Los alimentos predilectos de Antoni Gaudí eran la lechuga y las avellanas.
Hábitos vitales
El proyectista seguía una alimentación prácticamente vegetal y era un leal seguidor de los preceptos del doctor naturista germano Sebastian Kneipp.
El jamón cocido en el punto de mira

Antoni Gaudí
El arquitecto más universal no dedicaba mucho tiempo a comer, pero sí le prestaba gran atención a su alimentación. Antoni Gaudí tuvo una salud frágil (de joven padeció reumatismo articular, fiebres y otras afecciones) y, siguiendo los principios de su padre, siempre recurría a la medicina natural para curarse, lo que lo vinculó con corrientes naturistas y con el vegetarianismo.
Durante la infancia de Gaudí, el naturismo dominante lo lideraba el doctor alemán Sebastian Kneipp (iniciador de la hidroterapia), quien recomendaba una dieta de frutas y vegetales, dormir con la ventana abierta, caminar mucho y bañarse con agua fría. Lo cierto es que el arquitecto de la Sagrada Familia no era un comensal excesivo, pues prefería la frugalidad. A diario ingería lechuga o escarola aderezadas con aceite de oliva, avellanas, almendras o nueces, y un poco de leche, pan y miel. De bebida, es previsible que solo tomara agua.
En sus años de niñez, la huerta del Mas de la Calderera en Riudoms (sitio probable donde nació Antoni Gaudí), abastecía al hogar de vegetales y hortalizas, huevos de sus gallinas y variados frutos de cáscara. Los productos cultivados en dicha parcela constituyeron la base nutricional del pequeño convaleciente que sufría de fiebres reumáticas.

Sobre Gaudí se ha redactado una gran cantidad de textos, y se han examinado minuciosamente prácticamente cada detalle de su trayectoria y creaciones; y en ciertas obras, tales como la de Conversaciones con Gaudi de César Martinell Brunet editada en Barcelona por Ediciones Punto Fijo en 1969, es posible hallar indicios sobre los hábitos alimenticios del maestro: “Comía un plato compuesto de verdura cruda, que ha triturado con un cuchillo y ha mezclado durante largo rato. Parecía un gazpacho sin caldo. Luego se ha bebido un vaso de leche, en el cual había una rodaja cocida al horno con media mandarina”.
Al ser embestido Gaudí por un tranvía, varios testimonios indicaron que portaba en su ropa una pequeña cantidad de avellanas junto con el Evangelio.
En sintonía con las crónicas que mencionaban la parca dieta de Gaudí, figuran las vivencias de las mujeres responsables de sus cuidados. Narran que en el periodo en que el arquitecto residió en la Torre Rosa del Parque Güell con su padre y su sobrina de 1906 a 1925, su receta favorita eran las judías verdes hervidas con patatas y una cebolla.
El escritor, historiador del arte y crítico gastronómico Gijs van Hensberg, en su libro Gaudí (Harper Collins, 2001) también relata que “Gaudí era, después de todo, un franciscano de corazón. […] No más que lechuga, un chorrito de leche, o un chorrito de aceite de oliva, nueces, tallos de acelga cocidos suavemente y miel untada en pan era necesario para mantener el cuerpo saludable, junto con agua ilimitada.”
En una sección distinta del volumen, se narra que ingería todos sus alimentos junto con pan y que habitualmente concluía con un trozo de miga, la cual empleaba a modo de esponja para higienizar su dentadura; finalmente bebía un poco de agua y se permitía una caminata antes de reincorporarse a su labor.
Otro alimento destacado en la dieta del creador de la Pedrera fue el yogur. En su juventud, ya establecido en Barcelona para estudiar, encontró en los bajos de la calle dels Àngels, número 1, el primer yogur comercial del mundo, creado por Isaac Carasso. Sobre la base de las recomendaciones del Premio Nobel de Medicina, Elias Metchnikoff, del Instituto Pasteur, Carasso elaboraba artesanalmente yogures que el joven Gaudí consumía a diario.
Cuando Antoni Gaudí fue mortalmente atropellado por un tranvía, múltiples testigos relatan que en sus bolsillos hallaron unas cuantas avellanas y un ejemplar del Evangelio. Tras el percance, su apariencia descuidada retrasó su atención médica, no portaba identificación alguna, y tras pasar dos días en el Hospital de la Santa Creu, el genial arquitecto falleció el 10 de junio de 1926. Un siglo después de su deceso, su legado continúa inspirando, y su alimentación, al igual que su arquitectura, permanece vigente.

