Los 5.700 muertos invisibles de la Guerra Civil
La investigación de una tragedia
El hambre causó estragos en los psiquiátricos catalanes entre 1936 y 1939, con hasta el 50% de mortalidad

La plaza del cementerio donde está la fosa común, en la que están enterrados más de 3.000 pacientes del psiquiatrico de la localidad.
La carta de un lector, recibida en Guyana Guardian el pasado noviembre, hablaba de unas víctimas de la Guerra Civil que no murieron en el frente ni bajo las bombas, sino encerradas y olvidadas tras los muros de los manicomios. “El 99% de la población sigue sin conocer la mayor fosa común fruto de la Guerra Civil: los más de tres mil fallecidos en los hospitales psiquiátricos de Sant Boi de Llobregat”, escribía Antonio Blanco.
Entre aquellos muertos estaba su abuelo Ruperto, recluido en el psiquiátrico desde 1926 tras ser trasladado desde su Soria natal. “El fin de semana pasado paseé por el cementerio de Sant Boi, porque solo sé que está enterrado allí”, decía Antonio en su carta.

Durante décadas, las muertes ocurridas en los psiquiátricos catalanes durante la guerra han quedado fuera del relato histórico. Se sabía que hubo hambre, colapso sanitario y desorganización, pero nadie había cuantificado hasta ahora el alcance de la tragedia.
Más de 5.700 pacientes de psiquiátricos murieron de hambre o por enfermedades relacionadas con la desnutrición entre 1936 y 1939, concluye una investigación inédita del historiador Marcos Robles, que ha pasado dos años rastreando archivos por encargo de la dirección de Memòria Democràtica de la Generalitat.
Solo en Sant Boi fallecieron 3.160 internos. Fue el epicentro, pero no el único foco: en el barcelonés Institut Mental de Sant Andreu, que dependía del hospital de la Santa Creu, murieron 776 pacientes; en el Martí Julià de Salt (Girona), 633; 487, en el Pere Mata de Reus, entre otros.
“Cuando me encargaron la investigación, me dijeron: tiene que haber otra explicación”, recuerda Robles. “Parecía imposible que todas esas muertes correspondieran solo a internos”.
La primera pista la descubrió hace diez años Carles Serret, responsable del archivo histórico municipal de Sant Boi, mientras investigaba sobre represaliados ejecutados en la guerra. Detectó unas cifras de mortalidad desproporcionadamente altas para la población local y vio que la mayoría de defunciones estaban registradas en el psiquiátrico. Fue clave la insistencia de familiares y activistas por los derechos de los pacientes de salud mental para que la Generalitat decidiera destapar esta tragedia olvidada.
Según los datos recabados por Robles, en 1936 murieron 197 internos; en 1937, 872; el peor año fue 1938, con 1.681 defunciones. En 1939 se registraron 410. A partir del segundo año del conflicto, relata Serret, hubo jornadas en las que se enterraban hasta veinte pacientes en la fosa común del cementerio. “El enterrador se quejaba continuamente por el exceso de trabajo”, explica.
La situación se agravó con el avance de la guerra. Sant Boi, con su sección masculina y femenina, era el mayor psiquiátrico de Catalunya y recibió a pacientes evacuados de otros centros. El Institut Pere Mata de Reus se convirtió en 1938 en hospital militar para los heridos de la batalla del Ebro. Entre los trasladados estaba Josep, bisabuelo de Francesc Martínez. Murió tres meses después de llegar a Sant Boi, por una neumonía hipertóxica. “Vemos gente relativamente joven que, tras pocos meses ingresada o desplazada desde otros centros, muere rápidamente –señala Serret–. Eso solo ocurre cuando fallan todas las condiciones básicas”.

Hasta 1936, los psiquiátricos de Sant Boi estaban gestionados por la orden de Sant Joan de Déu. Con el estallido de la guerra, los religiosos huyeron y la gestión quedó en manos de la República con personal improvisado. A ello se sumó una concepción de la salud mental muy distinta a la actual. A principios del siglo XX, los manicomios acogían a personas con diagnósticos hoy impensables. La revista Frenopática Española, publicada por el propio centro entre 1903 y 1914, hablaba de internos clasificados como “imbéciles, idiotas, paralíticos generales o melancólicos crónicos”.
Entre las víctimas hubo mujeres internadas por razones morales. Narcisa Caselles ingresó en el psiquiátrico con 28 años tras pasar por instituciones vinculadas al Patronato de Protección a la Mujer, donde se recluía a mujeres relacionadas con la prostitución o con situaciones socialmente reprobadas, como el embarazo fuera del matrimonio. El diagnóstico fue “demencia precoz”. Más tarde se habló de “confusión mental por maternidad”, aunque no consta que tuviera hijos. Su sobrina nieta, Susanna Caselles, ha logrado recuperar todo su expediente, incluidas las transcripciones de las entrevistas. “Ella dice que no entiende por qué la ingresan. Explica que la enviaban a servir y que cree que la internaron porque duraba poco en los trabajos”, cuenta. Narcisa murió en 1937, tras catorce años encerrada en Sant Boi.

La investigación de Marcos Robles permite dimensionar por primera vez el alcance de lo ocurrido. En el archivo del Parc Sanitari de Sant Joan de Déu, el historiador localizó la lista completa de los pacientes masculinos de Sant Boi a principios de 1935: 1.260 hombres. Al terminar la guerra, 931 habían muerto. Un 74%. Otro dato ilustrador: de los 369 pacientes trasladados desde Reus a Sant Boi en septiembre de 1938, 141 habían fallecido antes de acabar ese mismo año.
También en Sant Andreu hubo una mortalidad aproximada del 50%. Las cifras son algo mejores en el Institut Frenopàtic de Les Corts: murieron cerca del 25% de los pacientes, seguramente porque había mejores condiciones alimentarias e higiénicas. Era un centro más pequeño, que al inicio del conflicto estaba en manos privadas, y con pacientes provenientes de familias más acomodadas, señala Robles.
Las causas de muerte se repiten en todos los centros y apuntan en una misma dirección. Enterocolitis y caquexia son los más frecuentes, junto a infecciones derivadas de la debilidad extrema. En algunos registros consta que pacientes murieron envenenados tras alimentarse de hierbajos. El hambre era estructural. Robles ha localizado cartas desesperadas de administradores pidiendo comida a la Generalitat. En los archivos de Salt, los mejor conservados, se observa una caída drástica de suministros: de carne de cordero y buey, a solo pan y algo de bacalao.
A principios de 1935 había 1.260 hombres internados en Sant Boi, de los cuales 931 habían muerto al terminar la guerra
Desde dentro, algunos pacientes dejaron testimonio escrito. Josepa Balaguer, interna en Sant Andreu, se quejó por carta de que les servían judías tan crudas que les sentaban mal. “Nos dan un plato lleno de agua, casi no hay pan, por mucho que le llamen sopa, y todos los enfermos se mueren de hambre. Corre la voz que las empleadas sacan lo espeso tanto de la sopa como del arroz (...) Los empleados engordan y nosotros adelgazamos”. Murió cinco meses después de enviar aquellas misivas.
La administración republicana abrió numerosos procesos sancionadores contra empleados por robar alimentos. Desde 1937 ya se las cacheaba al salir del trabajo, señala Robles. En un expediente de marzo de 1938, una enfermera reconoce haber sustraído pan “para un nieto”. Otra, despedida por robar comida, aseguró que nunca había maltratado a los internos.
La tragedia dejó muy poco rastro escrito. Una de las pocas excepciones es Oscar Torras Buxeda, médico y director del Institut Mental de Sant Andreu, que en 1960, tras jubilarse, publicó un libro donde relató lo ocurrido. Admitía que en un solo mes se le morían más pacientes que en todo un año antes de la guerra y atribuía la mortalidad, sin matices, al hambre: “La causa única de la extraordinaria mortalidad producida por la carencia alimentaria ha provocado una progresiva desnutrición y, en último término, un síndrome de hambre y muerte”. Torras fue duramente crítico con la administración republicana, a la que acusó de desorganización y expolio, y expresó su frustración por no haber podido salvar a los internos.
Marcos Robles considera, sin embargo, que no se trató de un abandono administrativo deliberado: en plena guerra, la Generalitat seguía aprobando presupuestos y pagando nóminas. “Fue un colapso total. También había problemas en los hospitales, pero ahí los pacientes se marchan; los del psiquiátrico no podían salir”.
“No hay otro colectivo al que le ocurriera algo así y no se sepa”, dice el historiador Marcos Robles
Hoy, la mayoría de aquellas víctimas siguen sin reconocimiento. En Sant Boi hay una fosa común con unas 3.000 personas. En Salt ocurre lo mismo. “Los memoriales recuerdan a los soldados, pero no a los enfermos. No hay ningún otro colectivo al que le ocurriera algo así y no se sepa”, denuncia Robles. A su juicio, aquellos pacientes fueron doblemente abandonados: por las instituciones y por sus propias familias, algunas de las cuales tardaron años en preguntar por ellos.
El Parc Sanitari Sant Joan de Déu empezará este año a digitalizar sus ingentes documentos antiguos para poder atender a los familiares que soliciten información y ultima un formulario en su web para facilitarles la búsqueda. El centro hospitalario ha ofrecido al Ayuntamiento de Sant Boi erigir una escultura y celebrar un acto en homenaje de las víctimas ante la fosa. Francesc Martínez, uno de los impulsores del colectivo Besnets per la Dignitat, admite que necesitan un reconocimiento. “Falta un homenaje, un sitio al que llevar flores”.
Ruperto Blanco
De Soria a Sant Boi
En casa de Antonio Blanco nunca se habló de su abuelo paterno, Ruperto Blanco. Sabía poco más que su nombre y que había muerto cuando su padre era pequeño. El dato más extraño era el lugar del fallecimiento: Sant Boi de Llobregat. No tenía sentido. Ruperto Blanco, como toda su familia, era de un pueblo de Soria. Nadie supo explicarle cómo había acabado allí ni por qué su historia se había diluido en el silencio familiar.
Tras jubilarse, Antonio decidió investigar. Quería saber qué había ocurrido realmente. El hallazgo casual de una vieja carta enviada a su abuela le dio una pista clave: la fecha exacta de la defunción, el 18 de enero de 1938. Con ese dato acudió al archivo histórico de Soria, donde encontró decenas de documentos y partes médicos sobre su abuelo. Ruperto había estado ingresado en un hospital de la provincia por problemas de salud mental, de donde se había escapado en varias ocasiones. En julio de 1926, con 43 años, fue trasladado junto a otras 17 personas al entonces Sanatorio Psiquiátrico Nuestra Señora de Montserrat, en Sant Boi. Allí moriría doce años más tarde. La causa oficial de la muerte, según el certificado, fue “diarreas y caquexia”. Todo apuntaba a una muerte por inanición. “En aquellos años había muchas dificultades para toda la sociedad, así que no pensé más allá”, recuerda su nieto. Durante un tiempo, siguió creyendo que se trataba de una desgracia aislada. Poco después descubrió que no lo era.

