Longevity

Zonas azules, un viaje al mundo de la longevidad: 7 secretos de los supercentenarios

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Un viaje a las zonas del mundo con altas tasas de longevidad, con centenarios y supercentenarios que viven en las llamadas zonas azules del mundo. ¿Qué podemos aprender de los habitantes de estas regiones?

En las zonas azules es notable el rol de las relaciones humanas. 

En las zonas azules es notable el rol de las relaciones humanas. 

Yuri Arcurs peopleimages.com

Probablemente hayas escuchado hablar de las zonas azules, regiones que asumieron ese nombre cuando el demógrafo belga Michel Poulain y el médico italiano Gianni Pes descubrieron una población muy longeva en Ogliastra y Barbaglia (Cerdeña, Italia) y marcaron el área con tinta azul.

Más tarde, el investigador estadounidense Dan Buettner se propuso identificar otros lugares con similares altas tasas de longevidad, y así se establecieron cuatro regiones más: Okinawa (Japón), Icaria (Grecia), Loma Linda (una comunidad religiosa de Adventistas del Séptimo Día en California) y la Península de Nicoya (Costa Rica).

Hacía tiempo que me interesaba conocer a los centenarios y supercentenarios que vivían en las llamadas zonas azules del mundo, saludables y felices aún muy pasada la edad correspondiente a la expectativa de vida promedio mundial. Así es como me embarqué con un familiar en un viaje maravilloso para investigarlas.

¿Qué pudimos ver? Nosotros estamos acostumbrados a la actividad física planificada, a la clase de zumba, al deporte, el gimnasio, la clase de tenis. Y quizás estas actividades son solamente la manera en la que la cultura intenta compensar lo que perdimos: la actividad física asociada a vivir libres en lugares alejados de lo urbano, con menos contaminación tecnológica, con tiempo suficiente para disfrutar del paisaje.

Este movimiento cotidiano constante y aeróbico es quizás uno de los factores responsables del mantenimiento de la salud cardiovascular, metabólica, muscular y ósea que tienen

Este natural movimiento cotidiano constante y aeróbico es quizás uno de los factores responsables del mantenimiento de la salud tanto cardiovascular, metabólica, como muscular y ósea que ellos tienen. Además, es notable el rol de las relaciones humanas, la contención social y familiar, las reuniones, las redes de soporte y el apoyo tanto emocional y hasta financiero.

Para sumar salud comen alimentos naturales, recién cultivados, de estación, lo hacen con moderación, respetando las señales de saciedad. No hay un patrón alimentario homogéneo en las tres zonas que hemos tenido el privilegio de visitar, pero tienen muchas cosas en común.

Su patrón de alimentación está basado en cereales enteros o integrales, vegetales frescos, legumbres, grasas saludables (aceite de oliva y omega 3 de pescados) y bajas cantidades de carnes, más pescado y pocos lácteos dependiendo de la zona, pero mayoritariamente fermentados como el yogur y los quesos, alimentos caseros y poco procesados.

Claro que en Icaria y Cerdeña el patrón alimentario predominante es mediterráneo con algo de vino cotidiano. Mientras en Okinawa el patrón es washoku, con mucha variedad de alimentos cada día (¡30 distintos!), fermentados, soja y algas en porciones muy pequeñas.

Washoku es una práctica social basada en habilidades y tradiciones relacionadas con la manera de producir, preparar y consumir alimentos. Se asocia también y esencialmente con un respeto por la naturaleza relacionado con el uso sostenible de los recursos naturales. En las tres zonas azules que visitamos los centenarios toman siestas cortas a la tarde.

Siete secretos de las zonas azules

  • Llevan una vida activa de forma natural. No entrenan deportes de manera específica, no se encierran en un gimnasio lleno de máquinas, sino que se mantienen activos todos los días, incluso realizan las tareas diarias de la casa sin la ayuda de máquinas.

  • Aunque están retirados de su trabajo, todos tienen un objetivo o propósito cada día. Los okinawenses lo llaman “ikigai” y los nicoyanos lo denominan “plan de vida”, que significa tener un sentido al levantarse cada día, una motivación para disfrutar de la maravilla de ver el amanecer un día más.

  • Saben relajarse y disfrutar de lo que tienen, y no siempre es mucho. Han aprendido a gestionar su estrés, meditando, escuchando música, charlando con otras personas, prescindiendo del reloj, tomando una siesta, celebrando, leyendo un libro, contemplando el amanecer o el atardecer. Muchos han aprendido a tolerar y soltar aquello que no pueden evitar.

  • Siguen la regla del 80 %. Lo que simboliza la frase japonesa: “Hara hachi bu”. Antes de cada comida repiten ese mantra que les recuerda que deben parar de comer cuando sus estómagos se llenan un 80%. Realizan comidas más livianas en la tarde o la noche. Las porciones son pequeñas y coherentes con una salud centenaria.

  • Su alimentación está basada en plantas. Cada zona consume lo que se produce localmente o en sus propias huertas o las de sus vecinos.

  • Los que poseen familia priorizan a sus seres queridos. Los que no los tienen cerca forman parte de grupos y se rodean de personas que llevan vidas saludables, porque según ellos los hábitos saludables se contagian. Los okinawenses forman los “moais”, grupos sociales de apoyo con intereses comunes.

  • Practican la espiritualidad, filosofía o fe religiosa que los ayuda a vivir en armonía con ellos mismos.

Saben relajarse y disfrutar de lo que tienen, han aprendido a gestionar su estrés y muchos han aprendido a tolerar y soltar aquello que no pueden evitar

Family posing with grandmother celebrating the 100 year birthday during a lunch celebration. 
Family posing with grandmother celebrating the 100 year birthday during a lunch celebration. Getty Images

Todas estas características de su estilo de vida se asocian a mayor salud y bienestar. La salud es un bien multifactorial que consiste en la sinergia de seis componentes: calidad de sueño y descanso, calidad de relaciones sociales, manejo de las obsesiones o adicciones, calidad de alimentación, actividad física natural cotidiana y gestión del estrés.

Más allá de los componentes que mencionamos y que pueden potencialmente lograrse haciendo cambios en nuestro estilo de vida, ellos no están pendientes ni de las noticias ni de las pantallas. Todos dedican su tiempo libre a contemplar el mar, la montaña o la pradera florecida, lejos del ruido, del cemento, del tráfico. No padecen el anonimato de las grandes ciudades y siempre cuentan con alguien o lo buscan.

¿Existen las zonas azules?

¡Lamentablemente, no! No digo que lo que mis ojos vieron sea mentira, no quiero decir que las zonas azules son una ficción en la que los protagonistas viven en una telerrealidad, pero creen vivir una existencia normal, como ocurre en la película El show de Truman. Lo que necesito contarles es lo que sentí y siento. La mayoría de nosotros trabaja. Para ello utilizamos tecnología, pantallas. Vivimos en grandes ciudades de las que no nos es sencillo escapar. Estamos rodeados de cemento.

Por más que mejoremos la calidad de nuestras relaciones, siendo más selectivos, buscando que pocas personas nos quieran bien y lo mismo hagamos nosotros, por más que cambiemos nuestra alimentación, lo cual es absolutamente posible, y lo acompañemos de una vida activa cada día y cada vez que nos sea posible, por más que aprendamos a manejar nuestras emociones negativas y estrés mediante técnicas y terapias diversas, ¿podremos obviar las tensiones y la ansiedad por completo si tenemos tráfico denso para llegar al trabajo y deadlines que cumplir?

Aunque vayamos de a poco desprendiéndonos de nuestras adicciones y obsesiones al éxito, al trabajo, al dinero, al cuerpo perfecto o a alguna persona que no podemos soltar, ¿será siempre posible en la selva urbana? Por más que intentemos dormir mejor, al menos de noche, ¿cuántos podremos hacer una siesta?

Las zonas azules no existen

Las zonas azules son un fenómeno de adultos mayores, retirados y viviendo en islas o regiones paradisíacas, generalmente rodeados de mar azul, con una genética especial que, les cuento, ya en parte ha sido estudiada. Por eso para nosotros no existen: lo que sucede es que no son reproducibles para la mayoría de quienes cada día intentamos vivir (o a veces sobrevivir).

La lección que podemos aprender de las zonas azules es que una comunidad saludable requiere de un entorno construido que promueva la salud en lugar de un sistema que aporta solo vacunas y está preparado para tratar las enfermedades o la vejez prematura. Siempre las iniciativas dirigidas a diseñar entornos más saludables tienen un impacto enorme en comparación con las decisiones individuales que cada uno puede adoptar o comparado con decidir qué cirugía o medicamento están indicados.

Claro que necesitamos al equipo de salud, pero entrenado para ayudar a jerarquizar y hallar tiempo para la prevención en cada encuentro con la gente. Y por supuesto, necesitamos que administraciones y gobiernos regulen los entornos para volverlos amigables con la actividad física y el juego, regular el mercado de alimentos, restaurantes y máquinas expendedoras, los tiempos y estilos de trabajo, las dinámicas de estudio.

Quizás lo maravilloso de ver y conocer a estos ancianos y ancianas sabios es que aún tenemos esperanza. Es posible vivir más y mejor. Mientras tanto: imitemos lo que estos centenarios hacen cada día. ¿Por algo hay que comenzar en este nuevo inicio de año, no?

Mónica Katz es médica especialista en Nutrición, fundadora del Equipo de Trastornos alimentarios del Hospital Durand y directora de la diplomatura de Obesidad de la Universidad de Favaloro. Su último libro: “¡Eso no se come!”.