Longevity

Por qué perder peso a partir de los 70 años puede ser una mala señal: “Adelgazar, perder masa muscular o las caídas, son signos de alarma”

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Según los expertos, perder algo de peso a medida que nos hacemos mayores puede entrar dentro de la normalidad, pero no siempre es así 

No tener apetito puede ser una mala señar a según qué edad.

No tener apetito puede ser una mala señar a según qué edad.

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Perder unos kilos cuando el objetivo es alcanzar un peso saludable, sin duda, es una buena noticia. Sin embargo, cuando esa merma se produce por una falta de apetito no deseada e incontrolable, ya no estamos hablando de un objetivo cumplido, sino de un problema de salud que podría conducir incluso a la desnutrición. Y si esa inapetencia se ubica en el marco de las personas en torno a los 70 años, todavía es más importante averiguar la causa, tomar medidas y frenar el proceso.

Además, la alta frecuencia con que se produce este fenómeno, no le resta ni un gramo de importancia. Tanto es así, que este “no comer” propio de las personas mayores, según la guía ESPEN, es conocido como “anorexia del envejecimiento”, un estado que aumenta el riesgo de desnutrición, sobre todo cuando se combina con alguna enfermedad aguda o crónica.

Esta falta de apetito no es un capricho sin sentido ni una decisión premeditada, sino el resultado de una mezcla de factores que confluyen provocando inapetencia. Entre esos elementos, la doctora Alejandra Rivas, endocrinóloga del Hospital Universitario Vithas Madrid La Milagrosa, destaca los “cambios fisiológicos, como la menor sensibilidad a sabores y olores, saciedad precoz y modificación de señales hormonales y neurotransmisoras que regulan el proceso de hambre y saciedad”. 

Y continúa: “Adicionalmente, factores mecánicos: problemas en la dentición, xerostomía (boca seca), dificultad para masticar o deglutir (presbifagia), gastritis, reflujo, estreñimiento, entre otras causas que dificultan la ingesta; asimismo, la inflamación y la enfermedad tienden a generar una disminución del apetito; y, por último, el contexto socioeconómico influye de forma significativa en su estado nutricional”.

Hasta dónde es normal, y cuándo hay que preocuparse

Si como resultado de la presencia de los elementos listados por la experta se producen ciertas alteraciones involuntarias, la doctora recomienda visitar la consulta del médico. Y es que, según Rivas, “mientras no exista pérdida de peso involuntaria, pérdida de funcionalidad y movilidad, u otros signos de déficit nutricional, puede considerarse esperable cierta reducción del apetito”. 

Sin embargo, existen otros parámetros a tener en cuenta que nos ponen sobre aviso de posibles problemas de salud. Así, “es señal de alarma cuando aparece pérdida de peso involuntaria (por ejemplo, mayor del 5% en 6 meses), disminución clara de la ingesta durante días a semanas, saltarse comidas de forma sostenida, debilidad, caídas, sarcopenia (disminución de la masa muscular), úlceras, infecciones repetidas, o empeoramiento cognitivo”, resume la doctora.

Es señal de alarma cuando aparece pérdida de peso involuntaria, disminución de la ingesta durante días, saltarse comidas, caídas o úlceras

Alejandra Rivas

Endrocrinóloga

Más allá de la causa de esa desgana, el problema es que detrás de la falta de apetito exista una causa subyacente, la cual puede ir desde la depresión y otros trastornos afectivos hasta la demencia, el cáncer o problemas gastrointestinales (reflujo, gastroparesia, estreñimiento o malabsorción). El doctor Roberto Áñez, endocrinólogo y colega de la doctora Rivas en el mismo centro hospitalario, amplía la lista de posibles orígenes: “Infecciones, insuficiencia cardiaca, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, enfermedad renal crónica, hepatopatías, dolor crónico, efectos adversos de fármacos, entre otros”.

De entre todas estas posibilidades, las causas psicológicas se presentan como una de las más frecuentes: “En ocasiones, no ocurre de forma inmediata, sino que las alteraciones del estado de ánimo de forma sostenida pueden conducir a una alimentación inadecuada”, apunta Áñez, quien señala la depresión, ansiedad, deterioro cognitivo (olvidos, desorganización, miedo a atragantarse, cambios conductuales), duelo, soledad, apatía, trastornos del sueño, abuso de alcohol, y estrés por pérdida de autonomía, como algunos de los motivos que explicarían por qué se deja de comer.

La pérdida de peso puede ser un problema a partir de los 70. 
La pérdida de peso puede ser un problema a partir de los 70. Getty Images

Entrar en un círculo vicioso (y peligroso)

Esa falta de apetito mantenida en el tiempo puede provocar que aparezcan, uno detrás de otro, numerosos problemas de salud. Así describe Rivas el proceso desencadenante: “La disminución de la ingesta conduce a la pérdida de peso y masa muscular, lo que favorece debilidad y fatiga. Esto reduce la actividad física y, a su vez, contribuye a una alimentación inadecuada. Entre sus consecuencias más frecuentes se incluyen la desnutrición, sarcopenia y la fragilidad, con incremento del riesgo de caídas, deterioro de la función inmunitaria, con mayor susceptibilidad a infecciones, peor cicatrización y aparición de úlceras por presión. Se produce, por tanto, un aumento de los ingresos hospitalarios, estancias más prolongadas y un peor pronóstico global”.

La cuestión es que todas estas consecuencias, dado que se producen en el marco de un colectivo de población con una edad elevada en la que diagnósticos como la diabetes tipo 2 son más frecuentes, su estado suele tener peor pronóstico. Y es que, en general, “la situación es especialmente delicada cuando la falta de apetito se asocia a tratamientos o patologías en las que los periodos de ayuno resultan mal tolerados”, advierte Rivas. Así, por ejemplo, en la diabetes mellitus tipo 2, “si el paciente recibe insulina o sulfonilureas, la ingesta irregular incrementa el riesgo de hipoglucemia”, alerta.

Las alteraciones del estado de ánimo de forma sostenida pueden conducir a una alimentación inadecuada

Roberto Áñez

Endocrinólogo

Asimismo, “cuando ya existe fragilidad o sarcopenia, una baja ingesta puede traducirse en un deterioro funcional adicional. Este escenario adquiere mayor relevancia en el contexto de patologías crónicas con riesgo de agudización que, en ocasiones, conlleva a ingresos hospitalarios. En estos casos, la prioridad -remarca la experta- suele ser garantizar un aporte adecuado de energía y proteína, junto con una hidratación suficiente, incluso considerando la flexibilización de restricciones dietéticas cuando no sean estrictamente imprescindibles”.

Dieta para despertar el apetito (y alimentos a descartar)

Dejando a un lado las posibles causas y consecuencias para la salud de la disminución del deseo de comer, la cuestión es si podemos hacer algo para recuperar un ritmo saludable de ingestas, así como una cantidad adecuada. Según Áñez, una buena estrategia sería “optar por cantidades reducidas y frecuentes, pero de elevado aporte nutricional (más densidad energética y proteica) en torno a 5 o 6 veces al día. También es útil añadir aceite de oliva, huevos, lácteos, frutos secos, legumbres trituradas, queso, yogur, etc.”

Por otro lado, en el caso de problemas dentales o disfagia (dificultad para deglutir) “es importante adaptar las texturas de las comidas. Además, para generar una mayor apetencia, se debe tomar en cuenta el sabor, aroma y presentación de las comidas, se puede mejorar con el uso de especias, hierbas, marinados y temperatura adecuada”, asevera el endocrinólogo, quien considera que también se debe adaptar el entorno de las comidas “con buena iluminación, horarios establecidos, estar acompañados en la medida de lo posible”.

Por último, en el caso de que, a pesar de intentar reactivar las ganas de comer con los consejos citados, se produce pérdida de peso o no se llega a cubrir los requerimientos energéticos diarios esenciales, “se recomienda acudir a su médico para valorar el uso de suplementación nutricional individualizada”, insta Áñez.

Frente a la dieta pro apetito, se encuentra una lista de alimentos que juegan en contra del objetivo. En este sentido, la doctora Rivas aconseja limitar el consumo de ultraprocesados (bollería, snacks, comida rápida), ya que “suelen concentrar sal y azúcares refinados y desplazan alimentos más densos en nutrientes. Reducir alimentos muy salados (embutidos, conservas muy saladas, sopas de sobre) ayuda a controlar la presión arterial y el riesgo cardiovascular; limitar los dulces y las bebidas azucaradas (azúcares libres) favorece un mejor perfil metabólico y salud oral; y reducir o evitar el alcohol, por su asociación con caídas y por interacciones clínicamente relevantes con fármacos frecuentes en esta edad (por ejemplo, sedantes y analgésicos). Finalmente, evitar restricciones innecesarias si hay riesgo de desnutrición”.