a pesar de que no resulte inviable tener contactos con terceros. No obstante, lo que percibimos, y de hecho ocurre de manera espontánea, es que solemos centrarnos en una sola persona y mientras dura la pasión más fuerte ni siquiera consideramos a nadie más; pero cuando esa etapa de fervor comienza a dar paso a un periodo de mayor tranquilidad, al disminuir los picos dopaminérgicos, surgen diversas posibilidades: el fin de la relación, el paso hacia un afecto más estable o la atracción hacia otros sujetos (que ese individuo con monogamia social empiece a fijarse en personas diferentes).

Habitualmente nos vinculamos emocionalmente con alguien y, a lo largo de la fase de pasión desbordante, no consideramos la posibilidad de fijarnos en nadie más, sin embargo, cuando se alcanza una etapa de mayor serenidad se producen transformaciones.

Miguel Pita

Biólogo y experto en genética del comportamiento 

¿Lo que conocemos como relaciones abiertas?

Dicha situación acostumbra a suceder tras haber evolucionado del periodo intenso del afecto romántico hacia el cariño maduro; es decir, esto jamás se manifiesta en los ciclos iniciales del enamoramiento, que representan el frenesí amoroso, cuando se vive una fijación con ese individuo, se anhela su presencia y se sufre ante su falta. En ese instante, nos comportamos como monógamos convencidos, estando totalmente enfocados en esa relación. No obstante, al establecerse el afecto maduro puede surgir un vínculo más profundo con un compañero junto a deseos físicos hacia otros, lo cual es bastante frecuente en nuestro entorno social. Resulta complicado analizar las estadísticas porque, lógicamente, hay una distorsión; el público no confiesa todas sus acciones, pero si efectuáramos un sondeo cercano notaríamos que, al consolidarse la madurez sentimental, súbitamente, la mente sí contempla distintas alternativas.

En su obra se analizan detalladamente los procesos neuronales que derivan en variaciones hormonales. Con el paso del tiempo, si la generación de hormonas disminuye, ¿es inferior la aptitud para enamorarse al alcanzar una edad avanzada?

Resulta sumamente fascinante lo que sugieres. Sin duda, la fase intensa del enamoramiento surge de una condición hormonal específica caracterizada por niveles altos de hormonas sexuales, de modo que, al envejecer, se torna menos probable y ocurre con menor asiduidad, aunque esto varía según cada sujeto y fluctúa en un mismo ser humano durante la jornada.

¿Hay más cambios a tener en cuenta, que puedan influir?

Al envejecer, la forma en que seleccionamos a un compañero también se transforma. Los dos factores necesarios para el enamoramiento consisten en hallar a alguien que encaje con ciertos criterios cerebrales (una especie de inventario mental interno) y poseer un nivel elevado de hormonas sexuales. No obstante, al cumplir años disminuye la carga hormonal y ese catálogo de exigencias se vuelve más extenso al buscar a alguien que nos atraiga. En consecuencia, nuestra selectividad aumenta: durante la juventud, es común encapricharse con individuos que resultan ser poco adecuados a largo plazo, debido a que ese registro de preferencias subconscientes es bastante limitado. Con el paso del tiempo, se adquiere un mayor control sobre la propia voluntad, se gestionan mejor las circunstancias y se aprende a evitar determinadas vivencias. Por ello, ¿resulta menos frecuente enamorarse al envejecer? Efectivamente, por dichos motivos, a mayor edad, menor es la probabilidad. ¿Significa esto que sea inviable? De ningún modo; el amor puede surgir en cualquier etapa vital y, lógicamente, existe una gran diversidad entre cada persona.

A medida que la relación se transforma con el paso de los años, el ser del cual te prendaste inicialmente no resulta ser el mismo que el de hoy en día…

Desde luego. En este ámbito poseo menos conocimientos, debido a que la indagación es bastante escasa, aunque es posible teorizar sobre lo que sucede. Se produce un deterioro tanto social como de los procesos biológicos; aquellos que producen bienestar operan con mayor lentitud y deficiencia, si bien no se detienen por completo. Existe una reducción de las hormonas vinculadas al sexo y de la segregación de oxitocina, lo cual complica que un contacto físico resulte agradable. No obstante, de la misma forma que descienden estos niveles hormonales, otros indicadores también decaen, tales como la absorción de calcio. En última instancia, funcionamos como organismos biológicos, considerando que existen notables variaciones entre los distintos individuos.

Pita investiga acerca de la genética y el comportamiento. 
Pita investiga acerca de la genética y el comportamiento. CarlosGivaja

Se habla de los típicos periodos cuando uno se enamora.

Resulta evidente que el enamoramiento atraviesa distintas etapas de cambio: un periodo intenso que se extiende de uno a tres años, según el sujeto y la relación, caracterizado por una fijación hacia el otro y un enorme disfrute al estar juntos, aunque surge una gran ansiedad durante las separaciones breves. Al concluir esta fase, a veces el vínculo se disuelve, mientras que quienes persisten acceden a un sentimiento más maduro y sosegado. En dicho estado existe bienestar y suelen llegar los descendientes, quienes se convierten en una prioridad absoluta, de modo que, aunque la relación sigue siendo relevante, el cuidado de los niños pasa al primer plano. Aun si el nexo afectivo se debilita, se suele preservar por el beneficio de los pequeños. Una vez que los hijos ya no requieren vigilancia constante, surge tiempo para otros intereses, momento en el que frecuentemente aparece una nueva inestabilidad conyugal. Es posible que surjan discrepancias sobre las necesidades de cada integrante, llevando a algunos a percibir que el vínculo no les satisface, lo que deriva en numerosos divorcios. En otros escenarios, la unión basta para ambos y la estabilidad perdura. Todo esto está fuertemente vinculado al carácter de cada componente de la relación.

¿Por qué al concluir una unión en la madurez resultan más tentadores los ‘aspirantes’ con menos años?

En ese proceso intervienen diversos elementos y la persona que te cautivará será aquella que cumpla con los requisitos subconscientes almacenados en tu cerebro. El punto clave radica en el nivel de rigurosidad que presente tu mente en dicho instante. No obstante, respecto a si existe una inclinación global hacia la atracción por individuos de menor edad, considero que tal patrón universal no existe. Resulta innegable que lo juvenil se vincula directamente con la hermosura; en otras palabras, aquello que percibimos como estético y atrayente suele ser joven, tratándose de un proceso biológico elemental relacionado con la procreación. El cerebro y el ADN evitan que sientas afecto por alguien incapaz de procrear, priorizando que te intereses por alguien fértil, es decir, alguien joven.

El cerebro y el ADN evitan que sientas atracción por un individuo incapaz de procrear, fomentará que te intereses por alguien con capacidad reproductiva que sea joven.

Miguel Pita

Biólogo y experto en genética del comportamiento

Es curioso que eso suceda a cualquier edad.

Existe una regla primordial: la gente joven siempre resultará más seductora que los ancianos, pues la estética es relevante y resulta habitual que alguien con menos años despierte interés. Pese a que no coincido con la teoría de que busquemos activamente la juventud, debido a que los deseos son subjetivos y cada persona maneja sus propias condiciones mentales, lo cierto es que lo joven nos agrada a todos. Ese es el planteamiento inicial. Sin embargo, pretender formar una pareja con ellos es algo diferente. El periodo de juventud es amplio y, si nos situamos en los 65 años, un sujeto de 40 sigue siendo joven.

Se da también una circunstancia peculiar: cuando en una relación de gran longevidad uno de los miembros muere, el otro suele fallecer en un intervalo breve. 

Resulta sumamente fascinante y considero que entiendo la teoría que planteo, aunque carece de evidencia científica por su complejidad. Dentro del afecto consolidado, aquel que aparece en cualquier etapa vital, el vínculo es más sereno, ambos integrantes se aprecian profundamente y valoran su unión, sin embargo, carecen de esa necesidad corporal intensa y no experimentan altibajos emocionales tan marcados como en el enamoramiento pasional, evitando asimismo las crisis de angustia ante la lejanía. Al producirse una ruptura repentina, tal como ocurre con el fallecimiento, se ponen en marcha procesos que desencadenan un dolor plenamente identificado en estudios de laboratorio, lo cual sugiere que en los seres humanos sucede algo idéntico: se origina un cuadro de tensión extrema con secreción de cortisol, mientras ciertos receptores impiden que la oxitocina alcance las áreas de gratificación, provocando una carencia de plenitud y obstruyendo cualquier capacidad de sentir placer. El compañero ya no está presente para brindarnos estímulos agradables y, adicionalmente, a nivel cerebral, las vías destinadas a procesar el bienestar han quedado inhabilitadas. Es necesario el transcurso de los días para que el sistema neuronal se reestructure y se logre retomar un equilibrio cotidiano.

Pero no se podría decir que se muere de amor.

No existe una justificación técnica que aclare por qué en ocasiones las personas fallecen poco después de su cónyuge, no obstante, se genera un periodo de tensión tan intenso que logra afectar diversos procesos biológicos, ya que la secreción de determinadas sustancias, tales como el cortisol, resulta perjudicial para el organismo si se prolonga. Por citar un caso, si la angustia persiste, las defensas naturales pierden potencia, provocando que su reacción ante una leve dolencia o un bulto temprano sea inexistente o bastante más débil que en condiciones normales. En resumen, el deceso del compañero sentimental impacta en múltiples áreas; inicialmente, desaparece por completo la facultad de experimentar plenitud, y además, la reacción de alerta que biológicamente sirve para afrontar crisis breves, al volverse crónica, provoca que otros sistemas corporales, como el inmunológico, operen de manera deficiente.

Existen individuos que se dedican plenamente a atender a su compañero con alzheimer, y contemplarlos resulta algo emocionante.

Comprendemos con total nitidez lo que significa estar presente o ausente. Entramos otra vez en el ámbito de la suposición, no obstante, si alguien con alzheimer continúa siendo nuestro compañero, a pesar de que se desvanezcan los rasgos que definían su carácter, su físico permanece. Somos esencialmente materia; poseemos esa manifestación asombrosa denominada conciencia, la cual surge igualmente del organismo. Nuestra forma de ser brota del funcionamiento del cerebro, el cual interpreta que nuestra compañía es otra entidad física y, mientras esa sustancia exista, no se enfoca tanto en el propio bienestar como en la protección del otro. El cuidado hacia ese individuo resulta tan intenso que uno no se autoriza a desfallecer excepto en momentos muy específicos.

No se dispone de una justificación científica que explique por qué algunos individuos pierden la vida poco después que su pareja, sin embargo, se experimenta un estado de tensión tan severo que logra alterar diversos procesos biológicos.

Miguel Pita

Biólogo y experto en genética del comportamiento

Por un periodo prolongado se ha mantenido oculto el asunto de la actividad sexual en la tercera edad. En la actualidad se fomenta, lo cual podría conducir al poliamor entre los séniors. ¿Se trata de un fenómeno biológico o de índole cultural?

Resulta innegable que la comunidad hoy en día aconseja que los individuos de edad avanzada sigan teniendo actividad sexual, ya que suele ser beneficiosa para el bienestar físico. No obstante, nos referimos a una afirmación genérica. El entorno social actual suele emitir consignas bastante extremas sin considerar las particularidades; si la ventaja del sexo radica en optimizar la salud, es excelente, siempre y cuando ocurra bajo condiciones que no supongan un perjuicio sanitario en otros aspectos. Tal vez no todos los compañeros sentimentales deberían sentir la obligación de practicar el coito. En caso de que lo deseen, su estado físico progresará, algo que aplica tanto a ancianos como a gente joven. Estas sugerencias aparentan ser universales, aunque cada ser humano constituye un organismo biológico con diferencias sutiles.

¿Usted tiene un modelo de referencia de amor maduro?

Ciertamente es así, aunque no me doy cuenta en absoluto. No he prestado atención a mis propios procesos ni al impacto que mi contexto haya podido ejercer. Desde luego, reconozco el peso que mis padres y mis abuelos han tenido siempre en mi existencia, algo por lo que me siento profundamente gratificado. Comprendo que soy el resultado del influjo favorable de mis padres, si bien jamás me he detenido a examinarlo en el ámbito de los vínculos personales. Al realizar una evaluación veloz, me resultaría difícil percibir su huella en este punto específico; la noto en otras áreas de mi formación, pero admito que no distingo una conexión clara en el terreno sentimental. No obstante, cabe señalar un detalle: cada persona suele ser el crítico menos objetivo de su propia realidad.

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